sábado, 25 de julio de 2020

El resplandor (1980)

Puede que ni siquiera esté escribiendo esto, y piense que sí lo hago. Pero el cerebro me dice que sí, que mis palabras se suceden con algún sentido y, sin embargo, alguien que las lea, quizá vea en ellas su ausencia. Me digo que existen realidades físicas y emocionales, las hay tangibles e intangibles, algunas las siento falsas, o no del todo verdaderas, otras no las conozco o no quiero saber de ellas. Las hirientes pueden llegar a ser terroríficas y, en sus diversas formas, pueden existir sin forma o con tantas variantes como mentes observen y reflexionen sobre esto o aquello. No se trata de dar un discurso sobre el cerebro y las imágenes que en él se generan, ni de juzgar donde se encuentra el límite entre supuestas locuras y corduras. Lo que pretendo es hablar de cine y de las diferentes sensaciones que me llevan a considerar una película vulgar, mediocre, buena o genial. Tanto el cine como el resto de las artes generan impresiones, algunas más fuertes que otras, emociones y sentimientos. Son conexiones que se establecen y establecen comunión o rechazo con la película o con la obra de arte en cuestión. Cierto que existen caminos que facilitan la creatividad, pero también existen espacios vírgenes a la espera de ser transitados por alguien que se arriesgue y abandone la seguridad del vial conocido. Stanley Kubrick fue uno de esos artistas que quiso y supo liberarse de las cadenas de producción y, una vez libre de intromisiones, explorar espacios audiovisuales que pocos, quizá muy pocos o ninguno, habían recorrido con anterioridad. Disfruto tanto Atraco perfecto (The Killing, 1955) como Senderos de gloria (Path of Glory, 1957), de igual modo, pero distinto, lo hago con ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú (Dr. Strangelove or How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, 1964) o con la estancia de los reclutas en el infernal reino del sargento instructor de La chaqueta metálica (Full Metal Jacket, 1987). Son muestras del mejor Kubrick, o del que prefiero y con el que no desespero. Pero hay otro Kubrick que me frustra y otro a quien me habría gustado decirle que la perfección a la que aspira Barry Lyndon (1974) toca la gloria de su cine, pero es una gloria efímera que no tarda en transformarse en arte forzado y frío, uno que atenta contra aquello que mejor define el arte y a nosotros mismos: la imperfección, mezcla inexplicable de belleza y fealdad humana. Con el Kubrick de El resplandor (The Shining, 1980) desaparece mi simpatía hacia el cineasta, puesto que su propuesta me deje tan helado como el personaje que se adentra en un laberinto sin salida, sin una para él. Este Kubrick me resulta tramposo, me asusta su exageración más que cualquier escena, plano o secuencia de la adaptación de la novela de Stephen King, libro que no he leído y dudo que lea. Dicha sensación provoca que las imágenes que se suceden en El resplandor me lleven de la sonrisa a la espera nerviosa, deteniéndose en varios puntos de aburrimiento o de avance, sigiloso, por un estrecho sendero de sospecha. ¿Cuál? ¿Si bajo el volumen, y la música se apaga, descubriré la trampa? ¿Será la misma película o las sensaciones que genera la combinación imagen y fondo musical me descubrirá otro mundo, otra realidad? No hace falta que responda, al detenerme en una nueva sospecha, la de si Jack Nicholson ha podido alguna vez con sus tics, con esos gestos que repite a lo largo de su filmografía. Su histrionismo acude algunas veces al rescate y otras con exageración cargante; aquí acierta en las escaleras, mientras da un paso y luego otro, hablando a Wendy (Shelley Duvall), que, aterrorizada, sujeta en su mano un bate de madera. Aplaudo esta escena, otras no me convencen o no me transmiten. Pero la causa de mi desconexión con El resplandor no creo que sea provocada por Nicholson, ni por el resto del reparto, sino por mi interpretación de lo que veo: la manipulación practicada y el efectismo que persigue el otra hora genial autor de 2001, una odisea del espacio (2001: A Space Odyssey, 1968), otra de las que estimo en su maravillosa armonía alcanzada entre la imagen, el sonido, la emoción contenida de Hal, la toma de conciencia de los simios, la artificialidad humana y la danza espacial al compás de Danubio azul. Prefiero con los ojos cerrados al Kubrick de Eyes Wide Shut (1999), su machacada despedida, a la que yo mismo puse peros en su estreno comercial, que al realizador de la tan mitificada (por tantos amantes del terror cinematográfico) El resplandor. ¿Qué es terror? ¿Qué nos asusta? ¿Unas imágenes de dos niñas gemelas? ¿Los silencios de la nada que un niño transita en su triciclo? ¿O un padre y una madre que caen en el abismo de la soledad que se hace insoportable? ¿Quizá la soledad de una relación matrimonial que hace aguas desde tiempo atrás, mucho antes de que un automóvil recorra la carretera montañosa que le llevará al hotel donde vivirán su encierro en el infierno? Supongo que cada cual conoce o cierra los ojos ante sus miedos. Sospecho que en este último caso, será complicado reconocerlos o reconocer que no hay nada malo en ellos. Tanto la locura como el miedo nace en nosotros, pero la locura en la que cae Torrance la siento imposta, de igual modo que siento que Kubrick quiere generarnos inquietud, desasosiego, quizá miedo, pero parece olvidarse que todo eso nace en nosotros, que forma parte de nuestra naturaleza. Quizá por eso mismo me aterra más la deshumanización cultural y social que amenaza en cualquier esquina que una película que me pierde o en la que yo me pierdo, puesto que en ningún momento siento más sensación que la chirriante que potencia su banda sonora, para enfatizar ¿qué? La locura llega silenciosa, sin avisar, aunque no en el caso de Jack, puesto que se anuncia en los primeros compases del film, quizá porque habita en él, o es natural a él (y a nosotros), aunque, en su caso, esa locura quizá natural le supera y lo convierte en un peligro para sí y para Wendy, Danny (Danny Lloyd) y su inseparable Tom, el invisible colega de resplandor...

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