sábado, 19 de noviembre de 2011

El hombre del traje blanco (1951)

En la mítica Ealing Studios se realizaron comedias, dramas, alguna cinta fantástica como la episódica Al morir la noche (Dead of Night; 1945) o películas de propaganda bélica rodadas durante la Segunda Guerra Mundial, pero de su producción sobresalen sus pequeñas y grandes joyas del humor irónico y satírico dirigidas por cineastas como Charles Crichton, Henry CorneliusAlexander Mackendrick. Este último fue contratado por el productor Michael Balcon como guionista años antes de su debut en la dirección con la divertida y por momentos brillante Whisky a go-go, en la que Mankendrick ya apuntaba su sobrada capacidad para satirizar aspectos de la ideosincrasia británica, capacidad que alcanzó su cima en El hombre del traje blanco (The Man in the White Suit). Esta obra maestra de la comedia inglesa aúna ironía y humor, por momentos surrealista, para mostrar cómo los intereses de los empresarios y los de sus asalariados se dan la mano en su intención de impedir que Sidney Stratton (Alec Guinness) lleve a cabo el sueño de su vida, el mismo que puede acabar con la riqueza de los primeros y con el trabajo de los segundos. El iluminado protagonista ha sido despedido de sus seis últimos trabajos, como también lo será del séptimo, cuando descubran su responsabilidad en el desorbitado gasto que nadie logra justificar, salvo por los tubos de ensayo y otros materiales que ningún otro empleado sabe explicar para qué sirven. En la introducción del personaje se comprende que Stratton es un hombre con una idea fija y, por lo tanto, su único objetivo en la vida es llevarla a cabo. Como consecuencia de su fijación, le es indiferente una fábrica que otra, porque él es un genio que estudió en Cambridge y su aspiración supera el entendimiento de los empresarios y de los compañeros laborales. Dicha cuestión se pone de manifiesto en el comportamiento de Michael Corland (Michael Gough), que lo despide sin pensarlo dos veces, sin tener en cuenta que está echando a la calle a un científico brillante. Por suerte para el bueno de Stratton, en la oficina de empleo le informan de una vacante en otra fábrica de tejidos, lo que le viene que ni pintado, aunque se trate de un trabajo de mozo de almacén. A él le da igual un puesto que otro, porque confía en arreglárselas para poner patas arriba el taller textil de Señor Birnsley (Cecil Parker), uno de los empresarios más importantes del sector.
Como no podía ser de otra manera, El hombre del traje blanco ironiza sobre los intereses que mueven el sector industrial, en este caso el textil, intereses que solo contemplan el producir dinero a partir de la fabricación de productos perecederos e imperfectos, cuya fecha de caducidad se encuentre limitada por el uso y por la demanda del mercado que ellos controlan. Contraria a esta visión empresarial se encuentra la de Stratton y, por algún motivo, también la de Birnsley, que asume las palabras de Daphne (Joan Greenwood), su hija y prometida de Michael, como una revolución que le permitiría reventar el mercado. Sin duda, en sí mismo, el invento de Stratton es tan revolucionario que el proletariado, temeroso de que el invento salga adelante, se declara en huelga y en estado de rebeldía. ¿Cuál es ese maldito invento que ha roto la estabilidad en la industria textil de Manchester? Sidney lleva largo tiempo investigando una fórmula que permita obtener un tejido indestructible que repela la mugre y la suciedad, un tejido único que significaría el fin de los tejidos tradicionales y como consecuencia el de la industria textil, pues una vez fabricada y vendida la primera remesa de trajes ¿quién compraría más si no se rompen ni se ensucian? Este circunstancia atemoriza a los obreros, víctimas de la ciencia, que ven sus puestos laborales amenazados por la inminente salida al mercado del sensacional y exclusivo producto de industrias Birnsley, pero ellos no son las únicas víctimas de la buena fe del visionario y del afán de riqueza de su mecenas, pues también lo son las demás empresas textiles, encabezadas por la de Sir John (Ernest Thesiger), un venerable anciano que ante la adversidad y las posibles pérdidas parece revitalizarse, y por la que Michael no duda en sacrificar a su prometida para el bien común. Ellos tratarán de convencer (obligar) a Birnsley y a Sidney para que cese en su empeño, lográndolo con el primero, pero no con el segundo, quien vistiendo su traje blanco de tejido irrompible vive una constante persecución, varios secuestros y varias fugas, a cada cual más divertida y surrealista. Aparte de su enfoque irónico, cabe destacar la labor de Alexander Mackendrick en la dirección de actores, entre los que destaca la presencia de Alec Guinness en el papel protagonista, y en la puesta en escena de un guión en el que él mismo había participado, y que se basó en una obra de teatro de Roger MacDougall, quien también colaboró en la escritura de la adaptación de esta desenfrenada producción de la Ealing, en la que un hombre no pretende detenerse ni por dinero ni por amor ante un sueño que no le permite ver más allá de su alma de científico, la misma que amenaza los bolsillos de los obreros y de los millonarios que controlan la producción, que se muestran generosos ante la idea de obtener cuantiosos beneficios, pero al no obtener los resultados deseados se pasan al secuestro e incluso al empleo de la única arma que puede servirles para detener a Stratton: Daphne.

No hay comentarios:

Publicar un comentario