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El último millonario (1934)


Como cualquier sátira cinematográfica que se precie, la de René Clair ofrece diversión y ciertas dosis de rebeldía, además, ironiza sobre circunstancias concretas de su época, las cuales podrían extrapolarse a otros periodos temporales. Sus burlas a las costumbres sociales —Un sombrero de paja de Italia (Un chapeau de paille d'Italie, 1928)—, a la pérdida de la libertad individual —¡Viva la libertad! (A nous la liberté!, 1931)— o colectiva —El último millonario (Le Dernier Milliardaire, 1933)—, a la especulación urbanística —Todo el dinero del mundo (Tout l'or du monde, 1961)— o a la búsqueda exclusiva de dinero como motor existencial forman parte de la lucidez cómica de un cineasta que fue encumbrado por la crítica, por el público y por sus colegas de profesión durante el último tramo del cine silente y los primeros pasos del sonoro. Clair alcanzó dicho prestigio (local e internacional) gracias a Un sobrero de paja de Italia, a Bajo los techos de París (Sous les toits de Paris, 1930) y a comedias satíricas que escapan de la realidad para adentrarse en fantasías que, para contrariar, apuntan realidades concretas.


En 
El último millonario se exponen desde el absurdo que reina en un espacio irreal marcado por la crisis económica y por el desorden que establecen no pocos paralelismos con los sufridos tras la caída bursátil de 1929. Desde su apariencia de farsa, la crisis económica y el auge de los totalitarismos están presentes en esta producción que significó un sonado fracaso para Clair, aunque ni su mala acogida ni sus altibajos empañan los aciertos de su caricatura de la conexión existente entre ahogamiento económica y auge de extremismos, una caricatura que esconde la lógica dentro de la caótica situación que se respira en Casinario, el país imaginario cuyo territorio se reduce a una única ciudad donde el bienestar ha dado paso al malestar generalizado. Esta nación ficticia y desquiciada, como también desquiciadas y ficticias son la Freedonia de Sopa de ganso (Duck Soup; Leo McCarey, 1933) y la Klopstokia de A todo gas (Million Dollar Legs; Edward F. Cline, 1932), se presenta ante nosotros como el paraíso de bienestar donde todos, incluido su único mendigo, tienen una vida plena y los bolsillos llenos. Según las imágenes que se insertan al inicio de El último millonario, los ingresos son constantes gracias al casino y a la afluencia masiva de turistas, lo cual posibilita que sea un país saneado y, por ello, su reina (Marthe Mellot) pretende un mayor crecimiento. Esta introducción documental es un engaño que Clair emplea para introducir su espacio ficticio en la realidad del espectador real, pero también en la del señor Banco (Max Derley), que observa la película documental al tiempo que lo hacemos nosotros. Él es el último magnate, el más rico del mundo, y el único hijo de Casinario que podría prestar a las arcas de su país natal los trescientos millones que la monarca necesita para llevar a cabo el desarrollo urbanístico con el que pretende modernizar su reino. Esa proyección que descubrimos como tal después de su exhibición en la sala, se contrapone a la verdadera situación del país, donde ni hay dinero ni trabajo, los trabajadores llevan meses sin cobrar, y donde el pueblo se encuentra al borde de la revuelta. Todo esto que Clair nos muestra desde la comedia alocada tiene su conexión con la realidad y como tal, el pueblo exige soluciones y la reina solo ve una única viable: ese magnate a quien le ofrecen la mano de la princesa Isabelle (Renée Saint-Cyr) a cambio de ayuda económica. Mientras la nieta de la reina asume a regañadientes su enlace, más bien se niega porque está enamorada del director (José Nogueiro) de la orquesta que no sabe tocar más que el himno nacional, el millonario acepta la oferta y regresa a su país, pero pone como condición asumir el control absoluto de la nación, una condición que la población vitorea entre aplausos y el deseo de dejar de comerciar con gallinas, huevos, zapatos o cualquier objeto que emplean para el trueque que se ha impuesto como sistema económico. Sin embargo la nueva forma de gobierno no tarda en trasformarse en la irracionalidad que no contempla más circunstancias ni leyes que aquellas asumidas por quien las dicta, un dictador que pierde el norte, prohíbe las sillas y sillones, ordena a los habitantes con barba que usen pantalones cortos varios días a la semana, entre otras leyes que establece tras el golpe en la cabeza que sufre tras el patoso ataque de sus ministros.

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