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Continental (1989)


Resulta un tanto arriesgado e incluso confuso apuntar un origen concreto, aunque haya que establecer un punto de arranque por razones de comodidad referencial; es decir, para hablar de un tema a veces se necesita establecer una referencia histórica en la cual señalar un instante concreto que nos permita ubicar un antes y un después. Durante los primeros años de la década de 1980, se produjo un despertar cinematográfico en Galicia que dio fruto a una serie de cortometrajes, entre ellos Mamasunción (Chano Piñeiro, 1984) y Morrer no mar (Alfredo García Pinal, 1984), que ya indicaban la intención de realizar cine autóctono, pero la historia del cine gallego reconoce en Sempre Xonxa (Chano Piñeiro, 1989), Urxa (Alfredo García Pinal y Carlos López Piñeiro, 1989) y Continental (Xavier Villaverde, 1989) la terna de largometrajes seminales del cine gallego. ¿Es cierto esto? Oficial y popularmente, sí, pero hubo films que podrían poner en duda lo dicho o al menos que indicasen un intento real de hacer cine gallego, por ejemplo Eu, o tolo (1978-1982), rodada por Chano Piñeiro, y Malapata (1979), de López Piñeiro. Pero, apuntado esto, decir que Sempre Xonxa y Urxa desarrollan sus historias en espacios abiertos y rurales, aunque en el segundo film uno de los episodios se encierra en espacios acotados. Buscan las raíces, la magia, la cercanía popular, mientras que Continental transita la irrealidad nocturna, la portuaria y la del interior del local que da nombre a la película de Xavier Villaverde, su primer largo tras varios cortometrajes. Esta ubicación espacial marca distancias respecto a los otros dos films vitales en el audiovisual gallego, dos películas con protagonismo de actores y actrices gallegas y habladas en gallego —Continental tuvo dos versiones, en castellano y gallego. Esto no sucede en Continental, que escoge alejarse de la magia y del terruño que asoman en Xonxa y Urxa, y encuentra sus referentes en el cine y la novela negras —Stemberg, Welles y Cosecha roja, de Dashiell Hammett, entre otros—, pero no logra negrura, solo ser un film que transita su cansancio por decorados nocturnos dominados por tonalidades rojas y azules que buscan el contraste entre el rojo sangre y el gélido azulado, entre la vida y la muerte.



La oscuridad reinante, constantemente salpicada de esos rojos de pasión y sangre que corren en un ambiente de criminalidad y prostitución, nos abren a un espacio visceral de sexo, muertes y amistades fallidas que pretende ser shakespeariano pero sin lograr desarrollar las emociones que siempre asoman en los mejores dramas de Shakespeare, aunque el inglés no aparezca entre las referencias de Villaverde. El vino que fluye de las barricas durante el prólogo anuncia la sangre que se derramará a lo largo del film, rojo que seguirá presente en la blusa que Anabel (Cristina Marcos) viste en su presentación, en el neón del Continental —el mismo neón que introduce bajo el nombre el contraste azulado dancing—, en las solapas de los smoking de los miembros de la orquesta, en manteles, vestidos o la luz de la bengala. Son rojos que insisten y redundan en que estamos ante una historia de pasiones, ambiciones y muerte, también de supuesta vida, pero, más que aportar, esta insistencia estética resta a la atmósfera de imposibilidad y de encierro, de amores y de amistades truncadas y traicionadas, de un film que transita entre el realismo poético, el cine de gánsteres y el intento de profundizar en la psicología de los personajes, no sólo atrapados en la imposibilidad de la noche, sino también en un guion que les resta precisamente la psicología pretendida.


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