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El héroe solitario (1957)


En la cabina de The Spirit of St. Louis se cuela una mosca, pero no lo hace por error o por echar por tierra la travesía oceánica de Charles A. Lindbergh (James Stewart). Lo hace para posibilitar a Billy Wilder una escena similar a la que años atrás, antes de debutar en la dirección en El mayor y la menor (The Major and the Minor, 1942), había sido eliminada de Si no amaneciera (Hold Back the Dawn; Mitchell Leisen, 1941). Aquella escena, escrita por Wilder y Charles Brackett, mostraba al personaje de Charles Boyer hablando a una cucaracha en la habitación del hotel donde aquel se consumía a la espera de cruzar la frontera, pero el actor la consideró una idiotez y convenció a Leisen para eliminarla de la película. Por aquel entonces, Wilder no tenía el peso suficiente dentro de la industria cinematográfica para imponer su criterio, pero, dieciséis años después, su importancia dentro de la misma había crecido hasta permitirle, a pesar de las reticencias de James Stewart, que su personaje se dirigiera a ese polizón que se introduce en el aparato que vuela de Nueva York a París. Más allá de esta escena, la historia y los personajes de El héroe solitario (The Spirit of St. Louis, 1957) carecen del atractivo de las mejores películas de Wilder, a quien poco o nada le interesaban los héroes inmaculados, como confirma su filmografía repleta de hombres y de mujeres que no presentan aspectos heroicos y sí zonas grises que les confieren mayor complejidad y cercanía que el Lindbergh de Stewart.


Igual de lineal que el protagonista resulta la acción que se desarrolla a lo largo de dos horas, durante las cuales se suceden flashbacks con el presente, pero, salvo el primero, los retrocesos temporales apenas aportan a una trama que el cineasta no pudo desarrollar a su gusto. Como consecuencia, nada de lo expuesto parece formar parte del universo del realizador de El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard, 1950), debido a la imposibilidad de profundizar en una historia y en un personaje que no encajaban dentro de sus intereses, porque, a fin de cuentas, su cine desmitifica no magnifica, que es lo pretendido por esta producción en la que el Lindbergh real impuso como condición que se ciñeran al libro en el que describió su odisea. Los primeros minutos del film muestran al aviador la noche antes de su vuelo transatlántico sin escalas, un viaje que nadie ha conseguido realizar con éxito. En ese instante, el cineasta insertó la primera analepsis, que ocupa la primera parte de la película, para mostrar un pasado cercano que descubre al piloto con la ilusión de comprar un avión que le permita intentar la travesía. Durante los siguientes minutos consigue el dinero, el apoyo incondicional de quienes realizan la inversión y la entrega absoluta de los operarios de la fábrica Ryan donde se construye el aparato. Todo parece maravilloso, pero no para el estilo de Wilder ni para su lucidez corrosiva, de tal manera que se tiene la sensación de que la gesta aérea no es más que el fruto de la necesidad de dejar constancia de un hecho ya sabido que, debido a la imposibilidad de ahondar en aspectos más allá de lo expuesto, pierde interés, al menos el interés que despiertan la mayoría de las producciones del responsable de El apartamento (The Apartment, 1960), que realizó una película digna, pero que desentona dentro de su obra cinematográfica.

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