Ir al contenido principal

La zona gris (2001)

<<En la cámara de gas del crematorio número 1 se acumulan los cadáveres. Los hombres del Sonderkommando ya han empezado a separar los cuerpos amontonados los unos sobre los otros. Llega hasta mi cuarto el sonido del ascensor y de las puertas. El trabajo sigue a un elevado ritmo. Hay que preparar rápidamente el crematorio 4, ya que ha sido anunciada la llegada de un segundo convoy. De repente entra en mi cuarto el responsable del Gaskommando. En un estado de máxima agitación me informa que de entre los cadáveres, al fondo de un cúmulo, ¡ha sido encontrada una mujer todavía con vida! Cojo inmediatamente el maletín del médico, que dejo siempre a mi lado, y me precipito a bajar a la cámara de gas...>>.1 Así recordaba, en sus memorias, el doctor Miklos Nyiszli su encuentro con la muchacha que les devuelve parte de la humanidad arrebatada durante su encierro en la zona gris a la que, a partir de su pieza teatral y parte de las memorias de Nyiszli, Tim Blake Nelson accede (o lo pretende) en este contundente descenso cinematográfico al infierno de los crematorios de los campos nazis.


<<La esconden, la calientan, le llevan caldo de carne, la interrogan: la chica tiene dieciséis años, no puede orientarse ni en el espacio ni en el tiempo, no sabe dónde está, ha recorrido sin entender nada la hilera del tren sellado, la brutal selección preliminar, la expoliación, la entrada en la cámara de donde nadie ha salido nunca vivo. No ha entendido nada, pero lo ha visto; por eso debe morir y los hombres de la Escuadra lo saben, como saben que ellos mismos morirán por la misma razón. Pero esos esclavos embrutecidos por el alcohol y por la matanza cotidiana se han transformado; delante de sí no tienen ya a una masa anónima, el río de gente espantada, atónita que baja de los vagones: lo que hay es una persona. [...] La piedad y la brutalidad pueden coexistir, en el mismo individuo y en el mismo momento, contra toda lógica; y, por otra parte, también la piedad escapa de la lógica. No hay proporción entre la piedad que experimentamos y la amplitud del dolor que suscita la piedad: una sola Anna Frank despierta más emoción que los millares que como ella sufrieron, pero cuya imagen ha quedado en la sombra. Tal vez deba de ser así; si pudiésemos y tuviésemos que experimentar los sufrimientos de todo el mundo no podríamos vivir. Puede que solo a los santos les esté concedido el terrible don de la compasión hacia mucha gente; a los sepultureros, a los de la Escuadra Especial y a nosotros mismos no nos queda, en el mejor de los casos, sino la compasión intermitente dirigida a los individuos singulares, al Mitmensch, al prójimo: al ser humano de carne y hueso que tenemos ante nosotros, al alcance de nuestros sentimientos que, providencialmente, son miopes>>

Primo Levi.2



Es frecuente y sencillo ser categórico cuando no se corre peligro o no se viven las situaciones de quienes se juzgan. Ahí, en la comodidad de hogares y tertulias, se asegura esto o aquello; y de verás que se quiere creer en promesas y sentencias de que será así, llegado el caso, pero, escéptico, asumo que noventa y nueve de cada cien veces decimos lo que consideramos correcto (quizá la mentira que nos protege y distancia del yo que no reconocemos o todavía no conocemos) y no la verdad y sus posibles implicaciones, como descubrir que no somos las hermosas criaturas que asumimos, presumimos y exteriorizamos ser. Uno de los prisioneros de La zona gris (The Grey Zone, 2001), Hoffman (David Arquette), forma parte de doceavo sonderkommando de Auschwitz y dice, escenas después de matar a golpes al hombre que se niega a entregarle el reloj mientras le increpa (y escupe) que colabora con los asesinos nazis, que <<nadie es capaz de saber qué hará por salvar la vida. La respuesta es cualquier cosa. Es tan fácil olvidar quien eras y quien no volverás a ser jamás>>. En ese instante, ante la adolescente que, milagrosamente, ha sobrevivido al gas, Hoffman, víctima y verdugo, se lamenta y se juzga. Es el único ser humano que puede hacerlo, al menos, con derecho a hacerlo, el único que puede juzgar con conocimiento los hechos que lo han destruido y lo han transformado en el ser irracional en quien ya no reconoce al hombre racional que entró en el campo, aquel hombre que fue despojado de su humanidad. Hay experiencias que nadie desearía conocer ni haber vivido, pero hubo a quienes sí les obligaron a hacerlo. Hoffman es uno de ellos, como también lo es la adolescente (Kamelia Grigorova) que sobrevive a la cámara de gas, Max (David Chandler) e incluso el doctor Nyiszli (Allan Corduner), ayudante de Mengele en sus trabajos "científicos". Tiempo atrás, no hubiesen imaginado hasta que punto el mundo, aquel que descubrirían y sufrirían en el campo de la muerte, había perdido su humanidad y provocaría la pérdida de la propia. Nadie, y nadie quiere decir sin excepciones, podría saber qué haría por y para sobrevivir en una situación donde elegir no es una opción. Despojados de sus nombres, de sus pertenencias materiales y espirituales, de sus seres cercanos y queridos, de su condición humana, se ven reducidos a un estado infrahumano, a vivir las distintas experiencias y condiciones que van dando forma a una realidad totalmente distinta, una que no permite posicionarse o escoger entre el bien y el mal, ni sentirse a salvo ni justos. Son los grises que, a riesgo de mirar el horror cara a cara, en condiciones normales no queremos o no podemos ver porque deseamos creer en la fantasía de una humanidad solidaria, justa, generosa y protectora con sus miembros. En Los hundidos y los salvados, Levi cuenta parte de la experiencia del doctor Miklos Nyiszli y de la “zona gris”, un espacio más intangible que físico, cuya frontera no se define sino con innumerables, y todas ellas confusas, tantas como individuos habitaban en el Lager, donde ningún juicio puede corresponder a los juicios del mundo mínimamente civilizado y humano. Este espacio, esta <<zona gris, de contornos mal definidos, que separa y une al mismo tiempo a los dos bandos de patrones y de siervos>>,3 es el recreado por Tim Blake Nelson en La zona gris o por László Nemes en El hijo de Saúl (Saul fia, 2015), por citar dos ejemplos que dan protagonismo a los hechos de los que apenas nadie fue testigo, al menos testigos que vivieran para contar que el infierno existía dentro y fuera de los cuerpos de las víctimas de <<esa zona de ambigüedad que irradia de los regímenes fundados en el terror y la sumisión>>.4

1.Nyiszli, M: Fui asistente del doctor Mengele (traducción Diego Audero Bottero). Oswiecim, 2008

2,3,4.Levi, P: Trilogía de Auschwitz. Los hundidos y los salvados (traducción Pilar Gómez Bedate). Austral, Barcelona, 2017

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...