viernes, 4 de enero de 2019

Tráfico (1971)

No creo exagerar al expresar que el señor Hulot es uno de los grandes personajes cómicos que ha dado el cine, tampoco considero un exceso decir que Jacques Tati, su creador, fue uno de los grandes innovadores de la comedia cinematográfica, al primar e igualar lo visual y lo sonoro, prescindiendo o minimizando los diálogos, en encuadres y planos generales donde cualquier situación caótica puede suceder de forma individualizada o como parte del conjunto humorístico englobado por la secuencia que se esté desarrollando. Esto se observa en el ciclo dedicado al despistado y solícito Hulot, personaje que se despedía de las pantallas en esta comedia que puede no tener la frescura de Las vacaciones del señor Hulot (Les vacances de M. Hulot, 1953), el equilibrio de Mi tío (Mon Oncle, 1958) ni los máximos de comicidad y originalidad alcanzados en algunas secuencias de Playtime (1967), la cual considero su obra maestra. Aun así, Tráfico (Traffic, 1971) no desmerece al conjunto que forma con ellas. Y no desmerece porque es Jacques Tati en estado puro, tanto detrás como delante de la cámara, vestido con su gabardina, sus pantalones por encima de los tobillos, su sombrero y su paraguas, reacio a expresarse con palabras, al menos con palabras inteligibles, y generoso en su entrega por un espacio caótico donde el tráfico y los automóviles se convierten en elementos fundamentales del enredo propuesto por el cineasta francés. Aunque ya habían cobrado protagonismo en varios momentos de Mi tío o en el carrusel final de Playtime, los vehículos se convierten en Tráfico en el eje cómico-crítico que posibilita a Tati dar rienda suelta a su peculiar e inimitable humor audiovisual: en los contratiempos que van surgiendo, en los accidentes y retenciones en la carretera, en la humanidad y la comicidad de los personajes y entre las relaciones que estos mantienen a lo largo de los ingeniosos gags que se suceden durante el trayecto París Amsterdam. En esta última ciudad se celebra el salón del automóvil al que Hulot y sus compañeros de viaje pretenden llegar para exponer la completa autocaravana diseñada por aquel en una fábrica donde ya observamos parte del caos que acompañará a los protagonistas a lo largo de su viaje. La primera imagen de la película muestra una producción en cadena de automóviles, a la que sucede la breve secuencia de los preparativos del salón de exposiciones al que Hulot es enviado para mostrar al público su revolucionario diseño. Pero, en su última aventura cinematográfica, Hulot irá acompañado de Marcel, el conductor del camión que transporta el invento, y custodiado por Marie, la eficiente, moderna y elegante relaciones públicas de la empresa, siempre dispuesta a resolver cualquier percance que se les presente. Los tres (y el perro Piton) transitan a ritmo accidental por las autovías donde se suceden pinchazos, la falta de gasolina, la persecución policial que concluye con la detención y retención del trío en la aduana holandesa donde presenciamos mayor desorden y descubrimos la novedosa autocaravana que sirve de excusa para exponer parte del progreso satirizado por Tati, no como parte de una crítica destructiva contra la tecnología, sino como advertencia cómica contra su mal uso, abuso del cual Hulot siempre parece librarse debido a su interpretación del medio que transita. Esta manera de entender el espacio no altera la percepción del protagonista, ni siquiera durante el accidente que, provocado por la velocidad de Marie, retrasa más si cabe su llegada al palacio de exposiciones donde los automóviles y el público va reduciendo el puesto destinado para la marca representa por el trío protagonista. Tráfico incide en aspectos ya expuestos con anterioridad en la obra fílmica de Tati, pero implica la novedad de que Hulot encuentra en la relaciones públicas una compañera con quien simpatiza y, en ocasiones, le iguala en su papel de agente perturbador del orden, una compañía que también le ayuda a solventar los diferentes enredos que asoman por el asfalto dominado por la tecnología, el sonido de las radios, las gasolineras, las discusiones y las paradas que los conductores aprovechan para bostezar o hurgarse la nariz, a la espera de reanudar la marcha hacia otra posible retención y así hasta alcanzar un destino que les distancia de las aventuras y del acercamiento a los que tienen acceso Hulot y compañía.

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