martes, 3 de mayo de 2022

Puerta cerrada (1939)


Tras su exitoso policiaco La fuga (1937), el guionista y director argentino Luis Saslavsky dirigió a la estrella de cine y de la canción Libertad Lamarque en un melodrama que tuvo como director de fotografía (y se dice que también asumió labores de codirector) al húngaro John Alton, quien, tras su paso por el cine argentino, se convertiría en un operador de renombre en Hollywood gracias a sus trabajos para Anthony Mann, Allan Dwan, Richard Brooks o Vincente Minnelli, con quien colaboró entre otros títulos en El padre de la novia (The Father of the Bride, 1950) o Un americano en París (An American in Paris, Vincente Minnelli, 1951), por la que recibiría el Oscar a la mejor fotografía en color. Con este trío de figuras se podía esperar un espléndido melodrama, pero Puerta cerrada (1939) abusa de lo melodramático y cae en el teatro filmado para lucimiento de la todavía estrella del cine argentino; todavía, porque, a raíz del peronismo y de su rivalidad profesional con Eva Duarte, la actriz se asentaría en México, donde continuaría su carrera en films como Gran Casino (Luis Buñuel, 1947). En Puerta cerrada, Lamarque interpreta a Nina Miranda, una mujer a quien conceden la libertad después de veinte años en presido, condenada por un asesinato del que se declara inocente —y del que se conocerán todos los detalles durante la analepsis que abarca dos tercios del film. El film se inicia en la cárcel para mujeres de donde Nina sale a la calle después de dos décadas de encierro. Cansada, pero con un objetivo, recuerda el pasado en el que Raúl (Agustín Irusta) y ella decidieron romper con el mundo que pretendía impedir su unión. Así decidieron vivir su amor, a pesar de no contar con nada. Raul, pintor novel y no reconocido, es desheredado por sus tías, que piensan que cantante de revista, por su oficio, es indigna. Por su parte, y contra la voluntad de su hermano y del empresario teatral (que sellarán el destino trágico de la heroína), Nina abandona su trabajo de artista de variedades debido a que su futuro marido es un hombre tradicional que se ajusta a la mentalidad burguesa y patriarcal de la década de 1910, cuando los automóviles ya alcanzan la vertiginosa velocidad de 30 km/h, tope máximo que sirve en bandeja uno de los chistes a cargo de los tres personajes cómicos —Arturo, Adela y su madre—, que desparecen de la pantalla hacia la segunda parte de este melodrama que sin el menor disimulo se decanta por un exceso folletinesco y lacrimógeno que por momentos puede resultar pesado e incluso caer en lo ridículo.



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