jueves, 31 de mayo de 2018

El instante más oscuro (2017)

<<Durante la hora más sombría en la historia del país, Winston Churchill, con solo sus discursos, hizo más por elevar la moral de una isla asediada que ningún otro líder de Gran Bretaña. La mayor parte de dichos discursos ya tienen un sitio no solo en la memoria de sus oyentes, sino también en la historia>>.

Alan Moorehead. Churchill (Churchill, and his world). Salvat Editores, S. A., Barcelona, 1987

Además de político, pintor, periodista y militar, Churchill era un prolífico escritor que dictaba miles de palabras diarias a sus secretarias, preparaba a conciencia sus discursos y los memorizaba de tal manera que, cuando los hacía públicos, parecían fluir de sus labios de forma improvisada y natural. Aquellos discursos levantaron la moral cuando más necesitaba ser levantada y <<las generaciones de británicos que lo conocieron, por lo menos y tal vez muchas más, siempre recordarán que en el momento más deprimido de la historia de la nación, cuando todo parecía perdido, él de algún modo consiguió elevar el nombre de Gran Bretaña a una altura que nunca antes había ocupado>> (ibíd). Este es el héroe y la leyenda que pasó a la historia, pero tras él se encuentra el hombre que asumió el liderazgo de una nación a las puertas de ser derrotada por el ejército alemán que acorralaba a las tropas anglo-francesas y las empujaba hacia Dunkerque. Este momento, clave en la historia, es el que Joe Wright intentó plasmar en El instante más oscuro (The Darkest Hour, 2017), cuyo interés no reside en la aclamada interpretación de Gary Oldman, sino en el contacto del hombre y del político con el momento histórico que, delimitado por dos de sus más famosos discursos, le ha tocado vivir. Dicho periodo, de apenas tres semanas, es un tiempo de oscuridad en el que las sombras no solo se encuentran en la amenaza nazi, sino también en los intereses, en la ineptitud y en la ceguera que habían posibilitado el rearme alemán y su posterior avance por Europa, permitiendo la militarización alemana de Renania, la anexión de Austria y, con el beneplácito de Francia y Gran Bretaña, la de los Suretes. Ninguna democracia se opuso cuando era necesario hacerlo y cuando quisieron reaccionar, ya era tarde, para millones demasiado tarde. Con el veloz avance alemán sobre Holanda y Bélgica, Francia fue ocupada y los británicos temían correr la misma suerte que sus vecinos del otro lado del canal. La situación era como mínimo desesperada y El instante más oscuro se abre en la cámara de los comunes, donde se exige la dimisión de Neville Chamberlain (Ronald Pickup), a quien responsabilizan de los sucesos y de su incapacidad para gobernar al país en tiempo de guerra. Esta circunstancia posibilita lo impensable, que el Primer Lord del Almirantazgo Winston Churchill (Gary Oldman) sea elegido primer ministro. Su valía, reconocida por los liberales y no aplaudida por los miembros de su partido, lo posiciona en lo más alto y desde allí inicia la resistencia que posibilitaría la posterior derrota de Hitler. El instante plasmado en la pantalla se centra por completo en la figura de Churchill, la cual brilla con mayor intensidad que la de sus colegas políticos, pues él asume prácticamente en solitario el belicismo que sabe la única vía para erradicar el peligro que se cierne, ya no sobre Reino Unido, sino sobre la libertad mundial. El instante más oscuro expone al líder conservador ante la decisión de elegir entre su deseo de lucha (por tierra, mar y aire) y el indeseado acuerdo de paz que le exigen Halifax (Stephen Dillane) y Neville Chamberlain. Pero más allá de los entresijos políticos, de la sombra de la guerra, de la operación dinamo con la que se pretende evacuar a las tropas del continente o de la práctica ausencia de ayuda internacional, se encuentra el intento de humanizar al personaje mostrando su intimidad, en su matrimonio con Clemmie (Kristin Scott Thomas), en su relación con su secretaria (Lily James), durante su viaje en metro o en su acercamiento al monarca Jorge VI (Ben Mendelsohn). Si lo consigue o no, es discutible, porque la exposición de Wright tiende a forzar dichas relaciones, en mayor medida que lo hace la menos mediática Churchill (Jonathan Teplitzky, 2017), cuya visión del personaje resulta un atractivo contrapunto para esta, ya que también se desarrolla durante un momento puntual de la Segunda Guerra Mundial (los instantes previos al desembarco de Normandía), pero con un líder que ha perdido la energía, temeroso de ser apartado del lugar que desea ocupar tanto por el Reino Unido como por sí mismo.

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