Ir al contenido principal

Cuenta conmigo (1986)


En 1986, muchos niños de doce años del vecindario y del colegio queríamos ser goonies, pero la fortuna nos deparó formar parte de otra aventura: la realidad y, en ella, sentir la libertad infantil que implica ese instante humano en el que el tiempo se reduce a la hora de llegar a casa o de meterse en cama, de levantarse para ir a la escuela y salir de ella, sobre todo salir de ella y aprovechar el momento para jugar, incluso a juegos ahora “prohibidos” por su “extrema peligrosidad” —el número de bajas lo idearon después, quizá fruto del proteccionismo y de la corrección asumida hoy por los niños de entonces. A los doce, la vida era el momento eterno, la muerte todavía una idea sin determinar, aunque, para una minoría, ya concretada o apunto de concretarse en seres queridos, y el mañana lo era sin el artículo. Sencillamente, mañana era un nuevo día, el siguiente al anterior, una jornada en la que, aun siendo similar a la previa, todo nos parecía distinto, lleno de promesas, bromas, enfados, reconciliaciones, risas, lágrimas, posibilidades, riñas caseras y “luchas” callejeras, en el patio del colegio o a la salida, como sucedía cuando los alumnos mayores —en ocasiones también algún profesor—, más rápidos y fuertes que los pequeños, se deshacían de estos a empujones y se apoderaban de los álbumes y de los cromos que, desde una furgoneta o coche, repartidores sin rostro tiraban a pocos metros del centro, donde se iniciaba la batalla, para unos, y el deseo de ser los mayores del patio, para otros.


Con doce años, vivía en la ignorancia de cuanto no fuese disfrutar del entorno que asumía tan o más enorme que el presumido por los adultos del ayer, del hoy y del mañana que, para alguien de doce, tenía como máximo alcance el horizonte de la mayoría de edad que prometía liberarnos de las quejas, las prohibiciones y las censuras adultas. Como niños que éramos, estábamos seguros de que nunca nos convertiremos en mayores como los nuestros, pues de mayores seríamos proscritos como el Zorro o arqueólogos a lo Indiana Jones. Tampoco entraba en nuestros planes, ni en nuestras cabezas, que la ilusoria mayoría de edad incumpliría su promesa liberadora. Como niños de doce años, de más y de menos edad también, dimos rienda suelta a una fantasía solo posible en la niñez. Era una realidad de amistades imperecederas, de salir a jugar a la calle, de pelearnos física y verbalmente sin intervenciones adultas y de correr aventuras tan sencillas como quijotescas, a menudo con magulladuras como premio —todavía recuerdo el buzón de correos donde fui a estrellar mi velocidad, mi bicicleta y mi cuerpo. No había tesoros escondidos, aunque algunos los buscasen, ni criminales a los que vencer salvo en juegos de calle o en la fantasiosa y concurrida soledad de la imaginación. Las aventuras de mi niñez fueron miles, muchas las he olvidado, otras perviven alteradas en mi memoria, pero seguro se acercaban más a la de
Cuenta conmigo (Stand By MeRob Reiner, 1986) que a la de Los Goonies (The Goonies, Richard Donner, 1985), pues esta era más fantasiosa, hollywoodiense e infantil que la propuesta de Reiner, que se desarrolla en dos días que amplían el mundo de los cuatro niños protagonistas; dos días que, aunque entonces lo desconocían, suponen el paso de la niñez al siguiente nivel existencial, dos días de enfrentarse a temores y a miedos, dos días de una amistad que nunca más volvería a ser tan fuerte e intensa como en ese instante en el que recorren a pie el camino que les separa de su objetivo: encontrar el cadáver de un niño desaparecido.


En Cuenta conmigo, Reiner adaptaba un relato de Stephen King —volvería a hacerlo en Misery (1990)— y conseguía una película adulta sobre la infancia en su paso hacia la madurez, pero, más que nada, lograba una nostálgica evocación adulta de un momento pasado, entre añorado e idealizado. Además, el film fue el inicio de una serie de exitosas películas que lo convirtieron en uno de los cineastas más relevantes del Hollywood de finales del siglo XX. Pero volviendo al tema, Cuenta conmigo es la aventura de vivir el camino de la infancia en su último tramo, cuando la amistad minimiza el dolor y se cree eterna, un instante en el que también se produce el salto de la educación primaria a la secundaria, con lo que esto implica —la sombra de la ruptura del grupo que hasta entonces ha permanecido unido. Reiner filma un film de memoria y de nostalgia y mira la niñez y la amistad de cuatro niños como la aventura de crecer, pues, sin ser conscientes, viven sus últimos instantes de infancia mientras caminan hacia la adolescencia y la madurez. Desde esta perspectiva, Cuenta conmigo es un canto a ese instante desaparecido en el presente, pero eterno mientras haya alguien que lo recuerde, y ese alguien es el escritor (Richard Dreyfuss) que regresa a su pequeño pueblo natal —el universo sin límites en la infancia— para acudir al entierro de uno de aquellos amigos, Chris Chambers (River Phoenix), el más importante para él, con los que recorrió la vía del tren en busca del cadáver que les concretó la idea de la muerte que obsesiona a Gordie (Wil Wheaton), el narrador, cuya determinación a encontrar el cuerpo sin vida del niño desaparecido implica enfrentarse a la muerte de su hermano mayor —interpretado por John Cusack, quien había sido el protagonista de Juegos de amor en la universidad (The Sure Thing, 1985), el anterior largometraje de Reiner— y aceptar la presencia de la muerte en la vida y en su pensamiento.



Comentarios

  1. Hola, Antonio:

    En el 86 yo tenía once años, así que suscribo plenamente tu evocación de la niñez y de la película. Como dijo el poeta Rilke: «La verdadera patria del hombre es la infancia».

    Saludos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola, Juan

      Sospechaba que pertenecíamos a la misma generación. Quizá fue la última que jugó su infancia en la calle, sin miedo a lastimarse, y en casa sin ordenadores, aunque, si no recuerdo mal, algún compañero de colegio se adelantaba al resto y “tocaba” el futuro con su Spectrum de 128K.

      Saludos.

      Eliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...