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Sonrisas de una noche de verano (1955)


Cine y teatro, los dos medios de expresión artística más frecuentados por Ingmar Bergman, se equilibran con soltura y gracia en Sonrisas de una noche de verano (Sommarnattens Leende, 1955). Pero, a pesar de los muchos atractivos de esta comedia sobre en el amor y sus interpretaciones, no la incluiría entre los títulos más personales de Bergman, aunque, en su momento, sí fue vital para su futuro cinematográfico. Tras varios fracasos comerciales, que no artísticos, como corrobora la magistral Noche de circo (Gycklarnas afton, 1953), el realizador sueco necesitaba el respaldo de la taquilla y, para conseguirlo, aceptó llevar a la pantalla <<una comedia romántica>> que, con acierto, combina teatralidad, en sus situaciones y personajes, y soltura cinematográfica, en el uso de los encuadres y en los suaves movimientos de la cámara —que, por ejemplo, sigue el caminar de Desirée (Eva Dahlbeck) y Fredrik (Gunnar Björnstrand) a la vera del canal y se detiene en el reflejo de ambos sobre el agua. Ambos confieren a la película su esencia fílmica, pero son los diálogos los que conceden el encanto, la picardía y ambigüedad a los triángulos amorosos que Bergman establece entre sus protagonistas, y que enlaza unos con otros por alguno de sus vértices.


Si bien Sonrisas de una noche de verano carece de la intimidad y del afán transcendente de otras producciones de Bergman, el realizador fue fiel a sí mismo, a sus temas, aunque los minimizó y frivolizó a partir de los distintos comportamientos de sus personajes. Bergman era consciente de que no hay mayor reconocimiento y rechazo que los propios, pero también que el reconocimiento externo en el cine se antojaba vital para dar continuidad a sucesivos proyectos, más aún, si uno pretendía hacerlo con un grado de libertad que permitiese realizar obras personales. Sin dicho respaldo, un buen número de películas habrían ido a parar al cajón o al olvido. Y sin dicho reconocimiento, incluso un cineasta de su talla quizá nunca hubiera sido el creador que hoy conocemos. Los inicios de Bergman en la dirección no auguraba que en 1955 se convirtiese en una figura a nivel mundial. Ni él lo sospechaba, como tampoco imaginaba que Sonrisas de una noche de verano sería galardonada en el festival de Cannes, con un premio creado precisamente para premiarla. La noticia de que había ganado en el prestigioso certamen fue una agradable sorpresa, pero, sobre todo, fue un empujón moral y profesional que se produjo cuando más lo precisaba. Ese momento marcó un punto de inflexión en su carrera, un instante que le permitió encarar el futuro con mayor seguridad, al tiempo que reducía las presiones externas. De hecho, gracias al éxito de esta espléndida comedia, la Svensk Filmindustri dio el visto bueno al guion de El séptimo sello (Det sjunde inseglet, 1956), pero esa es otra historia.


Aunque Sonrisas de una noche de verano nació de una necesidad material, no desentona dentro de la obra de Bergman, que introdujo en ella sus ideas. Y aquello que toma apariencia de ligereza, en los enredos de pareja o triángulos, esconde reflexiones sobre las relaciones entre hombres y mujeres, entre padres e hijos, entre clases sociales o entre las distintas interpretaciones del amor. Pero, ¿qué es el amor? ¿Un sentimiento que engloba deseo, pasión, egoísmo, ideal, engaño, frustración, celos, erotismo, posesión,...? Sí, si se combinan las ideas de los protagonistas, a quienes se observa en un ambiente burgués, frívolo y ligero en apariencia, dominado por la imagen, por los deseos, reprimidos en Henrik (Björn Bjelfvestam), y por otros que no pueden reprimirse. Pero también es el entorno que el realizador caricaturiza, al tiempo que respeta y le concede cierta solemnidad. Los personajes que campan por el film son eso, personajes, alejados de la complejidad persona-espectro-reflejo, pero en ellos existe mayor profundidad emocional de la que puede apreciarse a nivel superficial. Cada uno vive su conflicto, y este condiciona sus comportamientos, así como marca las diferentes relaciones que establecen entre miembros de la misma o de diferente clase social. Fredrik, abogado de mediana edad, asegura estar enamorado de Anne (Ulla Jacobsson), su joven esposa, con quien no mantiene relaciones sexuales, a la espera de que el amor madure en ella. Él tiene una idea del amor que difiere de la idealizada por Henrik, el hijo nacido de su anterior matrimonio. Apenas es un adolescente, desorientado por la pasión que siente por su madrastra, de su misma edad, una pasión novedosa que intenta comprender y satisfacer con Petra (Harriet Andersson), la doncella. Mientras tanto, Desirée, actriz teatral, liberada de prejuicios, inteligente, manipuladora y enamorada de Fredrik, mantiene relaciones con el conde Malcolm (Jarl Kulle), otro hombre casado y celoso de que su amante pueda engañarle con otro, en este caso con el abogado. El conde exige respeto y dignidad, se queja de la falta de moral de otros, pero, en realidad, lo que exige es que se cumpla su capricho y, en un primer momento, dicho capricho no incluye a Chalotte (Margit Carlqvist), su mujer. Ella vive en la aparente indiferencia que le producen las infidelidades del marido, sin embargo, resulta todo lo contrario; vive en la frustración. Tanto hombres como mujeres callan, pero todos buscan algo, aunque son incapaces de asumirlo y, por tanto, no logran liberarse de la máscara. Básicamente, el entorno expuesto por Bergman vive entre la mentira, el capricho, el deseo, la infelicidad y la búsqueda de su contrario, la búsqueda del amor y de la felicidad que no saben donde se encuentran, salvo Desirée, quizá la imagen opuesta de Henrik, cuyo enamoramiento de su virginal madrastra, al que esta corresponde con gestos y reproches, lo distancia de su padre mientras su ideal de amor lo lleva al límite de sus fuerzas.

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