miércoles, 31 de octubre de 2012

Dos hombres contra el oeste (1971)

A pesar de que Blake Edwards fue un realizador asiduo a la comedia, responsable de películas como Desayuno con diamantes, La pantera rosa o El guateque, también tocó otros géneros con resultados más o menos interesantes. El drama en Días de vino y rosas, el thriller en Diagnóstico asesinato o el western en Dos hombres contra el oeste (Wild Rovers), en la que se pueden apreciar ciertas influencias de Sam Peckinpah, aunque ofreciendo una perspectiva personal en la que tiene cabida el humor amargo de sus dos protagonistas: el maduro desencantado y el joven que no desea llegar a la edad de su compañero y descubrirse como aquel. Ross Bodine (William Holden) y Fran Post (Ryan O'Neal) reciben un mísero salario por su trabajo para Walter Buckman (Karl Malden), un ganadero de ideas férreas, marcadas por su creencia de ser el amo y señor de todas las tierras que rodean su rancho, donde se produce la muerte de uno de sus asalariados. El accidente mortal es el detonante para que Bodine y Frank lleven a cabo un plan que surge de la necesidad de abandonar esa vida sin futuro que a ninguno satisface. Ambos muestran aspectos opuestos, pero la diferencia que resalta a primera vista reside en la edad que los separa, tiempo suficiente para que el primero sienta los sin sabores de una existencia incompleta e insatisfactoria que todavía no se descubre en Frank, protegido por su juventud, aunque esta es efímera, lo que provoca que la imagen de Bodine pueda ser la suya en un futuro no muy lejano. Como consecuencia Edwards planteó la película desde ese distanciamiento generacional entre la veteranía representada por uno y la juventud que caracteriza al otro, que se desarrolla durante la escapada que emprenden después de robar treinta y seis mil dólares en el banco de la ciudad, un asalto que Buckman toma como una cuestión personal y por ello envía tras ellos a John (Tom Skerrit) y Paul (Joe Don Baker), sus dos hijos, diferentes en cuanto a pensamiento y comportamiento. El itinerario que parte de Montana permite observar algunas de las características de un género consciente de que se encontraba al final de su esplendor como tal, lo mismo que Bodine, convencido de que esa es su última oportunidad para decir que él ha estado ahí. A lo largo de la película se observa el constante enfrentamiento entre tradición y modernidad, sin que ninguna de las dos puedan existir sin la presencia de la otra, como desvela la lucha entre el ganadero y el ovejero, una lucha de la que ninguno sale victorioso. Del mismo modo, el atraco al banco es una característica del oeste tradicional que representa Bodine, pero que se aleja de los métodos violentos de aquellos forajidos del salvaje oeste porque tanto este como Post se decantan por un método nada convencional para apoderarse del dinero. Otro momento donde se enfatiza la comunión y desunión de los dos polos opuestos se presenta en la incansable persecución de los dos hermanos, que no se detienen porque uno de ellos (John) es incapaz de deshacerse de la gigantesca sombra paterna (ideas tradicionales y conservadoras que ha heredado), incluso después de su muerte. Dos hombres contra el oeste se presenta desde una estructura interesante, aunque por momentos su ritmo se ralentiza como si no supiera hacia dónde se dirige, reiterando en las emociones y motivaciones que impulsan a sus antihéroes a avanzar por un recorrido que concluye en uno de los grandes paisajes del western clásico, quizá para refrendar que ese paraje es el testigo de excepción del final de una época de esplendor de la que formó parte. 

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