martes, 29 de marzo de 2016

El vuelo del Fénix (1965)

Las situaciones expuestas por Robert Aldrich en sus películas encuentran su razón de ser en la presencia de antihéroes enfrentados a su entorno y a las circunstancias inusuales que provocan sus continuos choques antagónicos, parte fundamental de tramas en apariencia sencillas. Pero, tras su aparente sencillez argumental, en cualquiera de sus films predomina la complejidad de un cineasta reflexivo, de narrativa contundente, y tan escéptico como lo son sus protagonistas, que interpretan su relación con el orden establecido desde el alejamiento y el rechazo, el cual enfatiza sus individualidades dentro de comunidades reducidas como la mostrada en El vuelo del Fénix (The Flight of the Phoenix). Esta película parte de la idea del accidente aéreo en el desierto para ahondar en la interioridad de los supervivientes, a quienes se observa desde su rechazo inicial, cada uno va a lo suyo, hasta su inevitable aceptación de grupo. Condenados a perder su individualidad dentro del medio hostil donde se encuentran atrapados, los supervivientes del vuelo aúnan esfuerzos y aparcan diferencias para salir de allí con vida, porque solo cuando se produce su unión se sienten más cerca de lograrlo. Esta circunstancia, que asocia iguales, pero también opuestos, ya fue esbozada en Veracruz (Vera Cruz, 1954), en la que dos mercenarios antagónicos colaboran en la consecución de un mismo fin, hecho que, entre otras, volvería a presentarse en Doce del patíbulo (The Dirty Dozen, 1967), cuyos convictos se igualan en su repulsa hacia la autoridad que ellos representan en el mayor Reisman, quien, igual de indisciplinado, los guía en la misión suicida y homicida que el alto mando legitima cuando pretende sacar partido a la violencia que poco antes habría condenado al patíbulo. Cada espacio por donde transitan estos y otros antihéroes aldrichianos, o donde se encuentra atrapados, les afecta de maneras distintas, pero siempre sacando a relucir miedos, complejos, traiciones o su eterna confrontación con el orden establecido o con quienes lo representan. Pero la perspectiva asumida por el cineasta ni juzga comportamientos ni emociones, como tampoco juzga a los hombres del Fénix, que actúan condicionados por el medio externo-interno que les supera y provoca que sus diferencias se acentúen durante buena parte de su estancia en ese paraje inhóspito. Aldrich representó esta circunstancia sobre todo en dos personajes: Dorfmann (Hardy Kruger), el ingeniero alemán, que asume un liderazgo que inicialmente no le corresponde, y Towns (James Stewart), el piloto y líder del grupo hasta que el alemán ofrece a sus compañeros la ilusión de regresar a la civilización. Este asegura estar capacitado para construir un transporte aéreo a partir de los restos del avión siniestrado; tal idea choca con el pensamiento escéptico del piloto, que ni cree en las palabras del aeronauta ni acepta de buen grado que su tiempo haya pasado y, por lo tanto, deba apartarse para dejar vía libre a intelectuales como Dorfmann. Este choque cultural y generacional, permite confrontar el mundo teórico representado en el ingeniero y el práctico al que se aferra Towns, a pesar de someterse por el bien de la moral de aquellos con quien comparte espacio mientras cada cual intenta encontrar una salida que, aunque desesperada y puede que inútil, resulta necesaria para alejar la certeza de que todos morirán en esa árida extensión donde su individualismo desaparece para dar paso al colectivo y a un optimismo que, por extraño que parezca, no desentona dentro de la obra del cineasta, y no lo hace porque los personajes solo aceptan su nuevo estado cuando este se impone como única vía de escape, realidad que también se observa en otras películas del director de Apache y que en El vuelo del Fénix alcanza una de sus máximas expresiones, ya que, tras esa necesidad común, que se antepone a su naturaleza, se esconde la certeza de que solo así su individualidad podría sobrevivir más allá del espacio opresivo donde se desarrolla su desventura.

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