martes, 16 de octubre de 2012

Yo confieso (1952)



A pesar de no contar entre las favoritas de Alfred Hitchcock (ni del público del momento) Yo confieso (I Confess) se descubre como una soberbia producción en la que el cineasta británico expuso brillantemente la idea del falso culpable, siempre presente en su filmografía, pero ninguno es tan consciente de su culpabilidad y de su inocencia como el padre Michael Logan (Montgomery Clift), sacerdote católico que al inicio del film escucha la confesión de un crimen que no puede revelar. Desde que Otto Keller (O.E.Hasse) le transfiere su culpabilidad mediante la confesión, Logan sufre un enfrentamiento entre su individualidad y su religiosidad, que crea la desesperación que ya no le abandona en ningún instante del film. El angustioso planteamiento, exento de la habitual mirada irónica del realizador, aumenta su tensión a medida que se el personaje interacciona con su entorno, ya sea en la parroquia donde el jardinero (asesino) se libera de su culpabilidad mediante la confesión y se transforma en un ser siempre al acecho, en la comisaría donde el inspector Larrue (Karl Malden) acosa a Logan, convencido de su culpabilidad, o en el tribunal donde el religioso sufre la condena de los presentes. Durante la primera parte de Yo confieso (I Confess) se aprecia otro conflicto que turbia la tranquilidad espiritual del sacerdote: su relación con Ruth Grandfort (Anne Baxter, no era la actriz que quería el director), enamorada del párroco, chantajeada por la víctima e incapaz de soportar la acusación que se cierne sobre su amor platónico. La relación carnal que se apunta desde que aparece el personaje de Ruth se confirma como inexistente, aunque sirve como móvil para que Willy Robertson (Brian Aherne), fiscal y amigo íntimo del matrimonio Grandfort, acuse al padre Logan como autor del homicidio. A pesar de su comprometida situación, Logan rechaza que Ruth acuda a la policía para declarar a su favor (desea protegerla de un escándalo público que podría afectar a su matrimonio y a la carrera política de su esposo); pero el inspector Larrue descubre la relación y Ruth debe presentarse para contestar a unas preguntas, cuyas respuestas desvelan que se había reunido con Logan la noche del crimen. Mediante un flashback se muestra el amor de aquellos dos jóvenes, antes de la partida de Michael Logan (aún civil) a la guerra; la espera de Ruth y su boda con Pierre Grandfort (Roger Dann); el regreso de Logan y el último día que pasan juntos, cuando el asesinado la reconoció y empezó a chantajearla. Este veloz recorrido por el pasado (y la coartada que no sirve) es utilizado por la policía como prueba definitiva para que el fiscal (nada amigable cuando ejerce su oficio) someta al padre Logan a la degradación moral que se observa en la sala del tribunal, donde soporta las acusaciones consciente de su elección y de lo que ésta conlleva. Antes de comenzar el rodaje Alfred Hitchcock tenía claro que la historia tenía que rodarse en un lugar donde la idea del catolicismo siempre estuviese presente, por eso escogió la ciudad canadiense de Quebec, repleta de iglesias y connotaciones religiosas constantes en el deambular del padre Logan por las calles, mientras sufre ese sentimiento de culpa que nace de su lucha interna entre confesar la verdad o mantenerse firme en unas creencias religiosas que le imposibilitan su salvación como hombre, pues el secreto de confesión, sagrado e inviolable, implica guardar ese silencio que en todo momento conlleva su condena y su sufrimiento.

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