lunes, 2 de enero de 2012

El joven Törless (1966)

El internado le permite descubrir las costumbres de sus compañeros, además es un lugar para la socialización y para el aprendizaje, sin embargo ¿para qué aprender conceptos extraños e irreales que de nada le sirven? Törless (Mathieu Carriére) prefiere dejarse llevar por sus amigos que por los conceptos y explicaciones, descubriendo inquietudes y aspectos que preocupan más a un adolescente que los conocimientos académicos. Pero lo que parecía una estancia dentro de un entorno tranquilo, se convierte en un sin sentido de violencia y brutalidad. ¿Qué siente la víctima? ¿Por qué se somete sin oponer resistencia? se pregunta el joven Törless mientras observa, sin mover un solo dedo, como Basini (Marian Seidowsky) sufre las salvajes torturas que le infligen sus compañeros. Volker Schlöndorff realizó en su primera película un complejo e impactante estudio del comportamiento adolescente, pero que podría generalizarse a cualquier edad o grupo social. La crueldad, carente de sentido (siempre lo es), y el placer que se descubre en los verdugos cuando desatan sus instintos más bajos les proporciona una falsa sensación de superioridad y de dominio sobre su víctima. Reiting (Alfred Dietz) y Beineberg (Bernd Tischer) disfrutan torturando a Basini, a quien someten a sus deseos más oscuros poniendo como excusa el hurto cometido por éste, quien en un momento de flaqueza había robado cierta cantidad de dinero a Beinenberg. La opción lógica ante el robo sería la de denunciar el delito, no obstante, consideran que el castigo que le aplicarían los profesores no sería suficiente, por eso deciden asumir su propio criterio y llevarlo hasta extremos inhumanos. Basini deja de ser considerado como persona para convertirse en un esclavo condenado a vivir en un constante estado de miedo y de sumisión, aguardando a que la inexistente benevolencia de sus verdugos le conceda el perdón. Sin embargo, a medida que pasa el tiempo, los castigos empeoran hasta el extremo de que la violencia e irracionalidad se contagia al resto de sus compañeros. Los torturadores de El joven Törless (Der junge Törless) resultan aberrantes y enfermizos, dominados por la idea de creerse en el derecho de someter hasta extremos inimaginables a quienes como Basini consideran indignos de formar parte de su entorno social (una referencia bastante clara al auge de los autoritarismos que surgirían en el segundo cuarto del siglo XX en Europa en la que adolescentes como los del internado se convertirían en los hombres que los sostendrían). El horror que produce el comportamiento de Reiting y Beinenberg parece no alterar a Törless, quien siempre permanece impávido, sin mover un sólo músculo en favor de la víctima. Así pues, Törless podría ser considerado tan culpable como sus dos amigos, a quienes no frena, incluso parece apoyarles. Para él sólo importa la reacción, ¿qué siente Basini? ¿Por qué permite que le humillen de esa manera? Torless se convierte en una especie de estudioso de los actos de aquellos que le rodean, comprendiendo el horror y la locura que se desata sobre Basini; no obstante, acepta el comportamiento de sus amigos al tiempo que siente una curiosidad creciente en torno a un muchacho qué poco antes era uno más dentro del grupo. En el interior de Törless se produce una reflexión que le permite descubrir que cualquier persona normal puede hacer cosas horribles, y que cualquier persona normal puede convertirse en víctima, sin embargo, tendría que haber descubierto mucho antes que permanecer impasible ante la crueldad y la injusticia permite que éstas crezcan y terminen por extenderse.

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