Ir al contenido principal

Sócrates (1970)


Coherente con sus ideas y consciente de la dificultad o de la imposibilidad de llevarlas a la gran pantalla, en el tramo final de su carrera Roberto Rossellini se distanció del medio cinematográfico para continuar su intención didáctica en la televisión, en producciones televisivas tan interesantes como Sócrates (Socrate, 1970), en la que expuso tanto su búsqueda de la verdad como la del ateniense que le da título, cuyo pensamiento supuso un cambio transcendental en la historia de la Filosofía, al orientarlo hacia el conocimiento de intangibles que los pensadores presocráticos habían ignorado o apenas abordado desde una simple interpretación mítica. En su búsqueda, basada en su máxima <<solo sé que no sé nada>>, la ignorancia asumida por el revolucionario pensador lo conduce a la dialéctica: razonamientos, constantes diálogos o enfrentamiento de ideas (en preguntas, respuestas y de nuevo preguntas sobre las respuestas para acercarse a una realidad universal, más compleja que aquella que se da por cierta) que generan el rechazo de quienes son evidenciados por la ironía socrática que, consciente de su ignorancia, el filósofo emplea para emprender su camino hacia el Conocimiento.


En realidad, poco se sabe de este personaje que prefería la charla a la escritura, porque esta no puede responder ni rebatir más allá de lo escrito. Solo tenemos acceso a aquello que de él dejaron constancia 
Aristóteles —que le atribuyó el razonamiento inductivo y las definiciones universales— y, sobre todo, sus discípulos Jenofonte y Platón —cuya fama superó a la del maestro que inmortalizó en sus Diálogos para exponer su propio pensamiento—, en quienes el realizador italiano encontró la inspiración para su retrato del filósofo y del hombre, en su relación con su mujer, con su ciudad y con la política que en esta se desarrolla durante dos etapas concretas: la oligarquía de los Treinta Tiranos en la que se abre el film, instaurada tras la derrota de Atenas frente a Esparta, y la restaurada democracia que lo sentencia a muerte por corromper con sus ideas a los jóvenes atenienses, por introducir nuevas deidades y por renegar de los dioses de la ciudad (aunque, si hablamos de buscar verdades, la verdad sería otra: sus palabras molestaban). Desde su aparición en la pantalla, a los setenta años de edad, Sócrates (Jean Silvère) muestra humildad, también su predilección por conversar y su despreocupación por el dinero y otros bienes materiales (contrario a los sofistas, su función de maestro-guía no le reporta beneficios económicos), aunque esto provoque el disgusto y el enfado de Jantipa (Anne Caprile), quien tras sus protestas no esconde el amor que profesa a su esposo.


La relación de Sócrates con sus contemporáneos se muestra desde la aceptación y admiración de sus discípulos y desde el rechazo de los enemigos que lo llevan ante el tribunal público que lo condena a muerte. Pero, durante su juicio, Sócrates no teme ni pide clemencia. Acepta que el momento de su muerte ha llegado y con ella un posible paso hacia un nuevo estado de conocimiento o simplemente hacia el sueño eterno. A lo largo de los minutos, se descubre, en sus palabras, en sus preguntas y en las ideas que exponen, a un hombre inteligente y honesto que plantea cuestiones que echan por tierra supuestas verdades presentando perspectivas que las rebaten, porque, para él, los universales son más complejos y difíciles de alcanzar que la limitada y subjetiva interpretación de cada uno de los conversadores con quienes dialoga, los mismos conversadores a quienes evidencia en su ignorancia (no aceptada), aunque no por desprestigiar, sino para intentar que, a partir del razonamiento, respondan qué es la verdad, la belleza, la justicia o la moral, intangibles similares a los que marcaron el pensamiento rosselliniano, quizá por ello el cineasta llevaba tiempo intentando realizar un film sobre el filósofo ateniense, su juicio y su condena.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

El sendero de la traición (1988)

Ismos prematrimoniales Por Antonio Pardines Una de las características del cine de Costa-Gavras es el adentrarse en espacios y en situaciones que desvelan el abuso ya sea de un Estado o de un grupo de poder. Y sus películas suelen funcionar como manifiestos cinematográficos que no temen señalar desmanes y crímenes, sobre todo aquellas en las que contó en el guion con la colaboración de Jorge Semprún y de Franco Solinas, dos escritores igual de comprometidos y con quienes trabajó durante su primera época. Ya considerado uno de los grandes del «cine político», gracias a Z (1969), La confesión ( L’aveu , 1970) y Estado de sitio ( État de siège , 1972), su popularidad se disparó tras el éxito de la espléndida crónica realizada sobre el golpe de estado de los militares chilenos en 1973 y la posterior represión en Desaparecido ( Missing , 1982), cuyo guion corrió a cargo de Donald E. Stewart, que adaptaba el libro homónimo de Thomas Hauser. Más adelante, cuando regresó al cine de habla i...