Ir al contenido principal

El fugitivo de Amberes (1954)


<<¡Preguntas! ¡A la rica pregunta! ¡Preguntas! ¡A la rica pregunta!…>> <<Ya estamos con la cantinela de siempre, si lo único que quiero es babear a gusto, sin que me rompan el tarro ni me inviten a pensar cuestiones que exijan movimiento a mis siete neuronas, el mismo número que suman los capitales y aquellos magníficos que campaban junto a la Nieves por el espacio hasta que entraron en un bar donde, en lugar de garrafa, les sirvieron sake de etiqueta y se quedaron sin Blanca. Por finos o por buenos…>> <<¡Preguntas! ¡A la rica pregunta! ¿Agotamiento y repetición de ideas en el cine de una década de posguerra? ¿Fin de la autarquía? ¿Ligera apertura política y no menos liviano lavado de cara, por si visita el Marshall? ¿Coproducciones y festivales internacionales? ¿Irrupción de cineastas creativos y de ironía renovadora como Fernando Fernán GómezLuis G. BerlangaJuan Antonio Bardem, quizá un poco más serio, Joaquín Luis Romero Marchent o, más adelante, el divertido amigo italiano Marco Ferreri? ¿Confirmación de realizadores como Manuel Mur Oti, Ladislao VajdaJosé Antonio Nieves Conde o Julio Coll? ¿Renovación literaria con las publicaciones de El jarama y Los bravos? ¿De la Salamanca del 55 a ninguna parte? ¿Necesidad de dotar de mayor realismo a las películas? ¿Desarrollo de un género cinematográfico inusual en España como sería el cine negro y policíaco? ¡Preguntas! ¡A la rica pregunta!…>> Fuesen estas y otras las causas, la voz del vendedor ahí las deja, en el recuerdo de su cháchara. A buen precio, decía el altisonante, para qué comprarlas, contesté interrogante, si con tu griterío me has empujado a responder que el cine español de la década de 1950 experimentó un salto cualitativo respecto al realizado durante el decenio anterior.


Por aquellos años cincuenta llegó el reconocimiento exterior de ¡Bienvenido Mister Marshall! (Luis García Berlanga, 1952) y Muerte de un ciclista (Juan Antonio Bardem, 1955), también se produjo una intención de internacionalidad que, valga de ejemplo, en El fugitivo de Amberes (Miguel Iglesias, 1954) se observa en su título, en los diferentes espacios donde se desarrolla su trama (París, Amberes y Barcelona) y en la presencia del actor suizo Howard Vernon, protagonista de la espléndida El silencio del mar (Le silence de la mer, 1948) —primer largometraje de Jean-Pierre Melville y futuro actor fetiche del cinematográficamente compulsivo Jesús Franco. Con todo, aún quedaba (y queda) un largo camino por recorrer para alejarse de la mediocridad imperante, una mediocridad que no entiende de fronteras ni diferencia entre las distintas artes, pero que no ha impedido que, al igual que en el resto de las cinematografías, en la española haya obras maestras (muchas más que La aldea malditaEl sexto sentido, La torre de los siete jorobadosLa vida en un hilo, Cielo negroLos peces rojosViridiana, El cochecito, El verdugo, El arte de vivirEl extraño viaje, La caza, El espíritu de la colmena o El sur), buenas películas y, a pesar de la imposibilidad de profundizar en su vertiente más oscura, dignas producciones de género policíaco como esta realizada por Miguel Iglesias.


¿Por qué digna? Porque, a pesar de sus altibajos, El fugitivo de Amberes destaca por su inicio y su final, las dos partes que más se ajustan al género del cual asume los claroscuros que el futuro director de El cerco (1955) empleó para introducir y concluir la acción, que se abre con el rostro entre las sombras de Bell Fermer (Howard Vernon) y se cierra en el túnel de terror donde los delincuentes pagan más precio que la entrada. A la breve secuencia de apertura, que en apariencia carece de importancia explicativa, le suceden las imágenes matutinas de las calles parisinas por donde se reparten los diarios que informan del robo de una piedra preciosa. Introducido el hurto a través de la prensa, se comprende que aquel era el rostro de su autor, quien abandona Francia y se traslada a Amberes para negociar con Alex (Luis Induni) la venta de la mercancía sustraída. Este antiguo conocido, consciente de la dificultad de Bell para venderla por cuenta propia, le ofrece un precio que, debido a las circunstancias, el ladrón acepta. Bell abandona la sala mientras los que en ella permanecen sonríen por su triunfo, aunque sus rictus se desfiguran cuando comprenden que han sido ellos los engañados. Desde la ventana, observan como el ladrón se introduce en un vehículo y se esfuma con la piedra. La secuencia que sigue se desarrolla veloz, Bell escapa en un taxi por las calles de la ciudad belga, seguido por uno de los hombres de Alex, de quien se deshace en el puerto donde embarca rumbo a Barcelona.


Con su ubicación barcelonesa, la película presenta sus mayores altibajos narrativos, al dividir su atención en varios frentes que no llegan a equilibrarse (sobre todo desentona la relación entre el policía y la agente de seguros suiza que investigan un delito paralelo). Uno de los frentes abiertos por Iglesias conduce la acción a Montes (Alfonso Estela), delincuente que desea la joya que el ladrón niega poseer. Otro hecho se cruza en la historia de Bell Fermer, se trata del caso de un asesinato y del robo de un collar valorado en tres millones de pesetas. Este crimen introduce en la trama la inevitable presencia policial y el romance entre el inspector Jordán (José Marco), a cargo de la investigación, y Gisèle (Anouk Ferjac), la representante de la aseguradora del collar. Este robo también propicia que Bell sea detenido como sospechoso, lo cual permite una rueda de identificación muy acorde con el género negro, en la que el detenido se junta a otros sospechosos habituales sin que ninguno sea reconocido por los testigos. Puesto en libertad, Montes contacta con él y le propone que le venda el diamante, pero, ante la negativa del ladrón, le ofrece un trabajo como perito en su organización de venta de joyas robadas. Con esta trama Miguel Iglesias realizó su segunda incursión en el policíaco y la que puede considerarse su mejor película hasta entonces, probablemente porque, por primera vez, contó
 con la colaboración en el guión de Juan Bosch, otro de los nombres propios del cine negro barcelonés. La ambientación, los aspectos técnicos y la siempre inquietante presencia Howard Vernon son los puntos fuertes de un thriller que sufre la innecesaria historia de amor entre dos personajes que lastran su ritmo narrativo, aquel expuesto durante su tramo internacional y recuperado en su parte final, en el túnel del horror donde, como mandan los cánones del policíaco español de la época, los criminales de El fugitivo de Amberes no pueden disfrutar de las atracciones y sí pagar por sus fechorías.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...