sábado, 11 de junio de 2011

Ran (1985)

Espectacular es el adjetivo que mejor define la adaptación que Akira Kurosawa realiza de la tragedia shakesperiana El rey Lear. Ran es un acierto visual y narrativo, su fotografía colorista enfatiza la sensación trágica que se ceba en una familia de señores samuráis, los Ichimonji, cuyo líder, Hidetora (Tatsuya Nakadi), acosado por la edad, decide entregar el mando del clan a su hijo mayor, Taro (Akira Terao). Del mismo modo, ofrece los dos castillos restantes (junto con sus tierras) a Jiro (Jinpachi Nezu) y Saburo, sus otros vástagos. El más joven de los tres, Saburo (Daisuke Ryu), se niega a aceptar la decisión paterna, trata de advertirle de la locura que está a punto de realizar. Se opone abiertamente, algo que le enfrenta directamente con su padre y señor. Su sinceridad, raya la impertinencia, pero sus palabras no dicen más que la verdad, no como las de sus hermanos, que sólo buscan la adulación y su propio beneficio. Ante ese descarado arranque de honestidad, Hidetora no encuentra más alternativa que repudiar a Saburo, a quien deshereda y expulsa de sus tierras. El benjamín, triste y preocupado por el futuro que correrá su progenitor, encarga a su más fiel guerrero, Tango (Masayuki Yui), que lo vigile y proteja. Toda la película es un auténtico regalo sensitivo, los colores en los que se dividen los ejércitos, las imágenes de los cielos, que presagian ese hado negativo que les perseguirá hasta alcanzarles, la grandeza y hermosura de los espacios exteriores o la música, que parece conseguir un alejamiento de la realidad que se observa, así como la ambientación interna, reflejada en esas majestuosas fortalezas medievales, donde se desarrollan las traiciones y se gestan las venganzas. Kurosawa, funde dos concepciones culturales alejadas, la occidental y la oriental, en una simbiosis perfecta que se convierte en el seguimiento de un personaje desamparado, confundido, desilusionado y arrepentido, consecuencia de esa decisión que ha marcado su funesto presente, por el que deambula como un paria, sin hogar y sin familia. A medida que el largometraje avanza se va conociendo el pasado de este, antaño, gran guerrero, que ha construido su imperio con sangre y muerte. Así pues, no es de extrañar que como recompensa sufra el mismo trato, sin embargo, no es un personaje a quien se juzga, sino de quien apiadarse. Su situación es caótica, miserable y trágica, más aún por ser sus propios hijos quien la fomentan. Se reconoce en Hidetora a la víctima de la ambición desmedida de unos seres desagradecidos y letales, que no dudan en enfrentarse entre ellos con tal de conseguir aumentar su poder. El motor de los hechos, además de la ambición desmedida, se encuentra en Kaede (Mieko Haradi), la esposa de Taro, una mujer sin escrúpulos (se los han arrebatado) y con un único deseo, ver cumplida la venganza de su familia, asesinada a manos del señor de los Ichimonji. Kaede es un personaje muy shakesperiano (todos ellos lo son), que recuerda a lady Macbeth, utiliza de sus artimañas, sus artes y su propio cuerpo, para alcanzar aquello que desea, lo demás no cuenta. Sin embargo, ninguno de ellos se percata de que sus destinos están ligados, y que no es posible terminar con los otros, sin acabar con uno mismo. Son parte de un todo que se resquebraja sin posibilidad de vuelta atrás, algo que gestará la caída de los Ichimonji y la locura de un padre que ya no siente como tal. Ni siquiera las buenas intenciones de Saburo podrán deshacer el caos que se ha gestado dentro de una familia, antaño poderosa, que se encuentra inmersa en una lucha parricida y fraticida. Las batallas que salpican Ran están magistralmente rodadas, destacando sobre todas, el asalto a la tercera fortaleza, una sanguinario y lírico fresco de la traición y la muerte, donde las imagen y la música cobran el verdadero protagonismo, que transmite la sensación de imposibilidad y desesperación que impera en la batalla. Ran de Akira Kurosawa, alcanza la grandeza de las grandes producciones épicas, y lo hace desde la interioridad de sus personajes, desde sus dramas y sus fracasos, pero que se muestra como una colosal visión de una época en la que el honor, la muerte y la traición formaban parte plena de la misma.

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