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Náufrago (2000)



Los horarios y el trabajo caminan de la mano desde la primera revolución industrial. A veces lo hacen a trompicones, otras a empujones, pero sospecho que siempre caminan con la intención de medir el tiempo a la procura de aumentar el rendimiento laboral y los beneficios del empresario. A lo largo de los años, los horarios también se han ido ajustando a las exigencias de sindicados, entre otros grupos de presión, y a las demandas de los trabajadores. Y así, sin apenas darnos cuenta, unos y otros nos convertimos en esclavos del "progreso" y de las horas, de los minutos y de los segundos de un reloj impasible, monótono e inhumano que, en su interpretación humana, nos habla de dividir el día en partes que dedicamos a relacionarnos, a dormir y a bostezar, a mirar sin ver y a hablar sin decir, a comer con ganas o desganados y a trabajar de cual a tal hora, aunque siempre esperando a que llegue la hora de cierre. <<Vivimos y morimos en función del tiempo>>, afirma el náufrago temporal poco antes de verse fuera de tiempo y mucho antes de comprender que <<vivimos y morimos>> en un tiempo humano y social de ritmo vertiginoso, un tiempo que ningunea instantes en beneficio de otros, que olvida o recuerda, pero que sigue sin posibilidad de volver atrás. Es nuestro tiempo, aquel que nos toca vivir y que sentimos para nosotros, a nuestro favor y en nuestra contra, ya que el tiempo humano existe en nuestra interpretación de las vivencias, en grupo o en soledad, de ritmo monótono y marcado o en falsas pausas en las que nada parece avanzar. Nadie ni nada espera, el mundo se acorta, pero, en ocasiones, sus distancias se agigantan, quizá porque nada vive en la inmovilidad, ni puede ser controlado, y todo se transforma aunque semeje igual que siempre. Vivimos distintos tiempos: el de la soledad, el de la compañía, el de la ceguera, el de la nostalgia, el de la felicidad o el de la amargura, esos tiempos son momentos o fragmentos de vida, de experiencias dentro de la comunidad o de la sociedad que ha intentado darle una forma y un sentido al concepto "tiempo".


Fuera del mundo, o lejos de la sociedad, apartado de todo y de todos, Chuck Nolan (Tom Hanks) siente de forma distinta, ya no puede medir el tiempo, ya no avanza, al menos no lo hace de igual forma que antes. Para Chuck, aislado en su isla desierta tras un accidente aéreo, los dígitos vitales se resetean y su cuenta se pone a cero. En ese instante, cuando aún es un ser desprotegido frente a su nueva realidad, su existencia cambia, como si la isla fuese ajena al movimiento de las agujas del reloj que domina la sociedad occidental y moderna. Mientras, en grupo, los demás continuarán en el punto del cual él ha sido expulsado. Al recordar su "Instalación en la isla", Robinson Crusoe hace una lista de "males" y "bienes" y dice <<que difícilmente se encontraría en el mundo una situación más lastimosa [...], pero que no dejaba de haber en ella algo negativo y algo positivo que agradecer>>. Para él, seguro que no la habría, de igual modo que tampoco la habría para Chuck cuando sufre un destino similar al del héroe de Daniel Dafoe. Pero, al contrario que Robinson, Chuck no hace ningún listado de pros y contras a su llegada a la isla desierta donde pasará los siguientes cuatro años de su vida. Él se golpea, recoge paquetes de mensajería que han sido desperdigados tras el accidente aéreo o intenta escribir sobre la arena <<HELP>>. Durante estos cuatro años, alejado de la sociedad y de cualquier compañía humana, su interpretación del tiempo será diferente a cómo la observamos al inicio de Náufrago (Cast Away, 2000), cuando se encuentra en Moscú arengando a los empleados de la nueva sede de la empresa de transportes para la que trabaja. En ese instante, reducir el tiempo de entrega de los paquetes supone controlarlo y vivir pendiente del reloj, quizá atrapado, como descubrirá más adelante, puesto que, de manera inconsciente, es prisionero del tiempo, de su interpretación y de su exigencia, como corrobora su precipitado regreso y partida de Memphis, ciudad donde Robert Zemeckis introduce la relación de Chuck con Kelly (Helen Hunt), cuya vida seguirá una línea temporal distante a la del protagonista. Inicialmente, Chuck vive por y para ese movimiento de agujas o dígitos que nada ni nadie detiene, ni nada lo detendría salvo la muerte o, en su caso, el accidente del cual sobrevive para ser arrojado fuera del tiempo en el que el resto continúa viviendo sus existencias, y asumiendo que deben seguir caminando en función de las exigencias de ese mismo tiempo que no vemos en la pantalla, puesto que, como testigos del destierro vital y temporal de Chuck, Zemeckis solo nos permite observar la pérdida, la desesperanza, el dolor, el paso del tiempo (que el "Robinson" dibuja en Wilson), la supervivencia y el regreso a la vida del náufrago, aunque más que un retorno es el inicio de una nueva, quizá sin las cadenas temporales que anteriormente le habían condenado a vivir sin apenas existir.

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