miércoles, 17 de octubre de 2012

La princesa prometida (1987)


La imagen de un videojuego de baseball ocupa la pantalla antes de dar paso a la habitación donde un niño (Fred Savage) se encuentra enfermo, pero no lo suficiente como para no poder entretenerse jugando con su consola, hasta que su madre (Betsy Brantley) le interrumpe para comunicarle que su abuelo (Peter Falk) ha venido a verle. En los años ochenta las consolas de videjuegos, los ordenadores personales o los juegos electrónicos de bolsillo empezaban a ocupar un espacio cada vez mayor dentro del mundo infantil y juvenil (en Juegos de guerra (1983) el adolescente protagonista es un hacker que la lía por su necesidad de ser el primero en jugar a un videojuego), en muchos casos se ganarían por entero la atención de los más pequeños en detrimento de los tradicionales entretenimientos (como el libro que le entrega el abuelo). Se podría decir que en esa habitación, donde se reúnen nieto y abuelo, se produce un enfrentamiento entre tradición lúdica y nuevas tecnologías como medio de entretenimiento, un choque que se salda a favor de la primera a raíz de la lectura de un libro que inicialmente provoca la reticencia del pequeño ante esa historia que exige complicidad y fantasía. La princesa prometida (The Princess Bride) se divide en dos tiempos: uno real y otro imaginario, en este último se descubre a dos jóvenes que no tardan en expresar un amor que da pie al adiós que les separa, cuando Westley (Cary Elwes) decide partir en busca de la fortuna que les permita contraer matrimonio. Este inicio no es del gusto del pequeño, que interrumpe la lectura porque desea acción, deportes u otra cuestión que le permita disfrutar de emociones instantáneas, ajenas a esa historia de enamorados que no le estimula. A medida que avanza el relato volverá a interrumpir, sin embargo, se descubre en esos cortes posteriores que el rechazo ha desaparecido, porque se ha involucrado en una aventura que le fascina. En el reino imaginario de Florin han pasado cinco años (sólo unas cuantas líneas en la realidad) desde que el barco en el que navegaba Westley (Cary Elwes) partió y fue abordado por el pirata Roberts, famoso y temible proscrito que no hace rehenes, costumbre de la que Buttercup (Robin Wright) tiene conocimiento. La joven se convence de que su amor verdadero ha muerto y se hunde en la desesperación y la melancolía; su presente carece de importancia, como tampoco la tiene su boda con el príncipe Humperdinck (Chris Sarandon), quien la ha escogido por su belleza o puede que para poner en práctica un siniestro plan que le permita atacar al país vecino. Para Buttercup nada importa porque su corazón murió con la desaparición de aquel muchacho que siempre le decía: <<como deseéis>>, palabras que volverá a escuchar de nuevo. Mezclando comedia, ingenuidad, aventura y fantasía, Rob Reiner filmó un cuento de hadas (sin hadas) basado en el guión y en la novela de William Goldman, que desde la sencillez y la imaginación logra conectar con el público del mismo modo que la lectura del libro lo hace con el pequeño convaleciente, que sufre las desgracias de la pareja o se divierte con las aventuras de la princesa y del hombre de negro, que resulta ser el propio Westley convertido en el temible pirata Roberts, capaz de derrotar al acero de Íñigo Montoya (Mandy Patinkin), a la fuerza de Fezzik (Andre the Giant) o a la inteligencia de Vizzini (Wallace Shawn). Pero ¿podrá con la maldad de Humperdinck o con la del conde Rugen (Chritopher Guest), su lacayo de seis dedos? Para el pequeño protagonista de la parte real, inmerso en la fantasía, no existe la menor duda, ya que en un cuento de hadas los finales siempre son felices.

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