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Granujas a todo ritmo (1980)


En un tiempo de adolescencia que parece formar parte de la vida de otro, trasnochaba si mal no recuerdo los viernes noche (o puede que los sábados) para disfrutar de la NBA y de la entretenida y novedosa narración de Ramón Trecet en
Cerca de las estrellas. Entre sus onomatopéyicos "ding-dong" y otras expresiones insuales para las retransmisiones deportivas de la época, me divertía con las asistencias imposibles de "Magic" o descubría que en el desaparecido Chicago Stadium de los Bulls no solo se aplaudía a Jordan y al resto de los jugadores del equipo local, sino también a una pareja que, vestida de traje, corbata y sombrero negro, que completaba su indumentaria con unas gafas de sol que también eran símbolo de su identidad gamberra, realizaban su espectáculo en los tiempos muertos. Todos los presentes en el recinto los reconocían como iconos de la ciudad por la que habían circulado a toda velocidad en un Dodge Monaco modelo del 74 para cumplir <<la misión divina>> de salvar el orfanato donde se habían criado. También yo los reconocí, aunque no condujesen su auto blanco y negro, pero era consciente de que los actores que salían en cada encuentro no eran los mismos que habían inmortalizado a los hermanos Blues en una película que, sin complejos, combinaba comedia, música, acción, destrozos automovilísticos y pequeñas intervenciones de nombres tan conocidos, para quien posea un mínimo de cultura musical, como los de Aretha Franklin, Ray Charles, John Lee Hooker o James Brown. Este grupo de grandes individualidades del soul y el blues se unieron a Dan Aykroyd, John Belushi y su banda para dar forma a uno de los films estadounidenses más gamberros y rítmicos de la década de 1980. Y, si bien es cierto que los pilares visibles de Granujas a todo ritmo (The Blues Brothers, 1980) fueron Aykroyd y Belushi (en las únicas de sus recreaciones para la pantalla que me resultan simpáticas), la presencia de los ya históricos aludidos resultó fundamental para la mitificación de la atractiva y muy entretenida propuesta dirigida por John Landis.


Entretenida, descarada y atractiva, la película equilibra cine y música sin que ninguno de ellos desentone respecto al otro, aunque en un primer momento llame la atención la ausencia de fondo musical; ausencia que se produce durante los primeros minutos de metraje. Son instantes cinematográficos, sin apenas diálogos, solo los justos para comprender que Jake Blues (
Belushi) abandona el correccional donde ha pasado los tres últimos años. En la prisión no le vemos el rostro, siempre está de espaldas, pero sí observamos que le devuelven parte de sí mismo (su traje, su sombrero y sus gafas de sol). La ausencia de música en ese instante resulta un acierto, ya que de haber acompañado a las imágenes posiblemente rompería el efecto que tiene a lo largo del film. Pues, al igual que el humor gamberro, la banda sonora, formada por canciones reconocidas, da sentido a los personajes creados por la pareja en el televisivo Saturday Live Night, programa en el que alcanzaron gran popularidad. La fama de Belushi y Aykroyd les permitió dar el paso al cine en títulos tan irregulares como Desmadre a la americana (National Lampoon's. Animal House; John Landis, 1978) o 1941 (Steven Spielberg, 1979), pero, más allá de que se convirtiese en un fenómeno de masas (fuera y dentro de la ciudad de los Bulls), el más logrado de la trayectoria artística de ambos es Granujas a todo ritmo. Y es el más logrado porque Landis supo combinar con equilibrio la desfachatez de Jake y Elwood, las situaciones cómicas, la música -la que forma parte fundamental de la trama como aquella que suena de fondo- y la acción destructiva que se entremezclan a lo largo del film y de su visible y audible homenaje a grandes del bues y del soul.

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