miércoles, 21 de diciembre de 2011

Lawrence de Arabia (1962)

Su prestigio internacional se disparó gracias al éxito de El puente sobre el río Kwai (The Bridge on the River Kwai; 1957), pero David Lean no se precipitó a la hora de aprovechar el tirón comercial de su película y se tomó su tiempo para desarrollar su siguiente proyecto, que resultó ser el colosal retrato de un hombre superado por su sueño de grandeza y por un desierto que, al tiempo que le permite acariciarlo, le roba parte de su humanidad. Siete fueron los pilares de la sabiduría con los que T.E.Lawrence tituló su autobiografía y, al menos, sobre otros tantos Lean edificó su Lawrence de Arabia (Lawrence of Arabia): la fotografía de Freddie Young, la banda sonora de Maurice Jarre, el guión firmado por Robert Bolt y Michael Wilson, la acertada y ambigua composición realizada por Peter O'Toole, el resto del elenco, el diseño de producción a cargo de John Box y la narrativa empleada por el propio cineasta para desarrollar una ficción cinematográfica que rehuye de ensalzar hechos y de simplificar la personalidad del protagonista. El interés del realizador se centró en mostrar la dualidad (hombre-mito) de ese individuo absorbido y obsesionado por la idea que finalmente le vence. Dicha idea se gesta en las arenas del desierto donde T.E.Lawrence (Peter O'Toole) contacta con las tribus beduinas a las que pretende unir para ofrecerles Arabia, por aquel entonces parte del Imperio Otomano. Pero la narración se inicia en el presente, en Inglaterra, cuando el personaje principal circula a toda velocidad en su motocicleta, en un instante que marca su fin y el principio del relato, que ocupa un solo flashback que sobrepasa las tres horas de duración. Las imágenes viajan al pasado para descubrir al joven teniente inglés destinado en Egipto. Allí su apatía es evidente, como también evidente resulta ser su carácter, que no se amolda al esperado en un oficial del ejército británico. Quizá sea este el motivo que convence al señor Dryden (Claude Rains) para enviarlo al encuentro del príncipe Faysal (Alec Guinness), con la misión de estudiar la situación y las costumbres de un pueblo que en realidad no existe como tal, diseminado en numerosas tribus que luchan entre sí. La lucha interna entre los diferentes clanes árabes se muestra de manera explícita durante su viaje en busca de Faysal, cuando su guía es asesinado por Sherif Ali (Omar Sharif) por beber de un pozo prohibido para los miembros de su facción. Este conflicto tribal volverá a mostrarse en sucesivas ocasiones, sobre todo en los enfrentamientos verbales entre Ali y Auda Abu Tayi (Anthony Quinn), los dos árabes que más tiempo comparten con el europeo; el primero por amistad y admiración y el segundo por dinero (aunque también por la amistad que nace de la relación bélico-comercial que mantienen). La entrevista entre Lawrence y Faysal permite profundizar en la personalidad del inglés, que no teme al desierto y tiene el propósito de liderar a los árabes en la conquista de sus tierras, propósito que solo sería posible si se produjese un milagro. La grandeza del protagonista también es su flaqueza, cree en sí mismo y por eso triunfa, sin embargo, esa misma confianza se convierte en la locura que genera sus éxitos y sus fracasos. Su primer contratiempo se presenta cuando se propone realizar el milagro de cruzar el desierto, tan extenso y peligroso que nadie lo ha intentado con anterioridad. Sin embargo, para él nada es imposible, porque <<nada está escrito>>. No obstante, su hazaña (atravesar el desierto de Nefut en compañía de Ali y de otros cincuenta hombres) implica su primera derrota, que se gesta cuando Gasim (I.S.Johar) se pierde y Lawrence regresa en su busca, empujado por la constante de creerse dueño de su destino y del de quienes lo acompañan. Sin embargo, después de convencer a Auda para que les ayude a tomar Aqaba, ese destino que no contempla, más allá de sus propias decisiones y actos, le exige saldar cuentas y lo obliga a ejecutar a quien había salvado. A pesar de este hecho, el teniente Lawrence, aclamado entre los árabes, continúa sin aceptar que su intención supera sus posibilidades, por eso se lanza a la carga y conquista la ciudad inconquistable. Tras la caída de Aqaba, regresa a El Cairo, aunque antes comete su segundo error: escoger la ruta del Sinaí. Esta elección sería su manera de manifestar que no es un hombre corriente, sino alguien equiparable al Moisés bíblico, sin embargo, como dice Auda, <<Lawrence no es un profeta>>, y como hombre se confirma su segunda derrota: la muerte de uno de sus dos fieles acompañantes. Este hecho rompe el frágil equilibrio de Lawrence, como denota su rostro, su cuerpo y su posterior entrevista con el general Allenby (Jack Hawkins) y el señor Dryden, quienes lo consideran vital, pero prescindible. A partir de ese momento, la mente del nuevo comandante parece haber perdido el sentido de la realidad y se convence definitivamente de ser un hombre fuera de lo normal, que sin duda lo es, pero sin poder comprender ni aceptar que para él también existen limitaciones; unos límites que Ali intenta mostrarle sin éxito. Inicialmente Ali considera a Lawrence excepcional, capaz de realizar grandes gestas porque <<para algunos hombres no hay nada escrito si ellos no lo escriben>>, pero los hechos que presencia sustituyen la admiración por el temor, aún así, su amistad es sincera y nunca abandona al oficial británico. El intimismo de Lawrence de Arabia se equilibra con la inmensidad del escenario de arena y roca donde se representa la historia de un hombre en conflicto consigo mismo, cuya idea de grandeza lo supera para volverla en contra de su humanidad y contra los intereses de los implicados en la revuelta, confirmándose que su destino sí estaba escrito, porque él no ha sido más que un peón en un juego que otros han inventado. Ese mismo destino lo aleja de Arabia mientras una moto, similar a la de su accidente, adelanta al automóvil que lo separa definitivamente de una tierra que le ha dado y quitado, una tierra donde el ser de carne y hueso se convirtió en leyenda gracias a los artículos periodísticos de Bentley (Arthur Kennedy), pero en realidad, a pesar de sus victorias, ese supuesto héroe sufre derrota tras derrota, quizá la más dolorosa, y la que rompió su equilibrio y lo transformó en el ser sediento de sangre que se descubre camino de Damasco, sería la de caer en las manos del grotesco general turco interpretado por Jose Ferrer, que ordenó torturarle tras haber rechazado sus "encantos", y que posiblemente le sometería a otras vejaciones que mermaron las capacidades lógicas de un hombre ilógico, protagonista absoluto de esta magistral historia humana, llena de matices, de luchas internas y externas, que se extienden desde la arena del desierto hasta el corazón de aquel que deseaba entregar Arabia a los árabes mientras sucumbía ante su sueño de grandeza.

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