Ir al contenido principal

Más extraño que la ficción (2006)



En Niebla (1914), Unamuno se desmarcó de estilos y patrones narrativos para introducirse en su relato y confrontarse con su personaje, que se ve sorprendido por el inesperado encuentro con un creador que le niega la existencia y le genera dudas hasta ese instante impensables. Similar en ciertos aspectos, aunque desde una perspectiva menos reflexiva y más cómica, en Más extraño que la ficción (Stranger than Fiction, 2006) se descubre a una narradora omnisciente que se introduce en la vida de Harold Crick (Will Ferrell) para describir la rutina de quien no puede evitar la sorpresa, la desorientación y el miedo que le produce escuchar una voz en off que se cuela en su cotidianidad para detallar cuanto hace. Harold no tarda en oír como la descriptora anuncia su inminente muerte, la misma que no desea y hacia la cual parece ser guiado. La perplejidad y el miedo se apoderan del cuadriculado inspector de hacienda, pero estas emociones son ajenas a Karen Eiffel (Emma Thompson), quien, sin saberlo, ha entrado en contacto directo con la cotidianidad de un personaje que resulta ser de carne y hueso, y que nada sabe de la incapacidad de la autora para dar con una muerte novelesca que satisfaga sus inquietudes literarias. Como consecuencia de su imposibilidad se comprende que Karen, además de fumadora compulsiva, es una escritora que atraviesa por una aguda crisis creativa y también existencial que ya dura diez años, y que afecta directamente a ese individuo que se niega a sucumbir a la intención de quien cree haberlo escrito, descrito y creado. Para la novelista la muerte de Harold no deja de ser algo aceptable dentro de su profesión, ya que supuestamente se trata de un personaje que ha cobrado vida en su mente, y por lo tanto en ese mismo espacio generador de ideas debe encontrar su fin, algo que el hombre real no está dispuesto a aceptar al ser consciente de que posee una existencia propia, aunque ésta se encuentre programada para realizar una y otra vez los mismos rituales que confirman que se trata de un individuo anodino y solitario que ve como su tiempo pasa sin más. Pero, tras escuchar las extrañas palabras que anuncian su fin, la víctima cae en la cuenta de que quiere vivir, y para ello busca ayuda profesional, y la acaba encontrando en un profesor de literatura (Dustin Hoffman) que intenta comprender si el necesitado vive inmerso en una narración cómica o trágica, algo que se antoja de suma importancia, pues de ello depende tanto el final del relato como el del protagonista, que a esas alturas de la película ya ha aceptado la presencia de la intrusa dentro de su cotidianidad. De ese modo el contable asume que no controla su destino, el cual parece estar en manos de ese demiurgo femenino que busca su muerte, pero que al mismo tiempo también le despierta de su letargo y lo impulsa a recuperar los pequeños sueños que se fueron quedando por el camino, a medida que su aceptación-sumisión creaba la monotonía que eliminó la posibilidad de hacerlos reales. Aquellas cuestiones, sin importancia aparente, son las que habrían dado sentido a la vida de este personaje, atrapado entre la ficción y la realidad, que asume la fugacidad del momento y acepta su existencia finita, lo que le posibilita apartarse de la falsa idea de control (que lo ha mantenido controlado) y descubrir que aún no es demasiado tarde para tomar sus propias decisiones, porque, al fin y al cabo, en la capacidad de elegir reside una de las principales diferencias entre el ser real (que pretende ser) y aquel que, sin opción a escoger, ha nacido predestinado a vivir y morir en las páginas de una novela en la que alguien escoge por él.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...