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Casanova (1976)


En manos de Federico Fellini l
as memorias de Giacomo Casanova se convirtieron en el viaje desmitificador, exagerado y fantasioso de un personaje narcisista y solitario por una Europa decadente, teatral y recargada, nacida de la peculiar visión de un cineasta imaginativo y subjetivo como pocos, lo que provoca que muchas de sus producciones resulten excesivas para el espectador que no simpatice con la reconocible narrativa onírica del realizador de Ocho y medio o Amarcord. Al igual que sucede con los decorados, o con el resto de pintorescos personajes que deambulan por el film, son la exageración y la teatralidad los primeros rasgos que se aprecian en Casanova (Donald Sutherland), supuesto conocedor del arte de amar, a quien utilizan y aceptan por su fama de amante, sin valorar el concepto que él tiene de sí mismo, aquél que intenta desarrollar dentro de un entorno que impide su realización personal, pues Giacomo es un poco menos que un objeto. Y la interpretación de Sutherland parece corroborarlo. Es deseo de Fellini que su Casanova (Il Casanova di Federico Fellini) se descubra repleta de individuos grotescos, como el embajador francés que se oculta detrás de un tapiz mientras observa a su amante manteniendo relaciones sexuales con Giacomo, a quien tras el acto evalúa satisfactoriamente como si se tratase de mercancía a probar. Este encuentro acontece durante el periodo de juventud del amante en su Venecia natal, poco antes de que la Inquisición le arreste y encierre en una prisión de donde logra evadirse para exiliarse en diferentes espacios que semejan extraídos de su propia fantasía, pero que no lo liberan. Casanova no solo presume de sus dotes de conquistador y de ser el mejor amante; también lo hace, entre otras cuestiones, de sus conocimientos científicos y filosóficos, que le convierten en alguien diferente dentro de un entorno donde asume representar el pensamiento racional por encima de la fuerza bruta o del sexo al que tanta energía dedica. Pero a nadie parece importar ni sus sentimientos ni sus inquietudes, enfrentadas a la ignorancia y a los gustos que encuentra durante su recorrido vital, y que le convierten en un solitario incomprendido, a pesar de verse rodeado de amantes e individuos a cada cual más extraño. Desde sus palabras y recuerdos, su voz narra encuentros y enamoramientos fugaces por un espacio decadente donde sus decepciones se acumulan a medida que avanza el inevitable transcurrir del tiempo, un devenir que confirma su derrota existencial dentro de un espacio donde ni le comprenden ni comparten su manera de entender la vida. En cierto aspecto, Casanova es como el pájaro mecánico, cumple una función y luego se apaga hasta la siguiente ocasión. Por eso no puede detenerse, porque de hacerlo, ¿quién es? El Casanova de Fellini, es eso, de Fellini, un cineasta de desbordante inventiva que se adentra en la figura del amante y la hace suya: fellinesca, extravagante, imposible, para enfatizar la prisión en la que se encuentra su personaje, aunque haya huido de su cárcel veneciana.

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