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Mi encuentro con Marilou (2012)


Los autores son quienes realizan el auto o la acción, de modo que son responsables de algo, incluso pueden serlo de la cansina acción de no hacer nada, que también es algo. Pero si hablamos de arte, entonces, el autor o la autora es quien crea una obra que se considera artística o creativa, aunque no siempre resulta ni lo uno ni lo otro. En cine, el término "autor" va ligado a los críticos franceses de la década de 1950, quienes seguramente mirarían a Jean Becker por encima del hombro y le negarían cualquier tipo de autoría. No obstante, Becker presenta los síntomas autorales en su repetición de temas y de formas propias, las cuales reaparecen en sus películas, al menos en aquellas realizadas lejos de la sombra de Jean-Paul Belmondo. En sus films sin Belmondo (también en algunos con él), Becker tiene algo que decir y tiene un estilo, reconocible, a la hora de expresarlo -ausencia de fondo musical, cámara a la altura de los personajes, reducción de primeros planos, personajes que viven situaciones que los cabrean o los empuja hacia el aislamiento o la huida. No obstante, sus propuestas resultan optimistas, ya que los protagonistas establecen relaciones afectivas y emocionales y encuentran su salvación. En sus comedias y dramas, Becker desarrolla un discurso humanista en el que la presencia de la muerte forma parte del viaje, presencia que asume mayor notoriedad a partir de Dejad de quererme (Deux Jours a tuer, 2007), con la que abría una vía más dramática que en títulos anteriores, al hacer visible la idea de la muerte en su protagonista. Una idea similar ronda la mente de Taillandier (Patrick Chesnais), quien al inicio de Mi encuentro con Marilou (Bienvenue parmi nous, 2012) compra un rifle y una caja de balas que no pretende usar para la caza. Sabemos que algo le sucede; ya no puede pintar, ni sonreír, tampoco parece mostrar más sentimientos y emociones que el rechazo y la desidia que se ha apoderado de su cotidianidad. Su relación con su mujer e hijos apenas sobrevive en la distancia que él mismo establece, un alejamiento que (a primera vista) insinúa que ha perdido cualquier interés por la vida. Así, una mañana no muy diferente a las últimas mañanas, se decide y emprende el viaje que posiblemente depare su final, sin embargo la casualidad interviene y se produce su inesperado encuentro con Marilou (Jeanne Lambert), la adolescente que vive una situación que recuerda al adulto aspectos vitales (en ese instante presente) olvidados. Entre ellos se produce un acercamiento paterno-filial, en el que ella se siente arropada, aceptada, lo cual supone un paso adelante en el rechazo que ha sufrido en el hogar que su madre comparte con un hombre que la maltrata, que la somete y que ha imposibilitado que la relación entre madre e hija sean posibles. Marilou es huérfana de cariño, de comprensión, pero no por ello ha perdido su amor por la vida, por disfrutar de su juventud, de su ingenua sabiduría y de la humanidad que despierta a Taillandier de su letargo, de su egoísmo y de la apatía en la que un buen día se encontró ahogado. Este contacto le permite volver a sentirse quizá necesitado, quizá creativo, como muestran los dibujos que realizas de la joven, su nueva musa, pero no la artística que asoma en los trazos sino la musa que le permite recuperar las ganas de vivir. Es aquí, en esa relación de amistad, de necesidades y ayudas mutuas donde el optimismo de Becker vence a la idea de la muerte, concediendo esperanzas a la pareja herida, nuevas ilusiones que nacen tras compartir penas y saber que en la vida hay sufrimiento, pero también otras emociones y sensaciones, así como encuentros y situaciones inesperadas, algunas castradoras y otras tan liberadoras como las compartidas por dos errantes que, en su intento de distanciarse de su entorno, se encuentran y curan sus heridas.

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