lunes, 8 de agosto de 2011

David Lean, la pasión por filmar buenas historias

David Lean es una figura recordada sobre todo por sus grandes producciones, un director a quien se tardó en reconocer su carácter de autor y a quien parte de la crítica sometió a continuos varapalos por no regresar a sus inicios intimistas, algo que él no deseaba, pues las superproducciones le permitían disfrutar de una sensación que le entusiasmaba, viajar. Pero empezando desde el principio, un David Lean de diecinueve años entra, como muchos otros, en contacto con el cine tras conseguir un empleo como chico del té en una productora británica. Tras su ir y venir repartiendo infusiones por los diferentes lugares del estudio, accede a otras funciones, hasta que finalmente alcanza el puesto de montador. Su capacidad para realizar montajes no pasa desapercibida y no tarda en convertirse en el editor mejor pagado del Reino Unido. Poco después, monta Pigmalión para el cineasta Anthony Asquith y el actor Leslie Howard, a partir de este contacto, se plantea la posibilidad de dirigir, que se verá confirmada e influenciada tras sus trabajos para el dúo formado por Michael Powell y Emeric Pressburger. Su buen hacer no pasa desapercibido para productores que le tientan con la posibilidad de dirigir películas rápidas y de bajo presupuesto, David Lean, consciente de lo que quiere, rechaza una oportunidad que no desea. Su posición no puede ser más clara, desea contar historias que según su parecer son la base de un buena película. La aparición del dramaturgo Nöel Coward le ofrece la ocasión para debutar en la dirección, co-dirigiendo junto al propio Coward, en 1942, el drama bélico Sangre, sudor y lágrimas. Sin duda, la película tiene gran importancia en la posterior carrera del director, puesto que colocar su nombre al lado del famoso escritor le proporciona prestigio. Entre ellos nace una relación profesional a la que se unen Anthony Havellock-Allan y Ronald Neame quienes participan en el proceso creativo de La vida manda, la que sería la primera producción que Lean dirigiría en solitario. Este cuarteto funda la compañía Cineguild desde donde se realizarán los siguientes trabajos del director: Un espíritu burlón y Breve encuentro, como la anterior basada en obras de Nöel Coward; Cadenas rotas, adaptación de la novela Grandes esperanzas de Charles Dickens, excelente autor de quien también adaptaría Oliver Twist; Amigos apasionados y Madeline. Este último título supuso el fin de la productora. Durante ese periodo, además de los anteriormente mencionados, fueron colaboradores habituale el director de fotografía Guy Green, George Pollack como ayudante de dirección, la script Margaret Sibley o el diseñador de producción John Bryan. Este hecho constata que David Lean era un director a quien le gustaba rodearse de un equipo de confianza, que sabía respondería a sus demandas. Para bien o para mal, la separación le posibilita nuevos caminos y nuevos compañeros. Su nueva etapa le hace coincidir con el mítico productor Alexander Korda, quien le ofrece la libertad que exige para filmar sus siguientes películas: La barrera del sonido, El déspota y Locuras de verano. Esta última fue su primera película rodada íntegramente fuera de Inglaterra y en exteriores (una constante a partir de entonces), además significó su consagración internacional y el nacimiento de la amistad con su protagonista, la famosa actriz Katherine Hepburn, quien le presentaría al productor Sam Spiegel.


Este hecho pudo no tener importancia, sin embargo, sí la tuvo pues Spiegel buscaba un director para rodar la adaptación de la novela de Pierre Boulle que a la postre significaría la primera superproducción de David Lean El puente sobre el río Kwai, un rodaje que duró ocho meses y que contaba con un presupuesto de 3 millones de dólares (consiguió recaudar diez veces más). El puente sobre el río Kwai le ofreció la posibilidad de moverse por el globo en busca de exteriores (Siam, Birmania, Malasia o Ceilán) y su enorme éxito le proporcionaría la oportunidad de continuar viajando. Las ofertas no paraban de llegar, las productoras quería contar con él, sin embargo, las rechazó sistemáticamente, tenía muy claro cual era su método de trabajo y sus gustos, rodaría una historia que le impresionase, no una que no le dijese nada. Tras cinco años sin estrenar un film, el director presenta Lawrence de Arabia, película basada en Los siete pilares de la ciencia de T.E.Lawrence y adaptada por Robert Bolt, su guionista y amigo desde entonces. El protagonismo recayó en un, hasta entonces, desconocido Peter O'Toole a quien secundaban grandes nombres (Anthony Quinn, Alec Guinness, Claude Rains, entre otros) y un egipcio también desconocido, que posteriormente se haría famoso bajo el nombre de Yuri Zhivago, Omar Sharif. Tras el rotundo éxito de Lawrence de Arabia, David Lean y Sam Spiegel rompieron su asociación por cuestiones de alteración de metraje que no fueron del agrado del director, Lawrence de Arabia tendría que esperar más de dos décadas para que se reestrenase con los minutos que habían sido eliminados. Consciente de este hecho, exigió a Carlo Ponti, productor de Doctor Zhivago, el control absoluto del film. Tanto la Metro Goldwyn Mayer, distribuidora del film, como el propio Ponti accedieron a sus peticiones, y quince millones de dólares después se estrenó sin apenas éxito. Esta situación llevó a los responsables económicos a gastarse un millón de dólares en publicidad adicional, dinero bien gastado pues recaudó alrededor de 200 millones de dólares en todo el mundo. Sin embargo, parte de la crítica empezaba a minusvalorar la labor de Lean, y le recriminaban que no retornase a sus orígenes, el cine intimista británico, algo a lo que no estaba dispuesto, pues deseaba contar buenas historias, que no tenían porque estar reñidas con el espectáculo, y continuar viajando. David Lean vivía sus películas en su mente, las escenas se le acumulaban y sabía como tenía que rodarlas, esta tónica habitual le llevó a ser un director preciso, sin tener que realizar demasiadas tomas. La hija de Ryan le vuelve a poner en contacto con un viejo conocido Anthony Havelock-Allan, quien produce el film, una película que significó el peor momento de la carrera del cineasta británico. La critica no tuvo piedad, señalo el film como un deshecho, calificación, no exacta, que el cineasta no supo asumir y que le hundió en una apatía que le mantuvo apartado de la cartelera durante unos trece años, en 1984 estrenaría su última película: Pasaje a la India. Durante toda su carrera de cineasta David Lean se mostró acorde con sus ideas, constante en su búsqueda de la historia que le entusiasmaría contar y rodeado de un equipo de confianza, entre los que también contaban el compositor francés Maurice Jarre, el director de fotografía Freddy Young o el actor británico Alec Guinness, con quien trabajó en seis ocasiones y con quien mantuvo enfrentamientos sonados como consecuencia de unas diferencias que, a pesar de ser insalvables, no impidieron una fructífera colaboración.

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