miércoles, 23 de enero de 2019

Grease (1978)

El gusto mayoritario confirma o niega el éxito de cualquier película estrenada en cines, pero esto no deja de ser un éxito o un fracaso comercial y no implica que el juicio popular juzgue la calidad intrínseca de un film. En este punto entran otros factores, ajenos al espectador y a las modas que se imponen mediante campañas publicitarias o insistiendo en aquello que en determinado periodo resulta aceptable para la mayoría. De ahí una de las razones para decantarse por la comodidad y no interesarse por las complejidades cinematográficas y creativas que determinan la calidad de una película, pues resulta más sencillo aceptar que mostrarse crítico o que distinguir aquellos factores que a menudo pasan desapercibidos para quienes aplauden y encumbran producciones tan superficiales e insípidas como Grease (1978). Ejemplos de grandes películas incomprendidas y rechazadas en el momento de su estreno hay muchos y, como mínimo, llenarían las páginas de un grueso volumen que ahondase en el asunto. Otro libro, igual de voluminoso, podría escribirse a partir de aquellas producciones que han pasado a formar parte del imaginario popular sin más logro que su comunión con el público, sea por su apariencia externa o por un supuesto sentimentalismo que solo es la capa con la que sus responsables maquillan la nada. Este es el caso de películas como Grease, un éxito de taquilla gracias a la conexión que sus canciones y sus personajes establecieron con la juventud de la época, comunión que, aunque acepte, nunca he compartido. Sus personajes me resultan estereotipos antipáticos, carentes del menor atractivo y de cualquier rasgo que despierte mi interés. Quizá se me escape algo y por eso no vea en ellos a adolescentes, menos aún a rebeldes soñadores conformes a su etapa vital. Son exclusivamente imágenes que, como Danny Zucco (John Travolta) y Sandy (Olivia Newton-John), brillan superficiales como la propia película, y esta relación de igualdad posibilita que ninguno desentone (ni destaque) en esta comedia musical y sin gracia, realizada por Randal Kleiser a partir del musical original de Jim Jacobs y Warren Casey. Bien es cierto que no tendría el menor sentido que las caricaturas de adolescentes que campan, bailan, se besan y cantan a sus anchas a lo largo del film fuesen chicas y chicos problemáticos como el interpretado por James Dean en Rebelde sin causa (Rebel Without Cause; Nicholas Ray, 1955) o el de John Cassavestes en Crimen en las calles (Crime in the Street; Don Siegel, 1956), pero sí habría sido más interesante si les hubieran ofrecido algo más que simple apariencia, quizá algo de fondo o de sustancia como sí la tienen los protagonistas de West Side Story (Robert Wise y Jerome Robbins, 1961), enfrentados por sus orígenes étnicos. De tal manera, ninguno de los muchachos y muchachas que se dejan ver por el instituto Rydell pueden presumir más que de lo puesto, a lo sumo de un peine, de una camisa o de un vestido rosa como el tono de la película, un rosa hortera y empalagoso que anula cualquier intento de conferir personalidad a quien asoma por la pantalla, lo cual elimina de un plumazo cualquier opción de descubrir un mundo interior que haga plausibles comportamientos y sentimientos. Pero nada de esto importa porque, en realidad, en Grease solo interesa eliminar cualquier intención de conflicto (lo hace con el embarazo de Rizzo) y dar valor a la imagen externa, aquella que sin disimulo prioriza las canciones, los bailes o la cursi relación entre la pareja protagonista, un romance que, como mandan los cánones de la reiteración, del kistch y del no digo nada, no presenta mayor novedad que el no haberla. Lo que prima es la presencia física de esos jóvenes que bailan y cantan entre peleas y chistes que busquen ustedes la gracia, pero así es el cine o, mejor dicho, así son las películas carentes de significado y de significante, películas que no molestan, salvo a aquellos que, como uno, esperamos encontrar un algo más que imágenes en las que no vemos nada.

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