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Zulú (1964)


Las opciones profesionales y personales de Cy Endfield se vieron afectadas de manera drástica al inicio de la década de 1950. Por aquel entonces, como el de tantos otros, su presente cobró el tono de las listas que incluían su nombre y, sin apenas tiempo para decidir, prefirió exiliarse a convertirse en informante de quienes lo señalaban como simpatizante comunista. Su salida de Estados Unidos lo llevó a Reino Unido, donde, no sin dificultades, continuó su carrera cinematográfica bajo diferentes seudónimos (hasta que la absurda persecución llegó a su fin). Durante su periplo británico realizó algunas de sus mejores películas, la mayoría protagonizadas por Stanley Baker, a quien dirigió por primera vez en Ruta infernal (Hell Drivers, 1957). Con el actor creó su propia productora y desde ella llevaron a cabo su película común más ambiciosa y atractiva, aunque esto no resta valor a otras producciones suyas. Como había hecho en La isla misteriosa (Mysterious Island, 1960) y volvería a hacer en Las arenas del Kalahari (Sands of the Kalahari, 1965), en Zulú (1964) Endfield se decantó por desarrollar la aventura mezclando géneros. Donde en la primera prevalece la fantasía y las bestias gigantescas obra de Ray Harryhausen, en la segunda lo hace el drama psicológico cercano al expuesto por Robert Aldrich en El vuelo del Fénix (The Flight of the Phoenix, 1965), mientras que en Zulú sobresale la épica y el bélico, aunque también dramatiza la psicología de sus personajes al enfrentarles a la situación excepcional que viven en un espacio cercado y amenazado por las huestes nativas que se levantan en armas.


Basado en un hecho real, la acción de 
Zulú transcurre del 22 al 23 de enero de 1879 y se centra en el asedio sufrido por el destacamento inglés, pero sin caer en el maniqueísmo de enfrentar a buenos y malos. Con un magnífico uso de la pantalla ancha, Endfield abre su película con la panorámica del campo donde yacen más de mil soldados ingleses, de ese modo introduce el levantamiento de los zulúes de Natal. Poco después, en la siguiente escena, muestra las costumbres autóctonas en una ceremonia matrimonial donde descubrimos al reverendo Witt (Jack Hawkins) y a su hija Margareta (Ulla Jacobsson), quien se sorprende ante el espectáculo que rechaza debido a su desconocimiento y a su estricta y represiva educación occidental. En ese instante de contacto, entre dos culturas que nada tienen en común, un correo nativo irrumpe en la aldea y comunica el levantamiento, hecho que provoca que padre e hija abandonen el recinto y se dirijan a la misión donde acampa un centenar de soldados británicos. Endfield aprovecha el trayecto para introducir a los personajes principales y sus distintas personalidades. Así descubrimos al teniente Chard (Stanley Baker), un ingeniero efectivo carente de la aristocracia de Bromhead (Michael Caine), altivo y elitista y, desde su primer careo, se comprende que sus orígenes y sus ideas son opuestos. Bromhead pertenece a una familia de militares y Chard es un hombre sin tradición marcial, pero con un sentido del deber que le lleva a asumir el mando del destacamento al que han ordenado resistir en un reducto que apenas pueden defender. Allí se desarrolla el resto de la acción, que intercala las batallas con la interioridad de los soldados, humanizándolos desde la locura y lucidez de Witt a la heroicidad asumida por el soldado Hook (James Booth), el mismo que pone en duda la presencia inglesa en una tierra que no es la suya.

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