Ir al contenido principal

Blancanieves (2011)

Inspirado por el popular cuento de los hermanos Grimm, Jacob y Wilhelm, el bilbaíno Pablo Berger abre el telón de su segundo largometraje a una fantasía cuya trama ya se sabe vista y oída, aunque, en este caso, no se escuchará al carecer de voces y diálogos. La apertura de su cuento recuerda al Woody Allen de Manhattan (1979), pero sustituyendo los planos neoyorquinos por imágenes de Sevilla y prescindiendo de la voz de un narrador, pues, como no tarda en comprenderse, Blancanieves (2011) es una comedia negra y muda, que no silente, con su partitura sonora incorporada, que expresa su contenido mediante sus formas visuales. Pero, si la tiene, ¿cuál es la gracia del asunto? ¿Expresarse mediante imágenes, sin el apoyo o la tiranía del diálogo, emulando el tipo de cine desarrollado y dominado por Murnau, Stroheim, Chaplin, Sjöström y otros grandes como Keaton y Browning o el más cercano (en kilómetros) Florián Rey? La expresión visual había alcanzado perfección en la década de 1920, pero el sonido llegó para imponerse y transformar el lenguaje visual en audiovisual. No obstante, hubo quien como Kaneto Shindo devolvió a sus personajes al silencio. Lo hizo en la magistral La isla desnuda (Hadaka no Shima, 1960), en la que sus imágenes comunican sin necesidad de expresar con palabras ni rótulos explicativos. Más cercana en el tiempo, The Artist (Michel Hazanavicius, 2011) resultó un éxito y tal aceptación popular venía a demostrar que el riesgo (cara la taquilla) de realizar una producción muda era menor del supuesto. Berger lo reafirmó con su cuento, que obtuvo el aplauso del público, en buena medida gracias a la “malvada” presencia de Maribel Verdú y esa intención de hacer un cine moderno a partir de una mirada al cine del pasado.


Al igual que Hazanavicious en The Artist, Berger optó en Blancanieves por el uso de la fotografía en blanco y negro, monocromatismo que, aunque minoritario desde la década de 1960, nunca ha desaparecido del cine, y por la ausencia de diálogos. La excepcionalidad del asunto: el usar la palabra hablada, no lo fue tanto, ni fue lanzarse al vacío y esperar el golpe, aunque Blancanieves sí supuso un impacto para el cine español. Y no lo fue porque el film no precisa más que de la imagen para su comprensión y, según quien, para su disfrute. Berger, cuya experiencia en el largometraje ser reducirá a Torremolinos 73 (2003), sorprendió en su regreso a la dirección. De eso no cabe duda, lo confirman las formas de su fantasía, pero su conjunto me suena a cartón piedra; es decir, que su consistencia pende de un hilo y ese hilo es la presencia de Maribel Verdú ejerciendo de malvada de cuento. Ella y Sofía Oria, la niña que da vida a Carmencita, son lo más natural de un film que fuerza su representación, la cual Berger pretende cinematográfica “pura” en un espacio de tauromaquia y flamenco, de toreros, folclóricas y Mefistófeles de ruedo ibérico, de circo y de situaciones que rellenan una propuesta que, personalmente, me deja medio vacío o con una sensación que podría conllevar la disyuntiva “llenar o no llenar”, pero esa sería una cuestión que no me preocupa resolver… En todo caso, no considero que Blancanieves impacte o aporte novedad por escoger ser silente para comunicarse y elija la fotografía en blanco y negro para dar color al asunto que plantea. Eso ya lo han hecho otros antes y tampoco considero que transformar un cuento infantil en uno para adultos sea el no va más imaginativo. Pero allí donde no veo innovación ni originalidad, sí pienso que existe valentía y decisión para llevar a cabo la elección. Otra historia es si su fabulación resulta atractiva o si lo resulta su apuesta de dar rienda suelta a la presencia desvergonzada de una villana que, como buena villana, se transforma en lo mejor de esta función con referentes cinematográficos y con el protagonismo de una Blancanieves taurina que transita por un país de sombras, de polos opuestos que, cual indica su fotografía en blanco y negro, representan a la heroína y a su antagonista, pero ¿quién es una y quién la otra? Y aquí, no tengo la menor duda o, acaso, ¿una madrastra de cuento no tiene derecho a ser feliz?



Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...