Ir al contenido principal

Doña Bárbara (1943)

¿Exagero si digo que hubo una doña y dueña de la pantalla mexicana durante la época dorada? Puede, y quizá me equivoque, pero quien haya visto a María Félix en los melodramas de Emilio "Indio" Fernández o en esta adaptación cinematográfica de la novela de Rómulo Gallegos, posiblemente, coincidirá en que <<María es toda una estampa imposible de olvidar; no importa qué tanta verdad haya en su personaje ni en sus parlamentos, no importa que esté comportándose de acuerdo con un estereotipo; lo que nos impresiona y nos cala es su asombroso porte, su gesto, su presencia constante. Doña Bárbara es tan María que María será para siempre la Doña>>.1 Su imponente y dominante presencia en Doña Bárbara (1943) no solo la encumbró a lo más alto de la pantalla azteca, sino que la mitificó, mitificó esa figura que se impone sobre el resto de los mortales que le salen al paso, y que ella se merienda sin compasión. No puede sentirla, puesto que apenas siente más allá de su odio por los hombres, a quienes destruye o utiliza porque ni puede olvidar ni perdonar. No importa con quien comparta escena, María se impone e impone. La cámara parece amar su cuerpo, su rostro, su voz, su mirada; confunde actriz y personaje, los une, los hace uno: la "Doña", la mujer que se prohíbe sentir cualquier emoción que no sea su misandria. La agresión sufrida en su juventud, el asesinato de su enamorado, la promesa que siguió al dolor, su imparable conquista de un mundo hasta entonces masculino, hicieron de la muchacha inocente la "devoradora de hombres" que ya nunca tuvo tiempo para ser joven, ni ha podido perdonar ni volver amar. No olvida aquel momento de su juventud, el amor perdido y el daño sufrido entonces, cuando fue violada por marinos, más bien piratas, que se jugaron su virginidad a los dados. Ella no olvida el asesinato de su amado, ni la brutalidad de los rufianes que le robaron la inocencia y la ilusión. Así, tras mostrar las imágenes del infortunio de la joven, Fernando de Fuentes introduce a su protagonista años después, cuando ya transita sembrando su odio y riéndose de sus víctimas. Mezcla de melodrama y western, Doña Bárbara enfrenta opuestos, condenados a la atracción y al rechazo en "El llano", el espacio abierto, pero claustrofóbico, a donde accedemos después de los primeros minutos, que muestran y no muestran la juventud violada. De naturaleza primitiva, no puede achacarse al espacio las supersticiones, la corrupción, la violencia y la sangre que dominan los territorios de la Doña y sus límites, adonde llega el doctor Santos Luzardo (Julián Soler), heredero de Altamira y hombre civilizado que pretende transformar sus dominios, quizá modernizarlos y, a su imagen, civilizarlo, de ahí que enseñe a Marisela (María Elena Marqués), hija de la protagonista, a hablar con corrección. <<Ese hombre me pertenece>>, dice el ama a la joven a quien nunca ha querido ni tratado como hija, a quien arrojó al barro y a quien negó el amor materno de una mujer que no puede amar, puesto que ha congelado su corazón para vengarse. Pero ese recién llegado le evoca al único que le importó. Entre ambas figuras masculinas han transcurrido años y más hombres, que solo eran objetos que ella utilizó y tiró según su conveniencia, como fue el caso de Lorenzo Barquero, el padre de Marisela y, en el presente, la imagen ruinosa de quien fue antes de caer en las garras de la "devoradora". Ella logró su propósito, se adueño de las tierras y de los hombres, pero el recién llegado es diferente al resto: habla claro y no cae rendido ante ella. Así que, para dominarlo, Doña Bárbara necesita emplear sus artes ocultas, brujería creen en la zona, pero estas no son efectivas, puesto que no son más que supersticiones que no impiden comprender que la auténtica valía de la dueña de "El llano" reside en su inteligencia y en su osadía, pero también en la ausencia de escrúpulos, en su odio al género masculino, porque abusó de ella y le robó vida, y en su afán de dominio y nunca más ser dominada.

1.Paco Ignacio Taibo I: María Félix. 47 pasos por el cine. Ediciones B, Barcelona, 2008

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...