jueves, 29 de noviembre de 2012

Un hombre sin pasado (2002)


En Un hombre sin pasado (Mies vailla menneisyyttä) Aki Kaurismäki realizó una lúcida y amena reflexión sobre la crisis económica y la globalización, enfocada desde una perspectiva humanista en la que el drama y el humor habitan en personajes a quienes se descubre desde un realismo utópico que da la espalda al pasado, como también lo hace su protagonista para asumir un nuevo comienzo, aunque este se inicie después de recibir una paliza de muerte en un presente que se descubre desolador. Tras su accidental encuentro con tres energúmenos que lo atacan sin motivo, M (Markku Peltola) muere en su vida anterior para renacer sin identidad, sin posesiones y sin recuerdos de su existencia pretérita. En ese instante despierta en un espacio marginal habitado por desheredados que han sido olvidados por un sistema que prioriza los aspectos materiales y económicos sobre el bienestar individual prometido y no cumplido. El sin nombre parte de cero y cuanto observa implica novedad y descubrimiento, como un niño que contempla por primera vez el mundo que habita y al que se adapta, convirtiéndose en un miembro más de esa gran familia marginal que, a través de su mirada inocente, se descubre tranquila, sin dejarse alterar por los muchos problemas que esconden bajo la impasibilidad, que no oculta ni las emociones ni su afán de mejorar el entorno que han convertido en su hogar, fuera del sistema que les despojó de su identidad. Estos sin techo malviven en el interior de contenedores de mercancías o de basura, se alimentan de la sopa caliente que les ofrece el ejército de salvación y visten ropas donadas por una caridad que resulta insuficiente para calmar sus necesidades físicas y emotivas. Pero, a pesar del triste panorama, M comprueba que dentro de esa marginalidad existe esperanza, nobleza, sinceridad, amor y amistad. Las relaciones humanas que Kaurismäki desarrolló entre perdedores, los muestra despojados de comodidades, pero dotados de la entereza necesaria para no sucumbir a la desesperación de un espacio deprimido que ellos han vuelto más humano que aquel de donde fueron expulsados. Los comportamientos de los protagonistas de esta fábula crítica delatan emociones que no necesitan exteriorizarse más allá de miradas, silencios o de la espontaneidad que define su quehacer y cuanto son y padecen, como se observa a lo largo de los minutos de una película que habla de los sin nombre y de las miserias existentes y, a menudo, olvidadas y generadas por la supuesta sociedad del bienestar.

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