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El reino (2018)


Aceptemos la invitación platónica, puesta en boca de
Sócrates, y <<entremos en el estado mismo, examinémosle todo entero, penetremos en él por todas partes, y en seguida demos nuestro fallo con arreglo a lo que hubiésemos observado.>>1 Bien, una vez observado, cada uno que concluya y, si lo desea, que intente cambiar el término estado por El reino (2018) y responda ¿cuál es la función de los políticos del film de Rodrigo Sorogoyen? ¿Servir a los intereses públicos? ¿Al pueblo? Una respuesta afirmativa no la creería ni el más inocente de ese mismo pueblo, el cual, en su conjunto o por separado, suele cerrar los ojos y, aceptando su inestable bienestar, acomodarse sin pensar en aquello que sí ve cuando estalla la tormenta.


En el cine, hemos descubierto tormentas políticas y políticos de todo tipo, entre ellos los hay que sirven a sus intereses, o a los del partido que representan, e incluso los hay corruptos que se regeneran, aunque esto conlleve su salida del juego del poder. Del primer caso dejó constancia
Luis García Berlanga en La escopeta nacional (1978), donde los políticos y empresarios se reúnen para repartirse el pastel de la democracia recién adquirida, del segundo podemos encontrar ejemplo en los instantes iniciales del presidente de El despertar de una nación (Grabriel over the White House; Gregory La Cava, 1932) y del tercero aludiremos a El gran McGinty (The Great McGinty; Preston Sturges, 1940), cuya carrera política culmina tras la barra de un bar. Pero la realidad ni es una sátira de Berlanga, aunque quizá poco le falte para serlo, ni una película en la que la conciencia social se impone o te lleve a trabajar de barman. Tampoco resulta ser una isla utópica donde el oro o el dinero carecen de importancia, por lo que los utópicos y utópicas se libran de casos de corrupción como el expuesto por Sorogoyen en su film, corrupción que, bajo diversas capas, formas y lados, se dice que existe desde los tiempos de los abuelos, de los abuelos, de los abuelos del protagonista. Los políticos del reino <<adquieren riquezas, y con ello resultan más pobres. Quieren poder, y en primer lugar, la palanqueta del poder, el oro. [...] ¡Todos quieren llegar al trono! Su locura consiste en creer que la felicidad radica en el trono. —Y, con frecuencia, el fango se asienta en el trono, y también el trono se asienta en el fango.>>2 Así son los políticos que asoman por la pantalla, incluso antes de que estalle el conflicto que, perdonen la expresión, salpicará de mierda a todos ellos.


Una exuberante comida entre amigotes abre las puertas de
El reino para mostrarnos lo divertido que resulta contar minucias y comer hasta saciarse. Por su apariencia externa podemos intuir que se trata de un conjunto que, entre risas y comentarios, no puede esconder su superficialidad ni su concupiscencia. Si la historia se centrase en sus anécdotas vacacionales o en verles masticar y beber, seguramente no atinaríamos su profesión o, al menos, no sabríamos que todos ellos forman parte del mismo gremio. Sin embargo, el aparato de televisión del local nos ayuda a comprender que son políticos, pues, ante la presencia de dos en la pantalla, Manuel (Antonio de la Torre) dice que ahí sale la jefa (Ana Wagener), antes de imitar a quien la acompaña (Francisco Reyes). Ya conscientes de su profesión, la curiosidad de Sorogoyen sigue a Trias (José María Pou), presidente autonómico y líder grupal, y a Manuel hasta el interior del aseo de caballeros donde escuchamos palabras que apuntan hacia un asunto que desconocemos. Esta introducción nos adentra en el reino aludido por el título, un espacio poblado por príncipes como Manuel, aspirante al trono y, como príncipe, <<mientras trata a todos bien, todos se declaran leales, te ofrecen su sangre, sus haciendas, sus vidas y hasta sus hijos, [...], en tanto no tengas necesidad de ello, que si la tienes, tiempo les falta para que se revuelvan contra ti.>>3 Tras saltar el escándalo, que salpica a varios miembros del partido del cual es vicepresidente regional, esta es la nueva realidad de Manuel, pues hacia él apuntan las pruebas de que ha sido el cabecilla e instigador de la trama de corrupción que la fiscalía investiga en una operación que ha denominado "Amadeus". Pero El reino no es un film político, tampoco anti-político, y, aunque apunta profundidad en sus pesquisas, se queda en la superficie o, si se prefiere, en una primera capa que concede su atención a la intriga, espléndidamente narrada y visualizada, en la que el montaje juega un papel crucial a la hora de generar la tensión que fluye de la experiencia por la que atraviesa su protagonista, un príncipe, que no rey, destronado y señalado en un espacio marcado por intereses propios y ajenos, por el afán de enriquecerse a toda costa, rechazando la ética que se presupone a los cargos que representan y por la necesidad de no verse comprometidos en un asunto que les concierne a todos, porque, en definitiva, los habitantes del reino de Sorogoyen son conscientes de su inmoralidad, la cual les ha servido de herramienta para acceder a la <<palanqueta del poder>> y ha fomentado la creencia de que son intocables... hasta que, un buen día, malo en su caso, dejan de serlo y sienten el ostracismo y sufren la traición (<<de quienes se declaran leales>>) que empujan a Manuel a una jugada desesperada.


1.Platón. La República o El estado. De la traducción de Patricio de Azcárate. Edicomunicación, S.A., Barcelona, 1994

2.Friedrich Nietzsche. Así habló Zarathustra. De la traducción de Juan Carlos García Borrón. RBA Editores, S.A., Barcelona, 1995
3.Nicolás Maquiavelo. El príncipe. De la traducción de Francisco Javier Alcántara. RBA Editores, S.A., Barcelona, 1995

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