Following (1998)
El falso culpable y el voyeurismo son recurrentes en el cine de Alfred Hitchcock, pero más que nada lo son sus obsesiones, que es lo que finalmente le confiere una personalidad y una consistencia a su juego cinematográfico que tantos imitadores no han podido ni aprehender ni por supuesto copiar, puesto que nadie logra copiar el sentir de otros y hacerlo pasar por suyo; en todo caso, sería una falsa empatía y su resultado una burda imitación. La identidad, la desorientación y la simulación de soledad lo son en el de Christopher Nolan y encontramos prueba de ello en Memento (2000), que resulta ser más un juego de piezas del cineasta que una búsqueda de su desmemoriado, pero también en la dualidad del caballero oscuro de la trilogía Batman (2005-2012), en el entramado de estructura milimétrica y cerrada que conlleva Origen (Inception, 2010) y, si me apuro, en el viaje Interstellar (2014). Sin pretender, ni ser, un film hitchcockiano, en apenas una hora de duración, en Following (1998), su primer largometraje, Nolan aúna el falso culpable, el voyeurismo y la búsqueda de identidad, más esta búsqueda carece de peso emocional, para dar forma a la experiencia vital de un joven de veintitantos años, sin trabajo, sin dinero, sin nombre —pues ¿quién es? ¿Bill? ¿Daniel? ¿o cualquier otro antropónimo que pueda responder a quien pregunte?—, sin relaciones y cuyo aburrimiento le lleva a seguir a desconocidos escogidos al azar. Es su principal regla: no seguir a la misma persona en más de una ocasión, pero asegura que fue la primera norma que rompió. Dicha ruptura provoca que el azar desaparezca de su experimento y dé paso al juego que Nolan introduce mediante la confesión del protagonista, aquella que engloba la práctica totalidad de una película en la que no sabemos si sus palabras son o no verdad. Total, bien pensado, tampoco importa tanto, pues ¿qué nos cuenta? Y sobre todo ¿para qué? Para qué Nolan pueda crear su ilusión, su juego rompecabezas, el cual nos lo monta él mismo. Siempre lo hace, que dudas nos quedan para nosotros, ¿si un tótem es o no de uno de sus protagonistas o si el amor es una dimensión? Pero ¿esto último no sería otra de nuestras manías y miedos de nos empujan a querer atrapar, para domar, cuanto se escapa a nuestra pobre capacidad de comprensión?
El cineasta británico juega con el espectador al igual que lo hace con el anónimo seguidor a quien dio vida Jeremy Theobald, que ya había protagonizado sus cortometrajes Larceny (1996) y Doodlebug (1997), o ¿es este último quien, como aspirante a escritor, engaña al policía (y a nosotros) a través de la historia que relata? Según sus palabras se trata de un resumen de los hechos, así lo expresa al detective (John Nolan) que escucha sin interrumpir, ni siquiera para preguntarle por qué desarrolla su relato combinando varios tiempos pasados, alterando la linealidad temporal y convirtiendo su confesión en piezas de un rompecabezas a resolver. Los tiempos pretéritos se entrecruzan en dos relaciones principales, la que el protagonista establece con Cobb (Alex Haw), a quien sigue hasta que, inesperadamente, este le comenta que es un ladrón y le ofrece la curiosa asociación que el aspirante a escritor, o a cualquier otra cosa, encara cual aprendizaje u oportunidad de encontrarse quizá, si no a sí mismo, con una imagen que apropiarse: la del propio Cobb. La segunda relación le une a la chica rubia (Lucy Russell) a quien aborda en un bar, una desconocida que a su vez le cuenta una historia que despierta mayor curiosidad en quien pretende ser parte integrante de la multitud entre la cual escoge a sus objetos de estudio, o puede que modelos a imitar. Para quien la vio en su momento, no dudo que sorprende el dominio de Nolan para, sin apenas experiencia profesional, manejar la intriga propuesta y llevarnos de aquí para allí sin que disminuya el atractivo del juego y sin que sepamos a ciencia cierta hacia dónde nos quiere conducir, probablemente porque así quiere que veamos a su protagonista, desorientado en un mundo fragmentado (las piezas del puzzle a recomponer), debemos suponer que emocional necesitado de encontrarse, de sentirse parte de algo, de ser alguien. Y ese algo y alguien le llevan a asumir la personalidad de Cobb, su trabajo asaltando casas vacías, pero con pruebas de existencias ajenas, y el supuesto objetivo de su mentor: <<invadir la vida de otras personas y averiguar quién son>>. Pero ¿acaso no era esta la intención del protagonista, cuando se decidió a perseguir a extraños escogidos al azar?
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