Ir al contenido principal

Vidas cruzadas (1993)


¿Quién asegura que un encuentro inesperado entre desconocidos no influye en las vidas de ambos y de otros? ¿O simplemente que las existencias de estos y aquellos se encuentran conectadas por hilos invisibles en una cercanía conocida y en la distancia ignorada? Partiendo de varias historias de Raymond Carver, Robert Altman se libera de la sombra del autor literario y lo mira de tú a tú, haciendo suyo lo que puede ayudarle a realizar el cruce vital que se observa en su adaptación cinematográfica. La cual, más que una adaptación, es una creación propia del cineasta de Kansas, que reúne en Vidas cruzadas (Short Cuts, 1993) otro reparto de los que se dice de “lujo” y entrelaza trozos de vida, de existencias comunes y privadas, que se cruzan unas con otras afectando la cotidianidad de cada individuo, sin que ninguno lo perciba o quiera percibirlo. La clase media estadounidense diseccionada por Altman, que venía de radiografiar Hollywood en El juego de Hollywood (The Player, 1992) —y que no tardaría en hacer lo mismo con la apariencia y la moda en Pret-a-Porter (1994)—, queda al desnudo, despojada del “sueño americano” y arrojada a la deriva de la insatisfacción cotidiana, de distancias emocionales en matrimonios rotos y en relaciones familiares que desmienten la existencia de dichas relaciones, al menos en la ausencia de la generosidad que podría hacerlas satisfactorias.

Si bien Altman parte de Carver para exponer sus historias, hay otras influencias o ideas parejas en su visión del espacio humano que muestra en pantalla. En Corre, Conejo, John Updike radiografía esa clase media que no da mayor opción que la de ser rechazada por su protagonista, que abandona familia, hogar, trabajo, que siente como cadenas que inmovilizan o atan corto. Así que rompe con esos tres pilares sociales sobre los que se sostiene cualquier sistema, hasta que se demuestre lo contrario, sea o no de consumo, y se lanza a ciegas en busca opciones que tampoco harán de él alguien feliz. En todo caso, Conejo es al tiempo víctima y victimario de sí mismo y de su relación con el espacio humano al que no desea pertenecer. Es un tipo egoísta que no desentonaría en el film de Altman, salvo que él es consciente de su prisión, mientras que los personajes de Vidas cruzadas, igual de ciegos y sordos a las necesidades ajenas que los personajes de Updike, viven en ella sin prestarle atención, como si ya nada importase fuera de su minúsculo universo de lo cotidiano. Son insensibles al dolor ajeno, y viven el propio negándolo, incluso confundiéndolo o dejándose arrastrar por egoísmos y por su huida de la realidad, encerrándose en sus cada vez más reducidos espacios. Allí, aislados, viven sin vivir o creyendo que viven. No hay posibilidad de final feliz, aparte de que en la vida no haya más final que uno. Lo que hay es el permanecer el mismo sitio para unos, la pérdida para el matrimonio que ha visto morir a su hijo o el cambiar a otra cotidianidad similar; y en casos extremos, optar por el suicidio. Sin olvidar cierto grado de comicidad, pues, de lo contrario, el visionado y la sensación generada por sus imágenes, personajes y situaciones, apuntarían falsedad en aquello que Altman va desvelando (y en cierta medida, caricaturizando) a lo largo de las tres horas de Vidas cruzadas: abusos, incomunicación, sexo, egoísmos, aislamiento, soledades, infidelidades, insatisfacción, imposibilidad, violencia, locura, cansancio ante la rutina que pesa y afecta, al tiempo que genera la duda de si son las propias personas las que pesan y se ahogan en la indiferencia o en la imposibilidad, según quien, sin siquiera plantearse el origen de un “mal” que ya parece endémico…










Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...