domingo, 1 de abril de 2012

El sur (1983)

Diez años después de su primer largometraje, El espíritu de la colmena, (anteriormente había dirigido uno de los episodios del film Los desafíos), Víctor Erice realizó El sur, un film que inicialmente iba a constar de dos partes, sin embargo, la buena acogida y el sentido pleno de la película convencieron al productor Elias Querejeta para postergar la segunda, que se desarrollaría en el sur de la península Ibérica, sin embargo, nunca se llegó a rodar. En una ciudad del norte, Estrella (Icíar Bollain) llora la pérdida de su padre (Omero Antonutti) mientras sujeta entre sus manos el péndulo que aquél utilizaba cuando trabajaba como zahorí. En aquella oscura habitación se descubre la presencia del dolor y de la soledad, enfatizadas por la voz en off de una mujer que ya no es la adolescente que se observa en la imagen; las palabras que se escuchan provienen de una mujer madura, consciente de los detalles que se escaparon a su yo infantil, aquella niña (Sonsoles Aranguren) que admiraba e idealizaba a la figura paterna. Los recuerdos trasladan la historia a la Gaviota, la casa que sirve de marco espacial para narrar las experiencias relacionadas con su padre, el hombre más sorprendente e importante de su corta existencia, así como los hechos que desconoce sobre él, y de los que se hace una ligera idea gracias a las imprecisas respuestas de su madre (Lola Cardona), una mujer triste y desencantada, obligada a abandonar su profesión como consecuencia de las represalias de una posguerra larga y dura. La presencia de Estrella nos descubre aspectos de su padre: profesión, carácter o una habilidad tan especial como era su capacidad para encontrar agua, pero también el motivo que le obligó a abandonar las tierras meridionales a las que alude el título, y que ella nunca ha visto. Desde ese sur cálido y lejano (opuesto al frío norteño) se presentan, el día de la primera comunión de Estrella, dos mujeres: su abuela, doña Rosario (Germaine Montero), y Milagros (Rafaela Aparicio), a quien la niña interroga para completar el boceto del pasado de su padre. El sur muestra el desencanto y la soledad a través de los ojos de una niña que ignora la nostalgia y el vacío que oprimen el corazón de su padre, sensaciones que se hacen patentes gracias a la fotografía de colores apagados y a la voz, siempre presente, de la Estrella adulta, que rememora un momento clave de su niñez, cuando, entre los papeles de su padre, encontró el rostro dibujado de una mujer que no era su madre. ¿Quién era esa tal Irene Ríos (Aurore Clement),  cuyo nombre aparecía escrito junto a los retratos? No tardaría en saber más de ella, reconociendo aquel nombre en el cartel de la película que su padre observa melancólico, mientras recuerda a su amor perdido: Irene Ríos. A la salida del cine se produce el encuentro que le lleva a pensar que su padre oculta un pasado que no desea compartir, pues éste esconde algo más doloroso que la carta que está escribiendo cuando ella entra en el bar. El distanciamiento paterno filial marca un final de etapa, que queda perfectamente confirmado cuando la niña se aleja de la Gaviota en su bicicleta para regresar, mediante una elipsis expresiva, convertida en la adolescente que inicia y cierra esta compleja e íntima reflexión sobre la soledad, la pérdida y la decepción. No resulta difícil comprender que durante los años omitidos se produce el alejamiento paulatino y definitivo de Estrella y el hombre que admiraba y no comprendía, como tampoco comprendería las consecuencias de la última conversación que mantuvo con él, aquella que desvelaba su cansancio, su desesperanza y su frustración por una existencia incompleta que no le permitía olvidar la parte de él que se había quedado en ese sur nunca mostrado, pero siempre presente.

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