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La virgen de los sicarios (1999)


La única novela que he leído de Fernando Vallejo, El desbarrancadero, apenas la recuerdo. Por mucho que intente recuperar la impresión que me produjo entonces, solo me llega la idea de que su narrativa buscaba ser diferente, “a trompicones”, incomoda, sin refinamientos ni concesiones al lector. En definitiva, lo único que recuerdo, o quizá sea fruto de la propia evocación, es que el escritor pretendía tener voz propia, sin disimular que la forzaba. Barbet Schroeder también la persigue a lo largo de su obra. Quiere un cine suyo, tal vez por ello no se adapte al comercial y busqué exigir a su público una actitud que abandone la comodidad en la que se sitúa el cine mayoritario. Pero no siempre me convence, ni me estimula, que sería el caso de La Virgen de los sicarios (1999), la adaptación que realiza de la novela de Vallejo; aunque no le niego sus momentos, ni su intención de ser distinta ni su humor negro, que funciona. Al contrario, me parecen aciertos, puesto que esas intenciones son las que mantienen a flote la relación que se expone en la pantalla, tanto la paterna-filial entre amantes como la de estos con el espacio violento que transitan para hacernos partícipes de una ciudad (un ambiente, una sociedad, un mundo) donde la vida no vale un peso y la muerte se visibiliza en los asesinatos callejeros o en cualquier lugar donde los disparos y los cadáveres ya forman parte del panorama urbano y humano. Y no me convence porque, y esto es evidentemente subjetivo, se me hace un tanto plomiza en su insistencia, la cual no mata, al contrario que el plomo de las balas que el joven amante de Fernando “regala” a quienes les molestan, pero, por momentos, sí me rompe la conexión con esos dos personajes que recorren Medellín y que comparten lecho y amor en el espacio cerrado donde el maduro escritor, que acaba de regresar a su país natal, asume el rol de Pigmalión del joven prostituto del que se enamora y que le corresponde mientras vemos que la vida alrededor no se respeta, no se ama, no florece, pues en la marginalidad, la violencia, la corrupción, la delincuencia, el desarraigo…, parece que, salvo milagro, ya vale nada.

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