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Los puentes de Madison (1996)


En su tercer largometraje como director Clint Eastwood sorprendió a propios y a extraños al alejarse de los thrillers, westerns y, en menor medida, películas bélicas que le dieron fama como actor, ya que el protagonista de Harry el sucio (Dirty Harry, 1971) se decantó por filmar en Primavera en otoño (Breezy, 1973) el romance entre un hombre maduro y la joven que le permite sentir que aún puede ser feliz. Veintitrés años después el responsable de Bird (1988) volvió a asumir el reto de realizar un melodrama de carácter romántico, aunque en esta ocasión sí apareció en pantalla, y, al contrario a lo sucedido con Primavera en otoño, consiguió un notable éxito entre el público. Aunque Los puentes de Madison (The Bridges of Madison County) no se encuentra entre los mejores trabajos de Eastwood, presenta una novedad con respecto a los títulos rodados hasta entonces por el cineasta, ya que la perspectiva de la historia fluye desde las emociones de una mujer (en el cine del realizador de Un mundo perfecto (A Perfect World, 1993) predomina la visión de sus protagonistas masculinos).


Francesca Johnson (Meryl Streep), ama de casa de mediana edad, ve como su existencia cobra brillo durante cuatro días inolvidables, en los que el amor surge con fuerza para situarla ante la disyuntiva de continuar con una vida de insatisfacción, al lado de su marido (a quien define como limpio, entre otros adjetivos que confirman una relación apagada desde su inicio) y de sus dos hijos, o asumir el sentimiento que le genera Robert Kincaid (Clint Eastwood), un fotógrafo que se presenta como alguien de ideas opuestas a las que dominan en el entorno conservador y lleno de prejuicios donde ella ha intentado adaptarse sin éxito. El flechazo se anuncia en el instante en el que ambos intercambian palabras, como si estuvieran destinados a conocerse y enamorarse, algo que el espectador descubre al tiempo que lo hacen los hijos de Francesca, cuando estos, poco después del fallecimiento materno, encuentran unos cuadernos escritos por su madre. Como consecuencia del hallazgo de Caroline (Annie Corley) y Michael (Victor Slezak), que leen las páginas entre atónitos y desencantados, el film combina presente y pasado para acercarles (a ellos y al público) la relación que Francesca mantuvo con el desconocido a quien se alude en las líneas que confirman una infidelidad que inicialmente les sorprende y les lástima, hasta que se adentran de lleno en la lectura que les permite comprender los sentimientos y emociones de la desaparecida a quien creían conocer
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