domingo, 13 de noviembre de 2011

Forrest Gump (1994)

Enseñar a bailar a Elvis Presley, ser recibido por tres presidentes o compartir una entrevista televisiva con John Lennon, serían situaciones al alcance de muy pocos, como también lo estarían el ser condecorado con la medalla de honor por méritos durante la guerra de Vietnam y seleccionado para formar parte de los equipos nacionales de football y de ping-pong, o amasar una fortuna con la pesca de gambas, las cuales, por cierto, se pueden preparar de mil maneras distintas. Si a lo anterior se le añade que corre sin plantearse el por qué de su trote, aunque tres años es tiempo suficiente para darse cuenta de que corre porque se encuentra desorientado y herido, solo cabe la posibilidad de que este individuo responda al nombre de Forrest, Forrest Gump (Tom Hanks), a quien al inicio de la película de Robert Zemeckis se descubre sentado en una parada de autobús mientras recuerda su vida y como esta ha girado en torno a Jenny (Robin Wright), la mujer a quien amó, ama y amará. Para el joven Forrest andar resulta casi imposible debido a su columna vertebral, la cual, según el especialista, tiene más curvas que una montaña rusa, pero, gracias a sus zapatos ortopédicos, la promesa de que podrá enderezarla se vuelve real. No obstante, lo más importante para él se encuentra dentro del autobús escolar donde niños y niñas, salvo una, lo rechazan. <<Me llamo Jenny>>, se graba en su mente al tiempo que lo hace la imagen de una niña que nunca apartará de sus pensamientos. Forrest y Jenny crecen, aunque de manera distinta, el primero protegido por el amor materno y, en cuento puede, por su facilidad para correr sin descanso. Por contra, ella sufre los abusos paternos que marcan su comportamiento durante su adolescencia y juventud, regidas por el miedo y la falta de amor propio que la alejan tanto de Forrest como de sí misma. En el personaje de Robin Wright prevalece el rechazo y la inadaptación que no se observan en su amigo, capaz de adaptarse y de acatar cuanto se le dice sin plantearse el por qué, de modo que no cuestionar las órdenes y su ausencia de visión crítica posibilitan su triunfo social. Forrest Gump abarca tres décadas de la segunda mitad del siglo XX, presentando la historia de los Estados Unidos desde la inocencia de ese testigo presencial, e incluso motor de la misma, que no sabe cómo definir los hechos que se suceden ante él. Su capacidad de reflexión no le permite analizar cuanto observa, lo que implica su aparente falta de pensamiento crítico y la posibilidad de alcanzar el éxito dentro de un entorno que fomenta eso mismo, ya que dicha ausencia le lleva a aceptar la realidad sin más cuestiones que sus sentimientos hacia Jenny y hacia aquellos que forman parte de su vida. Como consecuencia de su deambular sin más objetivo que acatar cuanto se le dice alcanza notoriedad, como también lo consigue el personaje de Peter Sellers en Bienvenido Mr.Chance (Being There; Hal Ashby, 1979), y riqueza, aunque ni le importan ni la necesita, porque su mente se nutre de los pequeños detalles que ha ido acumulando dentro de su maleta y de su memoria. Forrest corre, y corre mucho, tanto que logra ir a la universidad, donde se convierte en una estrella porque hace lo que le dicen. Así logra un título académico fruto de su talento para acatar mandatos y de su limitada capacidad intelectual. Pero, tras los estudios, llega el momento de preguntarse ¿y ahora qué? Para Forrest no hay opción, tampoco para otros miles como él, así que se alista en el ejército y es enviado a un lejano país donde continuará corriendo, no por los diferentes tipos de lluvia que le salen al paso, sino porque sigue el consejo que Jenny le dio la última vez que se vieron. La única idea del soldado continúa siendo la felicidad de su chica, un pensamiento que no le abandona en las selvas vietnamitas donde comparte amistad con Buba (Mykelti Williamson), su muy mejor amigo, con quien no mantiene más conversación que la relacionada con las gambas, y aquella silenciosa en la que se reconoce una amistad que no se basa en palabras sino en compartir el día a día en esa selva donde Forrest se convierte en un héroe y el teniente Dan (Gary Sinise) en el espectro de quien deseaba ser. Este hombre lo maldice por haber evitado su destino, que no era otro que morir allí al lado de su unidad. Pero Dan y Forrest se reencuentran, igual que el segundo volverá a coincidir con Jenny, porque el destino puede existir o no, y ser como esa pluma que se traslada según sople el viento, pero siempre por un intervalo fugaz, que para él resulta maravilloso y para ella un remanso de paz en una vida azarosa y sin sentido. Zemeckis aprovechó a este inolvidable personaje para hacer un recorrido de más de tres décadas, en los que se produjeron circunstancias clave que Forrest presencia desde su aparente inconsciencia. Así pues, se presenta a un hombre que nada sabe de asuntos raciales, ni de política ni de guerra, un hombre que sigue las enseñanzas de su madre (Sally Field), que siempre le explicaba las cosas de manera que él pudiese entenderlas, un hombre que, gracias a su inocente ignorancia, a su sumisión y a su manera de comprender la vida, llega más allá que cualquier otro contemporáneo, porque ese hombre, que solo necesita la presencia de aquella que desaparece cada vez que la encuentra, nunca pierde la esperanza de volver a encontrarla.

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