Ir al contenido principal

Alegrías de Cádiz (2013)


Desconecto sin apuro de las voces insistentes que gritan alegría, deseo, odio o furia solo para cobrar protagonismo, para hacerse notar. No escucho la del Jeri. Su estilo, su tono, su verborrea resuenan a lo largo de Alegrías de Cádiz (Gonzalo García Pelayo, 2013), pero no me alcanzan ni me comunican porque existen en la distancia, a mil kilómetros o mil años luz de mi oír y hablar. La suya y la mía son dos de tantas maneras atlánticas y humanas de expresarse. La suya es ardiente y popular, la de un bardo cuyas estrofas nacen en los genitales y salen al exterior para fantasear y presumir ganas de vivir y su pasión por las mujeres a quienes piropea y seduce con versos que desean y saborean valles, colinas, montañas y depresiones ardientes de cuerpos femeninos morenos y pálidos, joviales, radiantes de amor, erotismo y vitalidad. Sus estrofas son una parte de la poesía que asoma por una ciudad hermosa y viva, milenaria, alegre, marina, femenina, carnavalera, vital, fogosa, cálida, en seductora cercanía mediterránea, y madre de la Pepa. Pero ¿cómo y quién es la Pepa? ¿Son los cuatro rostros de mujer para un mismo personaje, que no lo es, al menos en un sentido estricto? Pepa es la ciudad, sus gentes, su vitalidad, su luminosidad, la canción de Fernando Arduán, la mujer en cuatro y dos rostros, la elección de lo incierto.



La elección de las actrices, al inicio, es la excusa de partida para el recorrido por un espacio físico y humano orgulloso de sus orígenes, de su carnaval, del mar que la baña y de los vientos que a veces la acarician y otras arremeten su tempestad. Pepa no solo es nombre de mujer, también es el de la popular constitución de 1812 y parte de la identidad gaditana, suma de historia, pueblos lejanos y cercanos en el tiempo, mar, luz, música, carnaval, chirigotas, azoteas cuya blancura cobra mayor esplendor en su contacto panorámico con el azul atlántico. Cada una de las cuatro actrices que interpretan a Pepa aportan su cuerpo y su voz, pero ¿y el alma de la Pepa? Su alma es la propia película, son los rostros y las voces que difieren en su tonalidad y en sus expresiones, aunque en todo caso hablan “de ser fiel a lo incierto”, fidelidad a la que estamos obligados, incluso quienes en su ingenua y cambiante certeza apuesten por la certidumbre. Las voces que nos acompañan son las del Jeri y la de Fernando Arduán, opuesta a la anterior, la de Silvana y Oscar, la de Patricia y las cuatro Pepas, las de Javier y Gonzalo García Pelayo, el primero de los hermanos como cicerone y el segundo como director de un film que avanza su propuesta entre la ficción y el documental, aplaudiendo la vida, dejando que la música y las chirigotas expresen su parte de la identidad local, paseando la ciudad, recordándola, viviéndola, saboreándola.



Dudo que Gonzalo García Pelayo buscase filmar un documental urbano, aunque la película también lo sea; más bien veo y escucho en las dos horas de metraje de Alegrías de Cádiz un ensayo, una experiencia, un musical gaditano que canta con imágenes, música y voces el color, el calor, la vitalidad marina a orillas de ese Atlántico donjuanesco que acaricia la proximidad de su romance mediterráneo, el amor, el sexo, dosis de añoranza y la alegría referida por el título de la película, con la que cineasta regresaba a la dirección cinematográfica después de treinta años de ausencia. Hasta entonces, su último film como realizador había sido Rocío y José (1983) y tanto el cine como él mismo habían cambiado, pero no Cádiz, ¿o sí? Tal vez, pero conservaba intacta su identidad, su pasión carnavalesca, su musicalidad, sus contrastes, su poder de seducción y esa jubilosa juventud milenaria que asoman en la pantalla y ponen fin a la larga ausencia, devolviendo al cine un director diferente, arriesgado, con una idea creativa propia que le distingue y da forma a este recorrido cinematográfico urbano, musical, festivo, singular, no exento (para mi sintonización total) de interferencias y altibajos, por la ciudad que se dice la más antigua de Europa occidental.




Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

El sendero de la traición (1988)

Ismos prematrimoniales Por Antonio Pardines Una de las características del cine de Costa-Gavras es el adentrarse en espacios y en situaciones que desvelan el abuso ya sea de un Estado o de un grupo de poder. Y sus películas suelen funcionar como manifiestos cinematográficos que no temen señalar desmanes y crímenes, sobre todo aquellas en las que contó en el guion con la colaboración de Jorge Semprún y de Franco Solinas, dos escritores igual de comprometidos y con quienes trabajó durante su primera época. Ya considerado uno de los grandes del «cine político», gracias a Z (1969), La confesión ( L’aveu , 1970) y Estado de sitio ( État de siège , 1972), su popularidad se disparó tras el éxito de la espléndida crónica realizada sobre el golpe de estado de los militares chilenos en 1973 y la posterior represión en Desaparecido ( Missing , 1982), cuyo guion corrió a cargo de Donald E. Stewart, que adaptaba el libro homónimo de Thomas Hauser. Más adelante, cuando regresó al cine de habla i...