La película que encaminó a Tom Cruise hacia el estrellato fue Risky Business (Paul Brickman, 1983), pero Top Gun (1986) fue la que lo convirtió en una de las estrellas de moda de Hollywood. También fue la que lanzó al estrellato a Kelly McGillis, quien un año antes había destacado en Unico testigo (Witness, Peter Weir, 1985), y la que aumentó las ventas de imitaciones de la cazadora que luce el piloto protagonista, el uso de gafas de sol tipo “maverick”, la caída en las ventas de cascos de moto, la afición al vóley-playa en los arenales costeros y el incremento de solicitudes de alistamiento en la Fuerza Aérea Estadounidense, aunque esto último ya lo habrían logrado Oficial y caballero (An Officer and a Gentleman, Taylor Hackford, 1981) y Águila de acero (Iron Eagle, Sidney J. Furie, 1985). Por algún motivo, no me dejaron alistarme. Excusas: que si no era de allí, que si iba a sentir morriña de mi tierra, que si no tenía edad. Así que me despedí, con una lágrima en los ojos y un solitario “ok” en los labios, y fui a solicitar mi ingreso a los marines, pero esa es otra historia que tiene de protagonista a un sargento que no se cansaba de gritarnos y de repetir que había bebido más cerveza y hecho no sé cuantas cosas más que toda la compañía junta. Allí lo dejé y supongo que aún sigue aumentando litros y pateando traseros.
Cuando escucho que “una película gana o pierde con el tiempo”, no puedo evitar pensar que ni ganan ni pierden, que son nuestras miradas las que se transforman con los años provocando que, para bien y para mal, veamos con ojos distintos. Es decir, si no se estancan, maduran y evoluciona en un aprendizaje que nunca concluye y que puede provocar que la película que ayer nos pareció genial, hoy pueda parecernos corriente (y a la inversa). Por otra parte, Top Gun, que disfruté en su estreno cinematográfico en una sala ya inexistente de mi localidad, solo es una más de las que vista con mirada adulta (y respecto al cine nada nostálgica) me resulta distinta a cómo la descubrí con ojos de niño. En aquel momento infantil de luces apagadas, gallinero y pantalla gigante, me impresionaron los cazas y sus vuelos rasantes, las gafas de sol, la motocicleta y la chica, incluso el saludo playero de Goose (Anthony Edwards) y Maverick (Tom Cruise). Pero los años juegan en contra de aquel espectador infantil y me hacen ver que todo aquello que gustó al niño resulte mezcla de sueño y tedio para el adulto que mira hoy una película que se inicia cual video-clip, en la cubierta de un portaaviones estadounidense en aguas del Océano Índico.





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