domingo, 15 de mayo de 2011

Rocco y sus hermanos (1960)

Rocco y sus hermanos (Rocco e i suoi fratelli) es una lección de buen cine que pocos directores podrían haber dado forma y conseguir una obra maestra de estas dimensiones. Comienza como retrato social (heredado del neorrealismo) en el que una familia de la Italia meridional emigra a Milán (representación, en la mente materna, de la ilusión y la promesa de una nueva y mejor vida) y que sin embargo resulta diferente a lo que se esperaban. A medida que se suceden los episodios, la trama se convierte en un tragedia humana que alcanza instantes de gran crudeza (en algunos países se prohibió su estreno), dramatismo y lirismo, que Luchino Visconti, con gran acierto, plantea con ciertas influencias operísticas (él fue un gran director de ópera). Inicialmente, se muestra a una familia unida, bajo control matriarcal, que se encuentra perdida en un mundo que les resulta extraño y al que deben adaptarse. La madre (Katina Paxinou), mujer fuerte, posesiva y cegada por el amor hacia sus retoños se erige en el eje que controla a estos cinco muchachos: Vincenzo (Spiros Focas), Simone (Renato Salvatori), Rocco (Alain Delon), Ciro (Max Cartier) y Lucca (Rocco Vidolazzi), (ellos darán nombre a los cinco episodios o actos que conforman el largometraje-tragedia). Los episodios no son actos aislados, sino que continúan la trama de manera que podría entenderse a la perfección sin su existencia, pero perdería el efecto deseado por el director. De entre todos los hermanos, son Simone y Rocco en los que recae mayor protagonismo, ya que en ellos se comprueba mucho mejor cómo les afecta su nueva ubicación geográfica y las nuevas condiciones a las que se enfrentan. Rocco es un joven sensible, honesto y quizá demasiado bueno, tanto, que semeja padecer la misma enfermedad que el príncipe Myshkin de Dostoyevski y que a la postre derivará en los terribles hechos finales. Por contra, descubrimos en Simone a una especie de Caín, de personalidad inconstante, capaz de cualquier cosa con tal de conseguir el amor de Nadia (otro de los ejes narrativos, y motivo de disputa, del relato), una joven de vida disipada de la que se enamora y a quien pretende impresionar, sin embargo, Nadia no le quiere y le abandona. Dicho desplante marca el devenir de las cosas, pues, por casualidades del destino, Rocco y Nadia (Annie Girardot) se enamoran. Ella encuentra en este idiota Viscontino a un ser que le devuelve la fe en sí misma y la oportunidad de comenzar una nueva vida. Pero las decisiones de un hado caprichoso (muy operístico) llevan a que Simone se entere de una relación que no puede tolerar y que desatara su versión más animal y miserable. ¿Por qué Rocco se emparenta con el personaje de Dostoyevski? La respuesta reside en la bondad y la fe que Rocco muestra hacia su hermano, incluso cuando Ciro y Vincenzo han decidido que ya no hay nada que hacer, él no pierde la esperanza. Su comportamiento llega a causar desesperación en el espectador, del mismo modo que lo hacía El idiota literario en el lector. Compromete su futuro en algo en lo que no cree, pero en el que triunfa (su carrera pugilística), así como abandona otras de sus muchas ilusiones. Este afán por ayudar a Simone, incluso tras haber cometido éste uno de los actos más ruines que se puedan imaginar, le lleva a la estupidez de obligar a la mujer que ama a regresar a los brazos de un ser que sólo se puede calificar como despreciable. Rocco no comprende la enfermedad moral de Simone, cree que su hermano volverá a ser el mismo de antes, aquel hermano alegre y cariñoso que llegó a la capital lombarda procedente de un pueblo al que Rocco desea regresar (y que presiente que nunca lo hará, pero quizá alguno de los suyos sí).

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