martes, 7 de junio de 2011

El testamento del doctor Cordelier (1959)

Jean Renoir acude a un plató de televisión donde presenta la proyección que se emitirá a continuación, un evidente acercamiento entre el medio televisivo (que produce la película) y el cinematográfico, separados por un lenguaje visual-narrativo, actualmente superado. Gracias a esa, supuesta, emisión en directo, Renoir introduce el relato, acercándose al personaje principal, Cordelier (Jean-Louis Barrault), un psiquiatra que ha abandonado la práctica para encerrarse en su mansión, donde lleva largos años investigando la mente humana. Tras la introducción del protagonista principal, el interés se centra en el segundo personaje de entidad, el notario Joly (Teddy Bilis), amigo íntimo del doctor, un hombre que se encuentra en paz consigo mismo, gracias a un equilibrio moral desconocido para el doctor. La historia arranca con la aparición de un extraño personaje que ataca a una niña, por suerte, Joly interviene y el asaltante no logra su objetivo. A partir de aquí, ese ser amenazante será la causa de una investigación en la que nadie puede aportar el menor indicio, sólo un doctor sabe que se trata de un tal Opal y que reside en la casa de su homólogo Cordelier. El testamento del doctor Cordelier (Le testament du docteur Cordelier) propone un viaje a los lugares más oscuros de la mente, mediante una reflexión sobre aquello que reprime las emociones del ser humano, que podrían derivar en un desequilibrio emocional que se sustentaría sobre la soledad, los miedos, los deseos ocultos, las frustraciones o las creencias mal interpretadas. Opal, padece un desequilibrio, pero no como consecuencia de censurar sus sensaciones, más bien, todo lo contrario, es un ser que vive ajeno a las cadenas (necesarias) de la moralidad (flexible y tolerante), y que realiza cualquier acción por muy ignominiosa que ésta sea (ataca a una niña, apalea a un viejo, agrede sexualmente a las enfermeras que trabajan para un doctor al que visita,...). No tiene remordimientos, se siente libre y vive una vida que considera plena. Sin embargo, reconoce que no desea, que no puede, continuar así, porque la moralidad es innata al ser humano y prescindir de ella le aparta de una humanidad que todo hombre o mujer necesita para construir una existencia que le permita distinguir entre lo lícito y lo ilícito. Opal-Cordelier recuerda en casi todos sus aspectos al Doctor Jekyll y mister Hyde, mítico personaje creado por Robert Louis Stevenson, y sirve para que el director galo realice esta soberbia reflexión (a veces cómica) sobre el ser humano y los deseos ocultos que se intentan reprimir, encerrándolos en las profundidades de la psique. Desde el inicio, las similitudes con el personaje creado por Stevenson son evidentes, ya que se trataría de una adaptación libre del mismo y su discurso transcurre paralelo al discurso del autor escocés. Un laboratorio, un doctor que desaparece de escena siempre que aparece el Señor Opal y que informa al espectador de la posible dualidad moral que existe en un mismo ser y que finalmente se confirma, cuando el personaje escondido, Opal, delata el mal que sufre. Joly lo descubre mediante una cinta grabada por el propio Cordelier. Es entonces, cuando Jean Renoir introduce un flash-back explicativo, del que podría haber prescindido, que muestra cómo se ha llegado a esa grotesca y desesperada situación (algo que ya explica la propia voz que sale del magnetófono). De este modo se descubre que ese eminente doctor ha sufrido una degeneración mental, fruto de una sensación de poder que le desliga de sus ataduras ético-religiosas. El testamento del doctor Cordelier, una de las últimas películas de uno de los grandes directores franceses, invita a la reflexión sobre el propio yo, que a menudo se evita plantear, porque resulta más sencillo y menos peligroso convencerse de la inexistencia de pensamientos escondidos que nunca saldrán a la luz, pero que, como sucede con Cordelier, podrían provocar un estado de ansiedad que alteraría un equilibrio emocional necesario.

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