Aunque el aspecto de Sospecha remite al thriller de suspense, funciona mejor como un estudio psicológico del comportamiento humano, un análisis que parte de la comedia para ennegrecerse y conceder protagonismo a las dudas y a la sospecha que atormentan a Lina, e indudablemente afectan a su vida marital. La maestría de Hitchcock con las imágenes (y con el montaje) y la interpretación de Joan Fontaine nos introducen en el pensamiento de la protagonista sin necesidad de que ella lo exteriorice con palabras. Sea o no real, vemos lo que ella ve y aquello que el cineasta desea que veamos. De tal manera, Sospecha nos hace partícipes, incluso víctimas, tanto de la posibilidad, casi certeza, de las intenciones asesinas de Johnny como de la tortura mental que la heroína se inflige a sí misma. Las dos cuestiones irremediablemente rompen la idílica armonía de los primeros momentos del matrimonio y no tardamos en preguntarnos si Johnny es un asesino y pretende deshacerse de su mujer. Esa también sería la pregunta que corroe a Lina y ese es el interrogante menos complejo que ronda en la mente de quien acepta el planteamiento de Hitchcock, no aquel que genera el suspense situando a sus protagonistas (y al espectador) ante una situación límite, sino el que involucra a quien observa y le obliga a plantearse dónde se encuentra la frontera de lo real y lo imaginado, qué ocultan y por qué temen exteriorizarlo, o cuáles son los miedos y obsesiones que condicionan las conductas humanas e impiden que la plenitud de la pareja sea duradera. Quizá la ausencia de sinceridad, la sempiterna y represiva presencia del padre de Lina o que Johnny sí sea un asesino en potencia, que quiere dar salida a su parte más oscura, formen parte de la realidad que enrarece la convivencia y la hace insostenible para ambos, hasta el extremo de que Lina teme a Johnny y este se ve superado por el distanciamiento y el rechazo de ella, pero es al espectador a quien Hitchcock ofrece la última palabra para que complete los vacíos y los oscuros que dicen más que lo expuesto en la pantalla.
Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...



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