En el especial producido por Netflix, como complemento de El irlandés (The Irishman, 2019), Martin Scorsese apunta que se trata de una historia de <<lealtad, amistad y traición>>, pero ¿qué película de su ciclo gansteril, iniciado en Malas calles (Main Street, 1973), no expone esos tres temas que afectan a prescindibles que anhelan el paraíso idealizado, donde todos charlan y ríen en las celebraciones y locales, pero donde todos han de rendir cuentas por sus actos y la mayoría muere de forma violenta? Aunque había realizado un esbozo previo en el cortometraje No eres solo tú, Murray (It's Not Just You, Murray, 1964), Malas calles fue la entrada a ese entorno de criminalidad donde se juntan ilusión y desilusión, juventud y veteranía, vida y muerte, jefes y mandados, principio y fin, un fin que en El irlandés resulta más evidente, amargo y temible, porque el anciano Frank Sheeran (Robert De Niro) lo ha visto y, además, es consciente de su proximidad. Así parecen indicarlo el estéril intento de encontrar una respuesta en la religión o su necesidad de dejar entreabierta la puerta de su habitación, como si esos centímetros de apertura implicasen que el final no es definitivo, no borrase su paso por la vida o le permitiese creer en la remota posibilidad de volver a ella. Aquella puerta cinematográfica abierta en la primera mitad de la década de 1970, por un joven cineasta que miraba hacia el futuro, la cierra el veterano director de El irlandés, aunque no del todo, pues deja esa fina apertura por donde quizá puedan colarse nuevas y viejas historias como la de Hoffa, personaje central del biopic homónimo que Danny DeVito realizó en 1992, en el que también se plantea una hipótesis similar de la desaparición del líder sindicalista, cuando este se convierte en un problema de una única solución.
Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...



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