lunes, 24 de octubre de 2022

Hölderlin. Dioses y mendigos


Científicas, idealistas, filosóficas, irónicas, absurdas, burlescas, religiosas, simplistas, poéticas,… hay definiciones de “ser humano” variadas y variopintas, tantas como seres humanos hayan intentado definirnos. De las que he leído, Friedrich Hölderlin escribió una que llamó mi atención. En “Hiperión o el eremita en Grecia”, el poeta escribe <<el hombre es un Dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona>>. Con tinta invisible, subrayé esas palabras en mi mente porque fueron causa de mi despertar aquel día en el que descubrí que el escritor, otro de los genios en quien humanidad y arte forman unidad indisoluble a flor de piel, nos atribuye ser dioses en la inconsciencia (y en la infancia) y mendigos en la consciencia (y en la edad adulta).

Lo divino, lo irracional, lo onírico, lo inexplicable, nuestras fantasías y pasiones, en el despertar racional caen de las alturas a la tierra donde la ilusión cede dando paso a la racionalidad que nos hace morder el polvo, diferenciándonos <<de manera fundamental de lo que me rodea […] aislado entre la hermosura del mundo, […] expulsado del jardín de la naturaleza>>, sometiéndonos al pensamiento racional (y, más adelante en el tiempo, al científico y tecnológico) y obligándonos a aceptar nuestra condición humana, imperfecta y mortal, y nuestra imposibilidad de alcanzar lo soñado o de seguir soñando. Es ahí, ya sobre la tierra de la razón pura donde el mito y la pasión se destierran, cuando Hölderlin se rebela y se niega a dejar de soñar, supera límites racionales y crea su obra intemporal, incluso llegando a la locura cuyos primeros síntomas asoman en 1801.

Su conclusión, en mis palabras, nos sentimos pobres y huérfanos, expulsados del paraíso, cuando dejamos de soñar y nos hacemos conscientes de nuestros límites y los limítanos más si cabe. Hölderlin lo explica mejor. Dice que, perdido el entusiasmo, <<ahí se queda, como el hijo pródigo a quien el padre echó de casa, contemplando los miserables céntimos con que la compasión alivió su camino>>. Pero sea en orfandad o en expulsión, el despertar nos ancla a un tiempo de mendicidad e insomnio durante el cual buscamos y anhelamos soñar lo sublime y fantasear la omnipotencia pérdida (la libertad y la inmortalidad que Hiperión atribuye a la niñez: <<¡Calma de la infancia, calma divina! >> <<El niño es inmortal pues nada sabe de la muerte>>), quizá, respectivamente, solo acariciadas por el arte y en la infancia —estado humano que poetas como Hölderlin o Baudelaire consideran el paraíso perdido, el que perdemos al pasar a la edad adulta.

Esta búsqueda y querer amenazan apagarse y desaparecer definitivamente en el tiempo, pero en los casos extremos, tal deseo puede crear artistas sublimes como Hölderlin o Van Gogh, pensadores como Nietzsche o Marx, degenerar en megalomanía —ejemplos hay sobrados a lo largo de la historia, llámese Alejandro, César, Napoleón, Stalin o Hitler, aunque estos dos últimos comen aparte— o deparar la “esclavitud” —<<¿Por qué busca la esclavitud cuando podría ser un dios?, se pregunta Hiperion adelantándose al superhombre anunciado en “Zaratustra”— como vía de escape a una angustia existencial crónica, nacida del temor a vivir esa “mendicidad”.

“Morir es dormir… y tal vez soñar”, creo recordar que desbarraba Hamlet a solas, o la vida es sueño, escribió Calderón, pero hubo otros que también abrazaron el sueño, tal como Nikolái Nekrásov, que dijo <<dormirse… y viene el buen sueño y el preso se convierte en zar>>. Quizá Salomón, sin saber que algún día Aristóteles vería la luz, asumiese la proporción media aristotélica para acercar el equilibrio, el medio despierto y medio dormido, o quizá esta proporción solo abra las puertas a un purgatorio donde igual miramos arriba que abajo y nos descubrimos siendo un Aquiles empeñado perpetuar la adolescencia o atrapados en la indiferencia. Pensando en ello, y en que no soy romántico, ni racional, ni pretendo divinidad alguna, llegó la noche y caí rendido hasta que el nuevo amanecer me trajo el despertar con versos que también nos definen:

Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.

Antonio Machado



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