Los días felices se suceden sin que ninguno sea consciente de que han dejado de serlo. La felicidad del matrimonio queda atrás, igual que el accidental primer encuentro en la fiesta en la que Joe (Jack Lemmon), encargado de que sus clientes disfrutasen en aquellas orgías de alcohol y sexo, confundiese a Kirsten (Lee Remick) con una chica de alterne. Hacer de alcahuete, y no de relaciones públicas, le mermaba la moral y el aguante que, finalmente, desaparecieron entre copa y copa. Los días de vino y rosas son efímeros, y sin más, la pareja despierta a la realidad que no quieren reconocer y aceptar. La constante de Joe por beber acaba por afectar a Kirsten, quien nunca antes había bebido —<<no le veo mucho sentido. No me gusta su sabor>>, le dice durante la primera cita—, pero quien finalmente decide acompañar a su marido en esas noches de alcohol que les aparta y les aleja de sí mismos. Días de vino y rosas (Days of Wine and Roses, 1962) se inicia de manera suave, incluso con algún toque cómico que apunta a esa felicidad del primer momento, cuando la embriaguez parece provocar un estado de breve euforia, antes de que esta desaparezca y deje su lugar a la dependencia y a la resaca que siempre regresa. Ninguno de ellos reconoce su adicción, ni admiten que el alcohol se ha convertido en su único y traicionero amor. Sus cuerpos y sus rostros sufren los cambios del abuso, su vida se marchita, afectando a la existencia de la pequeña Debbie. La niña no alcanza a comprender qué le ocurre a sus padres, como tampoco ellos lo saben o no quieren saberlo. Tras años de ebriedad, por un instante, Joe se detiene y observa la imagen que se refleja en un escaparate. Se pregunta si el extraño que tiene enfrente es él y cómo ha llegado a convertirse en esa ruina humana. En ese instante, Joe comprende hasta que punto ha tirado su vida por la borda. Lo sabe, sabe que deben alejarse del alcohol: ni una sola gota. Kirsten también lo sabe, pero ninguno posee el convencimiento necesario para llegar hasta el final y asumir que necesitan ayuda.
Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

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