martes, 3 de septiembre de 2013

El gran combate (1964)

La colonización del continente americano se inició cuando los primeros europeos pisaron el nuevo mundo, ya fuesen españoles, franceses, portugueses, holandeses o británicos, pues todos ellos, una vez asentados en la costa, avanzaron hacia el interior de una inmensa extensión poblada por cientos de pueblos que vieron alteradas sus costumbres y su equilibrio con el medio. Así, de la noche a la mañana, el hogar de las naciones amerindias fue invadido por extraños que, en nombre de la civilización, no respetaron ni culturas ni razas. Dicho expansionismo presentaba la codicia y las injusticias que también se produjeron en la conquista del Oeste, de la cual las naciones autóctonas salieron mal paradas, incluso desde un punto de vista cinematográfico. Muchos años después de aquel periodo, las tribus indias fueron presentadas como un enemigo de celuloide feroz y salvaje, prácticamente carente de rasgos humanos, siendo una imagen alterada y nada favorecedora para aquéllos que se convirtieron en los villanos de muchos westerns. Y así, por necesidades del guión, el nativo norteamericano sufrió el trato que se observa en las producciones que le presentaban atacando tanto a pacíficos colonos como a esforzados miembros del ejército, sin que aparentemente hubiese un motivo justificado para su violento comportamiento. Sin embargo, los pueblos oriundos fueron las verdaderas víctimas de la colonización, quizá por ello John Ford quiso saldar su deuda con aquellos que sufrieron la mala imagen cinematográfica que a partir de los años cincuenta empezó a enmendarse. En su costumbre por analizar e indagar en la Historia de su país, el genial realizador se inspiró en un hecho real que le permitió ofrecer el protagonismo al pueblo Cheyenne, siguiendo la estela de otros directores como Anthony Mann, Delmer Daves o Samuel Fuller, que antes que él intentaron dignificar la maltrecha imagen de los pueblos que habitaban al oeste de los Apalaches, de tal manera que aquéllos dejaron de ser los villanos de turno para convertirse en las víctimas del mercantilismo, de las falsas promesas o de los prejuicios del hombre blanco. Películas como La puerta del diablo, Flecha rota o Yuma exponen parte de la situación sufrida por aquellos hombres y mujeres que se vieron condenados a cambiar su modo de vida, convertidos en una minoría dentro de la tierra que les había visto nacer, y de la que fueron expulsados para ser ubicados en reservas donde sus condiciones de vida quedan reflejadas en esta reivindicativa producción fordiana. La voz en off del capitán Archer (Richard Widmark) abre El gran combate (Cheyenne Autum) haciendo hincapié en la pobreza y la aridez del espacio donde Ford inicia su personal mirada hacia unos nativos que mostró como un núcleo familiar que se desmorona ante las injusticias y las promesas incumplidas (la familia es uno de los ejes sobre los que gira la obra fílmica del maestro). Ha transcurrido un año desde que se vieron obligados a abandonar su hogar en la lejana Dakota, tiempo más que suficiente para sufrir el hambre y las enfermedades que les ha diezmado en el presente en el que arranca el film. Atrás quedó su espacio natural, donde moraban ajenos a los intereses del conquistador que estaba por llegar, pero ahora se encuentran abandonados a su suerte en un entorno extraño donde la carestía y la indiferencia colman la paciencia de los hombres, mujeres y niños supervivientes del pueblo Cheyenne, desencantados ante la dejadez de quienes no han cumplido la palabra dada. Este hecho provoca la decisión de los jefes de la tribu, antaño orgullosa, para abandonar la reserva e iniciar la larga marcha que les devuelva a su hogar. Esa sería su intención, la de atravesar pacíficamente los más de dos mil kilómetros que les separa de las tierras de sus ancestros; sin embargo, ellos son los únicos a quienes no se les permite moverse libremente, perseguidos por el ejército, atacados por violentos vaqueros o injuriados por la prensa sensacionalista, cuyos artículos les convierte a ojos de la opinión pública en guerreros sanguinarios a quienes hay que temer, pues las letras impresas aseguran que pretenden arrasar el territorio. Pero, por mucha tinta que corra, el deambular del pequeño grupo solo busca la libertad y el respeto como pueblo, ambas perdidas como consecuencia de la expansión del ferrocarril, de la masiva presencia de especuladores de terrenos, de las compañías mineras y de todo aquél que vio una oportunidad fácil para enriquecerse a costa de estos supuestos villanos a quienes Ford mostró como una familia consciente de que su modo de vida se acaba, víctima de lo que se dio en llamar progreso, colonización o civilización.

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