<<“Galicia”
Mimosa, soave
sentida, queixosa;
encanta si ríe
conmove si chora>>
(Rosalía de Castro: Cantares Gallegos)
El realizador portugués Rino Lupo abre con los versos de Rosalía su película Carmiña flor de Galicia (1926) porque, sin duda, la poetisa es un símbolo de la tierra en la que se ambienta este film silente con guion de Antonio Rey Soto, cuya experiencia previa se reducía a los diálogos (en los intertítulos) de Maruxa (Henry Vorins, 1923) —en la que se adaptaba la exitosa zarzuela de Luis Pascual Frutos, cuya partitura corrió a cargo del maestro Amadeo Vives. Carmiña flor de Galicia, la única película que el trotamundos luso realizó en España —filmada en localizaciones gallegas y portuguesas—, se abre a la Galicia rural, tierra humana anclada en el tiempo, más que meiga, de geografía sinuosa, salpicada de hórreos, entregada al agro y a la actividad ganadera, a la celebración de romerías y a la transmisión de leyendas diferentes a la que asoma en la primera parte del film. El realizador establece cierto paralelismo entre la leyenda que visualiza en la pantalla y la historia que narra en el presente: la de Carmiña (Maruja del Mazo). Pero, en muchos momentos del metraje, la narración de Lupo sufre el exceso de intertítulos que lastra el ritmo visual de una historia que transcurre entre el melodrama y los tópicos que apuntan los que dos décadas después asomarán en las películas ambientadas en Galicia, las producidas por Cesáreo González y dirigidas por Ramón Torrado, tal como Mar abierto (1946) y Sabela de Cambados (1948) o, tiempo después, en Más allá del río Miño (1968).
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