martes, 25 de agosto de 2020

Chircales (1965-1972)

La historia del cine recuerda que Robert F. Flaherty pasó más de un año de su vida en las tierras del norte de Canadá, donde convivió con Nanuk y familia. Gracias al tiempo compartido, el cineasta pudo conocer, intimar y filmar al núcleo inui en su medio natural. Así acumuló material cinematográfico, suficiente para recrear su documento, puesto que eso fue lo que hizo para dar forma al primer largometraje documental. Nanuk, el esquimal (Nanook of the North, 1921) y Flaherty son leyendas reales o realidades ya legendarias, pero también existen otras leyendas cinematográficas más cercanas en el tiempo. Hablo, por ejemplo, de los colombianos Marta Rodríguez y Jorge Silva, dos imprescindibles, legendarios y reales, del documental social, del cine realista y del cine colombiano.



<<Consecuencias y motivación del documental social, del cine realista: conocimiento, conciencia, insistimos, toma de conciencia de la realidad. Problematización. Cambio: de la subvida a la vida>> escribió el argentino Fernando Birri antes de su conclusión: <<ponerse frente a la realidad con una cámara y documentarla, filmar con realismo, filmar críticamente, filma con óptica popular el subdesarrollo. Por el contrario, el cine que se haga cómplice de ese subdesarrollo, es subcine>>.1



Cual Flaherty, aunque por partida doble, Rodríguez y Silva convivieron con una familia "marginal", pero su estancia entre los Castañeta se prolongó durante cinco años, tiempo en el que pudieron conocer y formar parte del día a día que contemplamos en este título clave del documental social aludido por Birri. La pareja de cineastas abre su documento en un régimen democrático donde la marginalidad, el subdesarrollo, y el fraude electoral coexisten con el Desarrollo burgués que no interesa mostrar a los autores, puesto que ellos se decantan por exponer un entorno oculto, al que tenemos acceso poco después de que desaparezca el rótulo inicial donde se lee que <<La tecnología nos descubre la actitud del hombre ante la naturaleza, el proceso directo de producción de su vida, y por tanto de las condiciones de su vida social y de las ideas y representaciones espirituales que de ella se derivan>>.2 Aparte de esta frase de Marx, con la que abren el film, en Chicarles no hay más tecnología y progreso que la mula de carga y el horno donde, a diario, las familias alfareras -que viven en condiciones infrahumanas- cuecen miles de ladrillos a cambio de jornales tan miserables como las chabolas que ocupan mientras los terratenientes así lo quieran.



<<El ritmo lento y pesado que decidía la vida -y la muerte- en el paisaje de barro de los chircales, como otra versión del infierno en la tierra, le enseñó una realidad que la intrigaba de manera visceral. Filmar las imágenes que descubrió al otro lado de la carretera, cuando cruzaba desde Tunjuelito a los chircales, sería un proyecto que no la abandonaría durante los seis años que transcurrieron desde el día en que conoció a Camilo Torres, trabajó en Muniproc, se dedicó a estudiar Antropología -tras abandonar Sociología por la exigencia de materias como Estadística y Matemáticas, además de estudiar Etnología, en el Museo Nacional de Bogotá-, viajó de nuevo a París en 1961 para conocer los misterios técnicos del cine -matizados por la antropología y su enseñanza según Jean Rouch-, regresó a Colombia e hizo del proyecto una aventura en acción después de su experiencia con los niños a los que alfabetizó hasta la filmación y el montaje de la versión final de Chircales.>>3




La suma de miseria, hambre, ladrillos... da como resultado la cotidianidad objeto de estudio y denuncia, pero también al acercamiento humano propuesto por Rodríguez y Silva en su primer documental común. Aunque, más que un documento, Chircales ofrece vivencias de otro mundo, uno cercano y al tiempo lejano, incluso negado por quienes cierran los ojos o miran hacia otro lado. La pareja de cineastas abre los suyos, contempla, posiblemente interactúe y no se dedique simplemente a grabar. Viven entre ellos y captan vida, costumbres, trabajo, silencio, sumisión, alcoholismo, supersticiones, injusticias... Los alfareros de Chircales sufren su extrarradio. No se trata de un lugar físico, sino de uno social, puesto que son los explotados de la democracia, la mano de obra barata, prácticamente esclava, de los amos. Estos hombres, mujeres y niños, a quienes se les niega el progreso y la dignidad, sobreviven a los abusos, tan familiares que los aceptan sin reproche, cabizbajos, con sus cuerpos doloridos y almas guiadas por la ignorancia que se perpetúa en el miedo a no poder alimentar al elevado número de bocas o en tradiciones que los ancla y mantiene bajo el yugo de los terratenientes. La voz del narrador comenta que los arrendatarios los contratan por sueldos que apenas les permite malvivir, por lo que resulta todo un acontecimiento o un milagro que la familia pueda comprar el vestido de comunión para una de las hijas. De hecho, este momento se presenta en la pantalla surrealista frente a la realidad hiriente. Anclados en el mismo lugar de siempre, zarandeados por el capricho y para beneficio de los de arriba, descubrimos a los Castañeda en su humanidad, en su aceptación, en su condena, la de ser la mano de obra barata y desechable, sin opción a dejar de serlo. Padre, madre e hijos, un total de catorce miembros, viven en la ausencia y en la imposibilidad de mejora. No se la plantean, no pueden; les resulta imposible pensar en ella, solo están capacitados para trabajar, lo hacen desde niños, y resistir hasta que su cuerpo aguante o los amos los echen, cuando ya no les necesiten. Antropológico, rebelde, político, social, este crudo y espléndido documental no esconde su intención de concienciar a la sociedad que, en su apatía, se desentiende de esta realidad.


Rodríguez y Silva dan ese paso adelante que la mayoría no damos, al preferir vivir en la "ceguera" y en la comodidad que esta nos proporciona, y llaman a la acción, llaman a poner punto y final a situaciones periféricas como esta, que chocan con la supuesta sociedad democrática. Son situaciones al tiempo humanas e inhumanas, de pobreza y violencia, de desesperanza e insolidaridad... Se trata de un estudio, sí, pero, sobre todo, Chircales se solidariza con vidas secas -título de uno de los grandes films del brasileño Nelson Pereira dos Santos- y denuncia la aridez de su día a día, días de almas olvidadas y familias condenas que malviven en condiciones que los desloma, trabajando de sol a sol, condiciones que ni soportaría la mula aludida arriba. Este tipo de situaciones son denunciadas por el nuevo cine latinoamericano de la década de 1960, un cine que no rehúye la confrontación, ni la lucha, ni su función social, como parte de los movimientos y brotes revolucionarios que se dejaron notar en el cine periférico, en las antípodas del cine entretenimiento y espectáculo de masas dormidas. El final de la década de 1950 y la práctica totalidad de la siguiente fueron momentos para esta ruptura con el orden establecido, puesto que había llegado el instante de la búsqueda de identidad propia y así lo asumieron cineastas y teóricos como Birri, los miembros del Tercer Cine abanderado por Fernando Solanas y Augusto Getino, las producciones cubanas realizadas en el ICAIC o los films de Glauber RochaPereira dos Santos y el nuevo cine brasileño. Eran otros tiempos, los del despertar del continente a una nueva realidad que no deparó lo esperado, aún así fue una época de ilusión, de llamar a la acción y concienciar a los trabajadores y a los oprimidos, fue el sueño de la posibilidad de cambio, de esa transformación social que no se produjo, pero la imposibilidad material no resta a la intención ni al compromiso de estos cineastas con sus ideas...



1.Fernando Birri. Por un nuevo cine latinoamericano 1956-1991. Cátedra, Madrid, 1996
2.Karl Marx. El Capital.
3.Hugo Chaparro Valderrama: Marta Rodríguez. La Historia a través de una cámara. Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte, Bogotá, 2015

No hay comentarios:

Publicar un comentario