jueves, 4 de agosto de 2011

El bueno, el feo y el malo (1966)

Los dos westerns anteriores de Sergio Leone habían arrasado en la taquilla italiana, siendo los los dos títulos que mayor recaudación habían obtenido hasta entonces y lo continuarían siendo hasta tiempo después. Este hecho, unido a la buena marcha de los films en los mercados internacionales, llamaron la atención de las compañías hollywoodienses, que vieron en el cineasta romano una buena inversión. De ese modo, el presupuesto de su tercer western se incrementaba considerablemente con respecto a los anteriores, pero lo iba a necesitar, pues uno de sus protagonistas, Clint Eastwood, exigió diez veces más del sueldo recibido en La muerte tenía un precio por aceptar un papel que perdía presencia en beneficio del bandido interpretado por Eli Wallach. El dinero mueve a los tres protagonistas de El bueno, el feo y el malo (Il buono, il brutto, il cattivo), para ellos lo único que importa son los dólares que obtendrán de un modo u otro y que en la mayoría de los casos ganan gracias a su precisión y rapidez con las armas. Sergio Leone presenta a estos tres marginados o prototipos de su universo western en tres secuencias diferentes, la primera presenta al feo, Tuco (Eli Wallach) un forajido sucio y mal hablado. A continuación cambia de escenario y de personaje, ahora le toda el turno a Sentencia (Lee van Cleef), el malo, un asesino a sueldo sin escrúpulos, que siempre termina aquellos trabajos por los que ha cobrado. Por último, el director regresa a Tuco, pero no para continuar su deambular, sino para presentar la relación que existe entre el feo y el bueno (Clint Eastwood), al tiempo que le sirve para dar a conocer al personaje más positivo de la historia, si es que existe alguno. El bueno, el feo y el malo gira en torno a un botín de 200.000 $ que se encuentran en poder de un tal Bill Carson, un hombre a quien Sentencia busca porque sabe de la existencia de ese tesoro. Sin embargo, son el Rubio y Tuco quienes por casualidad en encuentran con un Carson a las puertas de la muerte, y es entonces cuando el bueno y el feo descubren la existencia de esa enorme cantidad de monedas en oro, sólo que para poder llegar hasta ella se necesitarán, pues el moribundo confiesa a Tuco el nombre del cementerio donde se encuentra escondido el botín, pero no la tumba, información que reserva para Rubio. Sin desearlo, se encuentran unidos por un destino que puede ser feliz, pero antes, el feo debe evitar que el bueno muera como consecuencia de las quemaduras solares a las que el propio Tuco le ha sometido al obligarle a caminar por el desierto. Tomando como eje central la búsqueda de esa quimera, El bueno, el feo y el malo se convierte en una experiencia a través de: campos de batalla, campos de prisioneros o emplazamientos donde yacen decenas de heridos que han perdido alguno de sus miembros o se encuentran a punto de exhalar su último aliento. Sergio Leone aprovecha para mostrar parte de la miseria de la guerra y la inutilidad de las decisiones de un mando que no se encuentra presente, como puede ser la escena del puente, donde miles de hombres de ambos bandos caen muertos en un sin sentido que impide el paso de el bueno y el feo. De este modo, se podría decir que la película no sólo es un western, ni un film bélico que muestra la Guerra de la Secesión entre el norte y el sur, sino también una comedia sucia e irónica, cuyo humor recae en la mayoría de las ocasiones en Tuco, o una de aventuras, porque se podría leer el film como la búsqueda de un tesoro entre piratas que compiten por alcanzarlo, utilizando sus recursos y sus propios códigos. El film resultó un éxito, a pesar de que el director debió de asumir ciertos cambios (cortes) con vistas a su carrera comercial, algo que no había hecho con su primer western, aunque esa situación no impide que El bueno, el feo y el malo sea un film atractivo y entretenido que se ve reforzado por además la banda sonora compuesta por Ennio Morricone, que alcanza su apogeo con el tema El éxtasis del oro, que precede al enfrentamiento final dentro de un ruedo donde el tempo se dilata hasta la saciedad mientras la cámara alterna primeros planos de los ojos y de las manos del trío protagonista, que buscan el revólver hasta que, sin más, la música termina y llega el momento de la verdad.

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