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Días de vino y rosas (1962)


Los días felices se suceden sin que ninguno sea consciente de que han dejado de serlo. La felicidad del matrimonio queda atrás, igual que el accidental primer encuentro en la fiesta en la que Joe (Jack Lemmon), encargado de que sus clientes disfrutasen en aquellas orgías de alcohol y sexo, confundiese a Kirsten (Lee Remick) con una chica de alterne. Hacer de alcahuete, y no de relaciones públicas, le mermaba la moral y el aguante que, finalmente, desaparecieron entre copa y copa. Los días de vino y rosas son efímeros, y sin más, la pareja despierta a la realidad que no quieren reconocer y aceptar. La constante de Joe por beber acaba por afectar a Kirsten, quien nunca antes había bebido —<<no le veo mucho sentido. No me gusta su sabor>>, le dice durante la primera cita—, pero quien finalmente decide acompañar a su marido en esas noches de alcohol que les aparta y les aleja de sí mismos. Días de vino y rosas (Days of Wine and Roses, 1962) se inicia de manera suave, incluso con algún toque cómico que apunta a esa felicidad del primer momento, cuando la embriaguez parece provocar un estado de breve euforia, antes de que esta desaparezca y deje su lugar a la dependencia y a la resaca que siempre regresa. Ninguno de ellos reconoce su adicción, ni admiten que el alcohol se ha convertido en su único y traicionero amor. Sus cuerpos y sus rostros sufren los cambios del abuso, su vida se marchita, afectando a la existencia de la pequeña Debbie. La niña no alcanza a comprender qué le ocurre a sus padres, como tampoco ellos lo saben o no quieren saberlo. Tras años de ebriedad, por un instante, Joe se detiene y observa la imagen que se refleja en un escaparate. Se pregunta si el extraño que tiene enfrente es él y cómo ha llegado a convertirse en esa ruina humana. En ese instante, Joe comprende hasta que punto ha tirado su vida por la borda. Lo sabe, sabe que deben alejarse del alcohol: ni una sola gota. Kirsten también lo sabe, pero ninguno posee el convencimiento necesario para llegar hasta el final y asumir que necesitan ayuda.


Cuando el padre de Kirsten (
Charles Bickford) les acepta en su casa parece posible recuperar el color de rosas que promete un nuevo periodo de felicidad y..., una vez más se dejan engañar por la falsa alegría que les proporciona el alcohol, un alegría que concluye con la búsqueda desesperada de otra botella, escondida en un invernadero en el que Joe toca fondo. La experiencia sufrida por Joe en el hospital psiquiátrico donde es ingresado le sirve para reconocer que es un adicto que necesita ayuda, por eso acepta la que le ofrece Jim Hungerford (Jack Klugman), un alcohólico que lleva catorce años sin beber, un claro ejemplo de que la enfermedad tiene cura, pero una cura que debe realizarse a diario, manteniéndose en guardia contra las tentaciones y la desesperación que provocan los sentimientos enfrentados. Tras tantos años de borracheras y resacas la vida parece volver a sonreír al matrimonio, pero existe una amenaza que Joe pasa por alto: la negativa de Kirsten a acompañarle a las reuniones de alcohólicos anónimos, porque ella se escuda en su afirmación de poder vencer a la tentación con fuerza de voluntad. La recaída de Kirsten no tarda en arrastrar a Joe, quien cede por amor ante esa esposa que le acusa de abandonarla por la leche y el café; la soledad de ambos es desgarradora en esa oscura habitación de motel donde sus caminos y el de la botella se unen una vez más, y puede que les separe para siempre. La resolución final podría dar pie a dos posibles opciones: para los más optimistas, Kirsten conseguirá superar su adicción, ya que pasa por debajo del neón de un bar y le da la espalda al cruzar la calle, y para los pesimistas queda la imagen de Joe observando por la ventana, mientras ese mismo neón le alumbra de manera intermitente, como si estuviese tentándolo a participar en un juego de azar, que significaría su posible recaída. Esta decisión de Blake Edwards de concluir el film con un final abierto, que se corresponde con la realidad traicionera del alcohol, redondea Días de vino y rosas (Days of Wine and Roses, 1962) y aumenta la sensación de estar ante una de las películas que mejor aborda el tema del alcoholismo, exponiendo tres fases que se suceden de modo consecutivo: la alegría del primer momento, cuando ni se es ni se piensa en serlo; la necesidad que domina en el segundo momento, cuando se es, pero no se quiere aceptar; y un tercer instante, cuando a la desesperación de saber que se es, se une el valor para admitir que se es y el drama de no sentir las fuerzas necesarias para dejar de serlo.

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